La ambulancia salió de la residencia con las sirenas encendidas.
Alejandro no soltó la mano de Valeria durante todo el trayecto.
Sentía un pulso débil.
Pero constante.
Eso bastaba.
Uno de los paramédicos colocó el monitor fetal.
La pantalla tardó unos segundos en responder.
Entonces apareció un sonido.
Pum… pum… pum…
El corazón del bebé seguía latiendo.
—Tenemos frecuencia fetal —anunció la paramédica.
Alejandro cerró los ojos un instante.
Estaban vivos.
Los dos.
En la mansión Santillán, el silencio duró apenas unos segundos.
Rodrigo fue el primero en reaccionar.
—Mamá…
Beatriz seguía inmóvil.
Miraba la puerta por donde acababa de salir la ambulancia.
Después habló con absoluta frialdad.
—Llama al abogado.
—¿Y Alejandro?
Ella tomó lentamente su bolso.
—Todavía no entiende contra quién acaba de enfrentarse.
A las nueve y diecisiete de la noche, Valeria entró directamente al quirófano.
El jefe de obstetricia salió pocos minutos después.
—¿Quién es el esposo?
—Yo.
—Su esposa fue sedada con una dosis extremadamente alta de benzodiacepinas.
Alejandro sintió un nudo en la garganta.
—¿Puede salvarse?
El médico respondió sin rodeos.
—Vamos a intentarlo.
Pero debemos sacar al bebé inmediatamente.
Firmó la autorización quirúrgica sin leer una sola línea.
Solo quería que vivieran.
Mientras tanto, dos detectives de la Fiscalía llegaron a la residencia Santillán.
La llamada realizada desde el reloj inteligente de Alejandro había activado automáticamente un protocolo por posible intento de homicidio.
Los empleados seguían allí.
Nadie había abandonado la casa.
Una de las empleadas domésticas comenzó a llorar apenas vio a los agentes.
—Yo…
No sabía qué hacer.
Uno de los detectives habló con calma.
—¿Qué ocurrió aquí?
La mujer rompió finalmente el silencio que llevaba meses guardando.
—La señora Beatriz dijo que la joven había muerto.
Pero…
Miró hacia el ataúd.
—Yo escuché golpes.
Los dos detectives intercambiaron una mirada.
—¿Golpes?
La mujer asintió.
—Desde adentro.
A las once de la noche, el bebé nació mediante cesárea de emergencia.
El llanto llenó el quirófano.
Alejandro se dejó caer contra la pared.
Nunca había escuchado un sonido tan hermoso.
La pediatra salió con una pequeña sonrisa.
—Es una niña.
Él comenzó a llorar sin poder contenerse.
—¿Y Valeria?
La sonrisa desapareció ligeramente.
—Sigue muy grave.
Pero salió de la cirugía.
Ahora depende de cómo responda su organismo.
Cinco minutos después apareció un detective.
—¿Señor Santillán?
Alejandro levantó la vista.
—Necesitamos hacerle algunas preguntas.
Entraron en una sala privada.
El detective colocó una bolsa transparente sobre la mesa.
Dentro había una pequeña jeringa.
—La encontramos debajo del ataúd.
Alejandro la observó fijamente.
El detective continuó.
—También encontramos restos del sedante en una copa de vino servida esta tarde.
Alejandro sintió un escalofrío.
—Entonces…
—Su esposa no murió.
Alguien intentó mantenerla inconsciente.
El detective abrió otra carpeta.
—Pero hay algo mucho peor.
Sacó varias fotografías.
Documentos.
Contratos.
Estados financieros.
Todos llevaban el sello de Grupo Santillán.
—Mientras usted estaba en Dubái…
Alguien transfirió más de trescientos millones de pesos desde las empresas familiares.
Alejandro observó una de las firmas.
Era la de Valeria.
O, al menos…
Eso parecía.
—Ella nunca firmó esto.
El detective asintió lentamente.
—Nuestros peritos creen exactamente lo mismo.
Después colocó una última hoja sobre la mesa.
Era un certificado de defunción.
A nombre de Valeria.
Hora de fallecimiento:
17:40 horas.
Alejandro miró la hora actual.
Eran las once y treinta y ocho de la noche.
Su esposa respiraba en terapia intensiva.
Y, sin embargo…
Alguien llevaba más de seis horas sosteniendo legalmente que estaba muerta.
El detective respiró profundamente.
—Señor Santillán…
Ese certificado no solo demuestra un intento de asesinato.

Demuestra que alguien ya había preparado todo para quedarse con la herencia.
Antes incluso de que su esposa dejara de respirar.
Y la firma que autorizó ese documento hizo que Alejandro sintiera cómo la sangre se congelaba.
No pertenecía a un médico.
Pertenecía… al abogado personal de su propia madre.