PARTE 2: SIN PIEDAD

A las seis y doce de la mañana, mi teléfono vibró.

Solo apareció un mensaje.

Papá.

“Ya llegué.”

No preguntó cómo estaba.

No hacía falta.

Los médicos enviados por él seguían terminando de vendarme la muñeca cuando escuché el sonido inconfundible de un helicóptero sobrevolando el hospital privado donde me encontraba.

La doctora levantó la vista.

—¿Es suyo?

Negué lentamente.

—No.

Es de mi padre.


A esa misma hora, Arturo Beltrán despertó creyendo que todo seguía bajo control.

Vanessa dormía a su lado.

Sonrió satisfecho.

Tomó el teléfono para revisar los movimientos de su empresa.

La sonrisa desapareció.

Cuenta temporalmente suspendida.

Frunció el ceño.

Entró a la segunda cuenta.

Operación no disponible.

La tercera.

Fondos retenidos por revisión extraordinaria.

Se incorporó de golpe.

—¿Qué demonios…?

Vanessa abrió los ojos.

—¿Qué pasa?

Antes de que pudiera responder, comenzó a sonar el teléfono.

Era el director financiero.

Contestó inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

Del otro lado solo escuchó una frase.

—Arturo… tenemos un problema enorme.


Mi padre permanecía sentado en la sala de juntas de Transportes Salvatierra.

No hablaba.

Delante de él había cuatro carpetas negras.

Mi tercer hermano, Diego, dejó otra más sobre la mesa.

—Papá.

Ya terminamos.

Mi padre levantó lentamente la vista.

—¿Qué encontraron?

Diego respiró profundamente.

—Mucho más de lo que esperábamos.

Abrió la primera carpeta.

—Durante nueve años, la empresa Beltrán Constructora recibió contratos gracias a las garantías financieras emitidas discretamente por nuestro grupo.

Yo fruncí el ceño.

Nunca lo supe.

Mi padre tampoco me lo había contado.

Diego continuó.

—Cada vez que un banco rechazaba sus créditos…

Papá firmaba garantías privadas.

Cada vez que un proveedor quería cancelar un proyecto…

Nosotros comprábamos la deuda.

Cada vez que una licitación estaba a punto de perderse…

Interveníamos.

Mi padre permanecía completamente inmóvil.

—¿Cuánto dinero?

Diego respondió sin emoción.

—Más de cuatrocientos treinta millones de pesos en nueve años.

El silencio llenó la sala.

Mi padre cerró lentamente la carpeta.

—¿Él lo sabía?

—No.

Creía que todo era mérito suyo.

Papá dejó escapar una sonrisa amarga.

—Como imaginaba.


Mientras tanto, Arturo seguía recibiendo llamadas.

—¡Señor Beltrán!

Acaban de cancelar la línea de crédito principal.

Cinco segundos después.

—El fondo Monterrey Capital acaba de retirarse.

Otros veinte segundos.

—La aseguradora suspendió todas las garantías.

Después llegó otro mensaje.

Reunión urgente del consejo. Presencia obligatoria.

Vanessa comenzó a ponerse nerviosa.

—Seguro es temporal.

Arturo no respondió.

Estaba demasiado ocupado llamando a todos los contactos que tenía.

Nadie contestaba.


En el hospital, mi padre entró finalmente a la habitación.

Llevaba el mismo traje gris con el que había salido de casa cuatro horas antes.

Pero parecía diez años más viejo.

Se acercó despacio.

Observó el hematoma de mi mejilla.

El labio roto.

Los dedos vendados.

Después levantó con mucho cuidado mi barbilla.

Sus ojos comenzaron a humedecerse.

Era la primera vez en mi vida que veía llorar a Julián Salvatierra.

—Perdóname.

Lo miré sorprendida.

—¿Por qué?

—Porque confié en él.

Pensé que te hacía feliz.

Le tomé la mano.

—Papá…

Negó lentamente.

—No.

La culpa es mía.

Debí investigar antes.

Respiró profundamente.

Después sacó una fotografía.

La colocó sobre la cama.

Era una imagen tomada la noche anterior.

Arturo.

Vanessa.

Y un hombre que yo conocía perfectamente.

—¿Reconoces al tercero?

Sentí que el corazón se detenía.

—Es…

Mi abogado.

El mismo hombre que preparó mi testamento matrimonial.

El mismo que redactó los acuerdos patrimoniales.

El mismo que durante años aseguró proteger mis intereses.

Mi padre asintió lentamente.

—Trabaja para Arturo desde hace tres años.

El aire desapareció de mis pulmones.

—Eso es imposible.

—No.

Abrió otra carpeta.

Transferencias bancarias.

Pagos mensuales.

Viajes.

Conversaciones.

—Compraron a tu abogado.

Tres años atrás.

Antes incluso de que comenzaran las agresiones.

Comprendí de golpe por qué cada vez que intentaba proteger parte de mi patrimonio…

Arturo ya conocía todos los movimientos.

Siempre llegaba antes.

Siempre sabía dónde buscar.

Siempre tenía la respuesta preparada.

No era casualidad.

Alguien se la entregaba.

Entonces sonó el teléfono de mi padre.

Contestó.

Escuchó unos segundos.

Después respondió con absoluta calma.

—No lo detengan todavía.

Quiero que primero vea cómo pierde todo.

Colgó.

Lo miré.

—¿Qué pasó?

Mi padre guardó lentamente el teléfono.

—Acaban de embargar preventivamente las oficinas centrales de Beltrán Constructora.

Hizo una pausa.

—Pero hay algo mucho más interesante.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

Mi padre me entregó una última carpeta.

En la portada solo aparecía un nombre.

VANESSA RÍOS.

La abrí.

Y la primera fotografía hizo que la sangre se me helara.

Vanessa no había aparecido en la vida de Arturo hacía unos meses.

Llevaba reuniéndose con él… desde antes de nuestra boda.

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