Adrian tardó exactamente veintisiete minutos en volver a escribir.
¿Dónde están los niños?
No respondí.
Cinco minutos después:
Clara, contesta.
Luego:
Necesito hablar contigo sobre el acuerdo.
Miré a mi hijo chapotear en la piscina.
Durante tres años yo había esperado conversaciones que nunca llegaron.
Aquella tarde decidí terminar mi limonada antes de contestar.
Estamos bien.
El teléfono sonó inmediatamente.
Rechacé la llamada.
Volvió a sonar.
La rechacé otra vez.
Al tercer intento apareció un mensaje.
No terminaste de leer el contrato.
Fruncí el ceño.
Eso era cierto.
Había firmado cuando el abogado todavía estaba explicando las cláusulas.
Escribí:
Firmé. Recibí el dinero. Me fui. ¿Qué falta?
La respuesta tardó casi un minuto.
Todo.
Dos horas después alguien llamó a la puerta de mi habitación.
Esperaba servicio del hotel.
Era el abogado.
El mismo hombre que había llevado el acuerdo a la mansión.
Parecía haber envejecido diez años en tres días.
—Señorita Harper, tenemos un problema.
—Si Adrian quiere recuperar el dinero, puede demandarme.
—No quiere recuperar el dinero.
Abrió el maletín.
—Quiere saber por qué aceptó.
Lo miré sin comprender.
—Porque me ofreció diez millones para marcharme.
El abogado cerró los ojos.
—Eso no fue lo que le ofreció.
Sacó una copia del acuerdo.
—Intenté explicárselo.
Pasó varias páginas hasta llegar a una cláusula.
Los diez millones no estaban definidos como indemnización.
Eran una transferencia patrimonial irrevocable.
Después había acciones.
Una vivienda.
Un fideicomiso para los niños.
Y una cláusula que no había escuchado.
Residencia independiente durante noventa días.
—¿Qué significa esto?
—El señor Lancaster pretendía trasladarla con los niños a una propiedad distinta.
—¿Por qué?
El abogado dudó.
—Porque su abuela exigía que abandonara la residencia principal.
Eso no me sorprendió.
—Entonces Adrian obedeció.
—No exactamente.
Pasó otra página.
Adrian había transferido la casa nueva a mi nombre.
También había dispuesto diez millones para que yo tuviera patrimonio propio.
Y después de los noventa días…
Vi una palabra.
Matrimonio.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué es esto?
—Una propuesta de acuerdo prematrimonial.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—No.
—El señor Lancaster quería casarse con usted.
Me reí.
No porque fuera gracioso.
Porque resultaba absurdo.
—Durante tres años apenas me miró.
—Eso tendrá que preguntárselo a él.
—¿Y por qué demonios su abogado empezó diciéndome que desalojara la mansión?
El hombre pareció incómodo.
—Porque esas fueron las instrucciones de la señora Lancaster.
Ahí estaba.
La abuela.
—¿Adrian sabía cómo me lo presentó?
—Creía que yo le explicaría el acuerdo completo.
—Pero usted empezó por echarme.
Bajó la mirada.
—Cometí un error.
—No.
Cerré la carpeta.
—Todos cometieron el mismo error durante tres años.
Creyeron que yo esperaría hasta que alguien decidiera explicarme cuál era mi lugar.
Aquella noche Adrian apareció personalmente.
No sé cómo encontró el hotel.
Probablemente un Lancaster podía encontrar hasta un submarino si estaba suficientemente enfadado.
Mi hijo corrió hacia él.
—¡Papá!
Adrian se quedó paralizado.
Después se agachó y lo abrazó.
Nunca lo había visto hacerlo así.
Mi hija despertó.
Cuando Adrian la sostuvo, la expresión de su rostro me produjo una punzada inesperada.
—Pensé que te los habías llevado para siempre.
—Me dijiste que me fuera.
—Porque firmaste.
—Porque me ofreciste dinero para desaparecer.
—Te ofrecí dinero para que nunca volvieras a depender de mí.
Lo miré.
—Curiosa manera de demostrarlo.
Adrian apretó la mandíbula.
—No sé hacer esto.
—¿Hablar?
—Tener una familia.
Por primera vez no sonaba arrogante.
Sonaba perdido.
—Mi padre tuvo tres amantes. Mi madre vivió veinte años fingiendo no saberlo. En mi familia, casarse nunca significó amar a nadie.
—Eso explica muchas cosas.
—No las justifica.
Aquello me hizo callar.
Adrian miró a los niños.
—Cuando nació nuestro hijo pensé que mantener distancia era lo correcto.
—¿Correcto para quién?
—Para ti.
Casi me enfadé.
—¿Cómo podía ser bueno para mí?
—Porque el acuerdo inicial decía un hijo y cien mil dólares.
Su voz se volvió más baja.
—Después te quedaste.
—Porque tu abuela me lo pidió.
—Lo sé.
—Y tú nunca me pediste nada distinto.
—Porque pensé que si lo hacía, parecería que estaba utilizando el dinero para comprarte.
Lo miré incrédula.
—Adrian, literalmente me compraste el primer embarazo.
Cerró los ojos.
—Lo sé.
Por primera vez pareció avergonzado.
Entonces me entregó un sobre.
—Esto estaba en el despacho de mi abuela.
Dentro había una carta escrita por ella.
No estaba dirigida a Adrian.
Estaba dirigida a mí.
“Clara:
Si estás leyendo esto, significa que Adrian finalmente intentó convertirte en Lancaster.
No aceptes hasta conocer la verdad sobre tu primer hijo.”
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Qué significa esto?
Adrian me quitó suavemente la carta.
—No lo sé.
Había encontrado el sobre después de destrozar su despacho buscando una copia original del acuerdo.
Debajo apareció un segundo documento.
Un informe genético.
Nombre del niño: Theodore Lancaster.
Mi hijo.
Nombre de la madre: Clara Harper.
Nombre del padre…
Me detuve.
No decía Adrian Lancaster.
—Esto es falso.
—Eso pensé.
—Teddy se parece a ti.
—Lo sé.
—Entonces repite la prueba.
—Ya lo hice.
Mi corazón empezó a golpearme.
Adrian sacó otro informe.
Fecha: aquella mañana.
Laboratorio distinto.
Resultado de paternidad de Adrian Lancaster:
Excluida.
Tuve que sentarme.
—No puede ser.
—Hay más.
Adrian colocó una fotografía antigua sobre la mesa.
Aparecía él con otro hombre prácticamente idéntico.
—¿Quién es?
—Mi hermano gemelo.
Lo miré.
En tres años jamás había oído hablar de ningún hermano.
—¿Tienes un gemelo?
—Tenía.
Su voz cambió.
—Nathan murió hace seis años.
—Entonces no puede ser el padre de Teddy.
Adrian no respondió.
Eso fue peor.
—Adrian.
—Mi familia dijo que murió.
Sentí frío.
—¿Dijo?
—Nunca vi el cuerpo.
Mi hija empezó a llorar desde la cuna.
La levanté instintivamente.
Adrian miró a la niña.
Después me miró a mí.
—También repetí su prueba.
Mi respiración se detuvo.
—¿Y?
Me entregó el tercer informe.
Nuestra hija sí era biológicamente suya.
Teddy no.
Dos niños concebidos conmigo.
Dos embarazos que yo creía haber tenido con el mismo hombre.
Dos resultados diferentes.
—¿Qué estás insinuando?
—Nada.
Adrian parecía tan perturbado como yo.
—Quiero saber la verdad.
Entonces llamaron a la puerta.
Tres golpes.
Adrian se levantó inmediatamente.
—¿Esperas a alguien?
Negué.
Abrió.
No había nadie.
Solo una caja pequeña en el suelo.
Dentro encontramos el reloj de Nathan Lancaster.
Adrian lo reconoció al instante.
Debajo había una fotografía reciente.
Un hombre empujaba un cochecito por una calle de Londres.
Tenía el rostro de Adrian.
En la parte posterior alguien había escrito:
“Pregúntale a tu abuela quién entró realmente en la habitación de Clara aquella primera noche.”
Y debajo había una fecha.
La fecha exacta en que concebí a mi primer hijo.
