PARTE 2: NUNCA FUI ESTÉRIL

A la mañana siguiente llamé al hospital donde Lewis Gray me había diagnosticado.

—Quiero una copia completa de mi expediente médico de hace tres años.

Hubo un silencio incómodo.

—Señora Hayes, algunos archivos antiguos fueron migrados.

—Entonces búsquenlos.

William permaneció a mi lado.

Dos horas después recibimos los documentos.

Los llevamos directamente a la doctora Ross.

Ella tardó menos de diez minutos en encontrar la primera irregularidad.

—Emma, estos resultados no coinciden.

Mi corazón se aceleró.

—¿Qué significa?

Ross colocó dos análisis sobre la mesa.

—Aquí aparece una condición que justificaría el diagnóstico de infertilidad. Pero tus pruebas originales muestran valores completamente diferentes.

—¿Alguien modificó mi expediente?

—Eso parece.

Sentí que se me helaban las manos.

William preguntó:

—¿Puede saber quién?

Ross giró la pantalla.

Había un registro de acceso.

Dr. Lewis Gray.

Y otro nombre.

Ethan Cole.

Me quedé inmóvil.

—Ethan no era médico.

—No —respondió Ross—. Pero trabajaba temporalmente para la empresa que administraba el sistema informático del hospital.

Todo encajó de una manera horrible.

El diagnóstico.

La reacción de Ethan.

La rapidez con la que terminó nuestra relación.

William llamó inmediatamente a su abogado.

Yo llamé a Ethan.

Contestó al tercer tono.

—¿Emma?

Parecía sorprendido.

—Estoy embarazada.

Silencio.

—¿Qué?

—Gemelos.

Su respiración cambió.

—Eso es imposible.

Aquellas palabras confirmaron más de lo que imaginaba.

—¿Por qué estás tan seguro?

Ethan no respondió.

—Encontré mi expediente original.

Silencio.

—También encontramos tu acceso al sistema.

—Emma, escucha…

—¿Sabías que el diagnóstico era falso?

—No fue así.

—Entonces dime cómo fue.

Finalmente explotó.

—¡Mi madre jamás habría permitido que me casara contigo!

Me quedé completamente quieta.

William levantó la mirada.

Ethan continuó:

—Ella había elegido a Rebecca Stanton. Su familia podía salvar la empresa de mi padre. Yo necesitaba una forma de terminar contigo sin que siguieras esperando.

Sentí náuseas.

—Así que me hiciste creer que jamás podría ser madre.

—Mi tío dijo que no tendría consecuencias físicas. Solo modificamos el informe.

“Solo”.

Tres años creyéndome defectuosa.

Tres años evitando relaciones porque pensaba que nunca podría ofrecer una familia.

—¿Y por qué fingiste que tu madre quería nietos?

Ethan guardó silencio.

Entonces comprendí.

—Para que yo creyera que dejarme tenía sentido.

—Emma…

Colgué.

No necesitaba escuchar más.

William me abrazó, pero yo no lloré.

Esta vez sentía algo diferente.

No tristeza.

Liberación.

La investigación comenzó esa misma semana.

El hospital suspendió a Lewis Gray mientras revisaba los accesos y alteraciones del expediente.

Ethan recibió una notificación legal.

Y yo volví a concentrarme en lo único que realmente importaba.

Mis bebés.

Dos meses después, salíamos de una consulta cuando encontré a Ethan esperándome en el estacionamiento.

Su mirada cayó inmediatamente sobre mi vientre.

—Entonces era verdad.

William se colocó a mi lado.

Ethan lo ignoró.

—Emma, cometí un error.

—No.

Lo miré directamente.

—Un error ocurre una vez. Tú construiste una mentira y me dejaste vivir dentro de ella durante años.

—Puedo compensarte.

William soltó una risa seca.

Pero levanté una mano.

No necesitaba que me defendiera.

—Ya me compensaste.

Ethan frunció el ceño.

—¿Cómo?

Puse una mano sobre mi vientre.

—Me enseñaste exactamente qué clase de hombre jamás debía volver a elegir.

Pasé junto a él.

Entonces Ethan dijo:

—Hay algo que todavía no sabes.

Me detuve.

—Mi tío no inventó aquel diagnóstico por mí.

Giré lentamente.

Ethan estaba pálido.

—¿Qué significa eso?

—Cuando le pedí ayuda, tu expediente ya estaba marcado.

William se tensó.

—¿Marcado por quién?

Ethan tragó saliva.

—No lo sé. Pero alguien había solicitado meses antes que cualquier estudio relacionado con tu fertilidad fuera enviado directamente a Lewis Gray.

Sentí un escalofrío.

—¿Antes de que tú quisieras dejarme?

—Sí.

William tomó mi mano.

Ethan sacó una copia de un documento.

—Encontré esto entre los archivos de mi tío.

En la parte inferior aparecía una autorización.

La firma no era de Ethan.

Tampoco de Lewis Gray.

Reconocí inmediatamente el apellido.

Parker.

Mi propio apellido.

Levanté la mirada.

—¿Quién firmó esto?

Ethan respondió:

—Tu madre.

Y de pronto la mentira sobre mi infertilidad dejó de ser únicamente la traición de un exnovio.

Alguien de mi propia familia había empezado todo mucho antes.

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