Javier no entró de nuevo a la oficina.
Siguió caminando por el pasillo como si realmente hubiera aceptado la explicación de su hijo.
Solo cuando las puertas del elevador se cerraron permitió que desapareciera la expresión cansada de su rostro.
Entonces volvió a ser el hombre que durante cuarenta y cinco años había construido un imperio desde un solo camión.
Sacó el teléfono.
Solo dijo una frase.
—Víctor, necesito al equipo de auditoría. Ahora.
Víctor Aguirre llevaba más de treinta años siendo el director jurídico de Transportes Ibarra.
No era un empleado.
Era el hombre que había acompañado a Javier cuando la empresa apenas tenía tres trabajadores.
—¿Qué tan grave es?
—Creo que mi hijo me está robando.
Hubo un silencio.
—Estaré en veinte minutos.
Dos horas después, cuatro auditores revisaban discretamente todos los movimientos financieros de la empresa.
Javier permanecía sentado en la sala de juntas.
Nadie hablaba.
Solo se escuchaban teclados.
A las once con cuarenta y siete, una de las auditoras levantó la cabeza.
—Señor Ibarra…
Encontramos las transferencias.
Javier sintió que el pecho se endurecía.
—Muéstremelas.
La pantalla mostró una lista.
Transferencias pequeñas.
Nunca superiores al límite que obligaba a pedir autorización adicional.
Doscientos mil.
Trescientos cincuenta mil.
Cuatrocientos diez mil.
Así durante casi dos años.
Víctor hizo rápidamente la suma.
—Cinco millones ochocientos mil pesos.
Javier permaneció inmóvil.
—¿Destino?
La auditora amplió otra ventana.
Empresa receptora:
Grupo Salvatierra Patrimonial S.A. de C.V.
Exactamente la misma sociedad que aparecía como propietaria de la casa.
Víctor cerró lentamente los ojos.
—No fue solo el enganche.
Han estado financiando esa empresa con dinero de Transportes Ibarra.
Al mismo tiempo, Diego almorzaba tranquilamente con Fernanda y Beatriz.
Brindaban por la nueva casa.
—¿Viste la cara de tu padre? —rió Beatriz.
—Ya está viejo.
Fernanda sonrió.
—En unos meses todo estará completamente a nuestro nombre.
Diego dejó lentamente la copa sobre la mesa.
—Solo necesito aguantar un poco más.
Mi papá ya casi no revisa nada.
Beatriz soltó una carcajada.
—Los viejos ricos siempre terminan confiando demasiado en sus hijos.
Los tres rieron.
Ninguno imaginaba que, en ese mismo instante, toda la contabilidad estaba siendo copiada por peritos externos.
A las tres de la tarde apareció un segundo informe.
Víctor lo leyó dos veces antes de hablar.
—Javier…
Esto es mucho peor.
—¿Qué encontraron?
—La carpeta que Diego eliminó.
Los especialistas lograron recuperarla del servidor.
Javier levantó lentamente la vista.
Víctor colocó varias hojas frente a él.
El título decía:
Plan de Reestructuración Patrimonial Familiar.
Debajo aparecía una fecha.
Tres meses atrás.
Mucho antes de que Diego pidiera ayuda para comprar la casa.
Javier comenzó a leer.
Cada página dolía más que la anterior.
“Objetivo: trasladar progresivamente los activos del señor Javier Ibarra hacia estructuras administradas por Grupo Salvatierra.”
“Fase uno: utilizar fondos del retiro.”
“Fase dos: convencer al señor Ibarra de jubilarse completamente.”
“Fase tres: transferencia definitiva del control empresarial.”
Javier dejó caer lentamente los documentos.
No podía creerlo.
Aquello no había comenzado con la casa.
Llevaban meses planeándolo.
Víctor respiró profundamente.
—Hay algo más.
Sacó otra hoja.
Era un intercambio de correos electrónicos.
Uno enviado por Diego.
“Mi padre jamás sospechará. Siempre termina creyéndome.”
La respuesta llegó desde otra dirección.
Firmaba Beatriz.
“Perfecto. Cuando todo esté transferido, ya no necesitaremos que siga apareciendo por la empresa.”
Javier sintió que las manos comenzaban a temblarle.
No por el dinero.
Sino por una frase escrita al final del correo.
“Después venderemos Transportes Ibarra por partes. Esa empresa vale mucho más desmantelada que funcionando.”
Víctor levantó lentamente la vista.
—No quieren quedarse con la empresa.
Quieren destruirla.
El hombre que había pasado casi medio siglo construyendo aquel negocio cerró los ojos durante unos segundos.
Cuando volvió a abrirlos, toda la tristeza había desaparecido.
Solo quedaba la determinación.
Tomó el teléfono.
Marcó un número que no utilizaba desde hacía años.
—Laura.
La mujer respondió inmediatamente.
—¿Señor Ibarra?
—Prepare una reunión extraordinaria del Consejo.
Hoy mismo.
—¿Qué asunto pondré en la convocatoria?
Javier observó una última vez el correo enviado por su propio hijo.
Después respondió con absoluta calma.
—Destitución inmediata del director financiero.
Y suspensión de todas sus facultades.
Colgó.
Víctor creyó que aquello era el final.
Pero Javier abrió lentamente el último sobre que los auditores acababan de entregar.
Dentro solo había una fotografía.
Diego.
Fernanda.
Beatriz.
Y un cuarto hombre estrechando sus manos.

Al verlo, Javier sintió que el corazón se detenía.
Porque aquel hombre no era un inversionista.
Era el principal competidor de Transportes Ibarra.
Y la reunión había ocurrido… seis meses antes de que Diego le pidiera los catorce millones para comprar la casa.