PARTE 2: A LAS NUEVE, GONZALO DESCUBRIÓ QUIÉN ERA SU ESPOSA

A las 8:12 de la mañana, Gonzalo seguía convencido de que yo volvería.

Me había enviado diecinueve mensajes.

Los primeros eran amenazas.

Después llegaron los insultos.

Finalmente apareció uno casi amable.

“Cuando se te pase el berrinche, vuelve. Mamá está dispuesta a olvidar lo de anoche.”

Lo leí dos veces.

Luego bloqueé su número.

Yo estaba sentada en la planta treinta y dos de Torre Emperador, frente a seis miembros del comité de inversiones de Valcázar Capital.

Mi fondo.

Mi verdadero trabajo.

Sobre la mesa descansaba el expediente de NexoCloud.

Quince millones de euros.

Eso era lo único que separaba a Gonzalo de la insolvencia.

—¿Procedemos con la inversión? —preguntó mi director financiero.

Cerré la carpeta.

—No.

Nadie discutió.

—Suspendan la operación y soliciten una revisión extraordinaria de las cuentas.

Mi abogado, Álvaro Cifuentes, me miró.

—¿Por el incidente de anoche?

—No mezclemos asuntos personales con decisiones empresariales.

Deslicé otro documento hacia él.

—Por esto.

Durante semanas había detectado inconsistencias en las cifras de NexoCloud.

Gonzalo las atribuía a su rápido crecimiento.

Aquella mañana ya no estaba dispuesta a aceptar explicaciones.

A las 9:03, mientras él esperaba la transferencia, recibió nuestra notificación.

A las 9:07 llamó al fondo.

A las 9:11 llamó otra vez.

A las 9:16 apareció personalmente en recepción.

Yo podía verlo mediante las cámaras.

—¡Tengo una reunión con el responsable de este fondo! —gritaba—. ¡Quince millones debían entrar hace dieciséis minutos!

La recepcionista respondió tranquilamente:

—La presidenta ejecutiva lo recibirá ahora.

Gonzalo entró en la sala de juntas cinco minutos después.

Se detuvo en seco.

Yo estaba sentada en la cabecera.

A mi derecha, Álvaro.

A mi izquierda, el director financiero.

—Carlota…

No respondí.

Miró el logotipo detrás de mí.

VALCÁZAR CAPITAL.

Después volvió a mirarme.

—¿Qué haces aquí?

—Trabajar.

—No entiendo.

—Eso es evidente.

Su rostro perdió lentamente el color.

—¿Tú trabajas para ellos?

—No.

Hice una pausa.

—Ellos trabajan para mí.

El silencio fue perfecto.

Gonzalo se dejó caer en una silla.

—Esto es una broma.

Álvaro colocó varios documentos delante de él.

—La señora Carlota Valcázar es la accionista de control y presidenta de Valcázar Capital.

Mi marido me miró como si acabara de convertirse en otra persona.

—¿Valcázar?

—Mi segundo apellido.

—Me mentiste.

Aquello casi me hizo reír.

—Oculté mi patrimonio. Tú ocultaste quién eras.

No era exactamente lo mismo.

Entonces entró Florencia.

Gonzalo debió llamarla.

—¡Sabía que esta mujer estaba tramando algo!

Se acercó hacia mí.

Seguridad bloqueó su camino.

—Retírense —ordenó.

Nadie se movió.

—Son mis empleados —dije.

Florencia quedó muda.

Levanté otra carpeta.

—Ahora hablaremos de NexoCloud.

Gonzalo recuperó algo de arrogancia.

—Es una empresa sólida. Solo necesita liquidez temporal.

—Entonces no te preocupará una auditoría.

Su mandíbula se tensó.

—No tienes derecho.

—Tengo todo el derecho antes de invertir quince millones.

El director financiero proyectó varias transferencias.

Empresas fantasma.

Facturas infladas.

Servicios inexistentes.

Pagos enviados durante dieciocho meses a una sociedad llamada FM Gestión Patrimonial.

—¿Qué es esto? —pregunté.

Gonzalo permaneció callado.

Florencia también.

Álvaro respondió.

—FM pertenece a Florencia Moliner.

Miré a mi suegra.

La mujer que horas antes me había ordenado lavar ropa para ahorrar electricidad había recibido más de dos millones de euros desde la empresa casi insolvente de su hijo.

—¿Dónde está el dinero?

—Eso no es asunto tuyo —escupió Florencia.

—Ahora sí.

Gonzalo golpeó la mesa.

—¡Basta! Retira la auditoría, firma la inversión y después discutiremos nuestro matrimonio.

Lo miré fijamente.

—No existe ningún matrimonio que discutir.

Álvaro deslizó otro sobre.

—Esta mañana hemos presentado la demanda.

Gonzalo ni siquiera lo abrió.

—Te arrepentirás.

—Puede ser.

Me levanté.

—Pero no de irme.

Creí que aquello sería suficiente para terminar la reunión.

Entonces mi director financiero me detuvo.

—Carlota, hay algo más.

Su expresión me hizo volver a sentarme.

—Anoche pediste revisar todos los movimientos relacionados con FM Gestión.

—Sí.

—Encontramos una transferencia extraordinaria realizada hace seis meses.

Proyectó el documento.

Cuatro millones ochocientos mil euros.

Pero no procedían de NexoCloud.

Procedían de una sociedad que yo conocía perfectamente.

Una filial de Valcázar Capital.

Mi propia empresa.

—Eso es imposible.

—La autorización parece legítima.

—Yo nunca aprobé ese pago.

Mi abogado se inclinó hacia la pantalla.

—¿Quién figura como beneficiario final?

El director financiero abrió el registro.

Florencia dejó de respirar.

Gonzalo se puso blanco.

Y entonces comprendí que ambos ya sabían lo que íbamos a encontrar.

El beneficiario no era ninguno de ellos.

Era mi padre.

El mismo hombre que llevaba doce años muerto.

Me levanté lentamente.

—Explícame esto, Gonzalo.

Él miró a su madre.

Florencia cerró los ojos.

—No digas nada.

Aquellas tres palabras fueron suficientes.

Mi matrimonio no había empezado con una casualidad romántica.

Gonzalo sabía quién era yo mucho antes de pedirme la primera cita.

Y alguien dentro de mi propio imperio financiero llevaba años ayudándolo a ocultarlo.

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