PARTE 2: LA MUJER QUE REALMENTE SOSTENÍA EL IMPERIO LANCASTER

El primer teléfono pertenecía al director financiero.

El segundo, a Richard Lancaster.

El tercero sonó en el bolsillo de Adrian.

Yo ya había llegado al salón principal cuando vi cómo mi exmarido salía apresuradamente del despacho.

—¡Adrian! —llamó Richard desde la cabecera de la mesa—. Ven. Vamos a brindar.

Adrian fingió una sonrisa.

Entonces miró la pantalla.

Su expresión cambió.

—¿Qué ocurre? —preguntó Richard.

—Nada.

Mentía.

Yo reconocía aquella mirada.

Era la misma que tenía cada vez que Lancaster Group estaba a punto de sufrir una crisis y, misteriosamente, alguien aparecía para salvarlo.

Solo que esta vez nadie aparecería.

El maestro de ceremonias levantó la copa.

—Por setenta años de Richard Lancaster y por otros setenta años de prosperidad familiar.

Los invitados brindaron.

Yo también.

Entonces el director financiero atravesó el salón.

—Señor Lancaster, necesitamos hablar.

Richard frunció el ceño.

—Después.

—Ahora.

Varias personas escucharon.

Adrian se acercó.

—¿Qué pasó?

El hombre bajó la voz.

—Meridian Capital acaba de cancelar su participación en el proyecto Helix.

Adrian palideció.

—Imposible.

Helix era el mayor proyecto de Lancaster Group.

Sin Meridian, desaparecían casi mil ochocientos millones de dólares en financiación prevista.

—Llama a Sophia Grant.

—Ya lo hice.

—¿Y?

—No responde.

Sonreí detrás de mi copa.

Mi teléfono vibró.

Sophia.

HECHO.

Respondí:

Continúa.

Cinco minutos después llegó la segunda noticia.

Meridian abandonaba el consorcio de baterías.

Después, biotecnología.

Luego logística.

Richard dejó de fingir tranquilidad.

—¿Por qué están retirándose de todo?

El director financiero tragó saliva.

—No lo sabemos.

Yo sí.

Adrian finalmente me vio.

Estaba al otro lado del salón.

Nuestros ojos se encontraron.

Por primera vez aquella noche pareció recordar que yo existía.

Entonces Clara apareció.

Vestido rojo.

Diamantes.

Perfectamente preparada para ocupar el lugar que todavía estaba caliente.

Se acercó a Adrian y le tomó el brazo.

—¿Todo bien?

Él no respondió.

Richard golpeó la mesa.

—¡Quiero hablar personalmente con el dueño de Meridian!

El director financiero bajó la mirada.

—Nadie sabe quién es.

—¡Alguien tiene que saberlo!

—Sophia Grant es la única intermediaria.

Mi teléfono vibró otra vez.

Sophia había enviado una pregunta.

¿Hacemos pública la identidad?

Miré a Adrian.

Recordé los tres millones.

El apartamento.

Su agradecimiento porque yo había sido “razonable”.

Escribí:

Todavía no.

Quería saber cuánto tardaría en comprenderlo solo.

No tardó mucho.

Adrian desapareció durante veinte minutos.

Cuando regresó, traía una carpeta.

Caminó directamente hacia mí.

—Emma.

—Adrian.

—Necesito hablar contigo.

—Esta noche es el cumpleaños de tu padre. No hagamos nada desagradable.

Su mandíbula se tensó al escuchar sus propias palabras.

—¿Conoces a Sophia Grant?

—Sí.

—¿Cómo?

—Trabaja para mí.

Silencio.

—¿Qué significa eso?

—Exactamente lo que has oído.

Richard se acercó.

—¿Qué está pasando?

Adrian seguía mirándome.

—Meridian.

Pronunció la palabra como si le costara respirar.

—¿Tú trabajas para Meridian Capital?

—No.

Algo parecido al alivio cruzó su rostro.

—Meridian trabaja para mí.

Richard soltó una carcajada.

—Eso es absurdo.

Saqué mi teléfono.

Llamé a Sophia.

Respondió inmediatamente.

—Señora Whitmore.

Puse el altavoz.

—Richard Lancaster quiere saber quién controla Meridian.

Hubo una pausa.

—Usted posee el setenta y ocho por ciento de los derechos económicos y el control absoluto del fondo.

Nadie habló.

Clara retiró lentamente su mano del brazo de Adrian.

Richard perdió el color.

—¿La Novena? —susurró uno de los invitados.

Me volví hacia él.

Su copa quedó suspendida en el aire.

La noticia recorrió el salón como electricidad.

Richard me miró con incredulidad.

—Durante tres años…

—Sí.

—¿Fuiste tú?

—Sí.

—¿Por qué?

Esa era la única pregunta que importaba.

—Porque prometí a tu esposa antes de morir que cuidaría de Adrian.

Miré a mi exmarido.

—Cumplí mi promesa.

Adrian dio un paso hacia mí.

—Emma, espera.

—No.

—Podemos cancelar el divorcio.

Casi sentí lástima.

—Hace una hora querías casarte con Clara.

—No dije eso.

Clara se volvió hacia él.

—¿Perdón?

Aquello ya no era asunto mío.

Tomé mi bolso.

Pero Richard bloqueó mi camino.

—No puedes retirar ese dinero.

—Ya lo hice.

—Destruirás miles de millones.

—No.

Lo miré directamente.

—Simplemente dejaré de impedir que vuestras propias decisiones los destruyan.

Entonces el director financiero recibió otra llamada.

Esta vez su rostro cambió por completo.

—Señor Lancaster…

Richard giró.

—¿Qué?

—El banco acaba de activar la revisión extraordinaria de nuestras líneas de crédito.

Adrian cerró los ojos.

Sin el respaldo indirecto de Meridian, varios indicadores financieros dejaban de cumplir las condiciones pactadas.

No significaba que Lancaster Group desaparecería aquella noche.

Pero sí que, por primera vez en años, tendría que sostenerse solo.

—Emma —dijo Adrian—. ¿Cuánto quieres?

Lo miré sorprendida.

—¿Crees que esto es dinero?

—Todo tiene un precio.

—Ese pensamiento es precisamente tu problema.

Me alejé.

Entonces mi abogado apareció en la entrada.

No esperaba verlo.

—Señora Whitmore.

Llevaba los documentos del divorcio.

—Hay un problema.

Adrian se acercó.

—¿Qué problema?

Mi abogado abrió la carpeta.

—El señor Lancaster utilizó un modelo antiguo de acuerdo matrimonial.

Adrian frunció el ceño.

—¿Y?

—Contiene la cláusula diecisiete.

Richard se quedó inmóvil.

Aquello sí llamó mi atención.

—¿Qué cláusula?

Mi abogado me mostró la página que yo había firmado sin leer.

El divorcio no solo me concedía tres millones y el apartamento.

Había una disposición añadida décadas atrás por la madre de Adrian.

Si el matrimonio terminaba por iniciativa unilateral de un heredero Lancaster debido a una relación sentimental con un tercero, ciertos derechos familiares que la esposa hubiera aportado o consolidado durante el matrimonio debían separarse antes de distribuir el patrimonio.

—Eso no cambia nada —dijo Adrian.

—Sí cambia algo —respondió mi abogado.

Sacó un segundo documento.

Durante los últimos tres años, varias participaciones de Lancaster Group habían sido utilizadas como garantía para operaciones respaldadas personalmente por Meridian.

Si yo dejaba de ser cónyuge Lancaster, esas garantías tenían que revisarse.

Richard tomó los papeles.

Sus manos comenzaron a temblar.

—¿Cuántas acciones?

Mi abogado dijo la cifra.

Richard tuvo que apoyarse en una silla.

Pero entonces llegó la verdadera sorpresa.

—Hay algo más, Emma.

Me entregó un sobre sellado.

—Esto estaba depositado junto al acuerdo matrimonial original.

Reconocí la letra inmediatamente.

Era de Margaret Lancaster.

La madre de Adrian.

La mujer cuya última petición había gobernado tres años de mi vida.

Abrí la carta.

“Emma:

Si algún día Adrian es tan estúpido como para pedirte el divorcio, no intentes salvarlo otra vez.

Hay algo que nunca pude decirte mientras vivía.

Meridian no fue la primera fortuna tuya que sostuvo a los Lancaster.”

Sentí que el corazón se me detenía.

Seguí leyendo.

Margaret mencionaba una sociedad desaparecida veintisiete años atrás.

Whitmore Holdings.

La empresa de mi padre.

La compañía que yo siempre había creído arruinada antes de su muerte.

Richard dejó caer su copa.

Lo miré.

—Tú conoces ese nombre.

No respondió.

—Richard.

El anciano retrocedió.

Y entonces comprendí que la crisis de aquella noche no había comenzado cuando retiré mi capital.

Había empezado veintisiete años atrás.

Porque según la última línea escrita por Margaret Lancaster, el dinero con el que Richard había construido originalmente su imperio jamás había pertenecido a los Lancaster.

Pertenecía a mi padre.

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