La mujer permaneció inmóvil en la puerta.
Llevaba un elegante vestido rojo, tacones altos y una carpeta color marfil apretada contra el pecho. Su maquillaje era impecable, pero su respiración acelerada revelaba que había corrido hasta allí.
Adrian levantó la vista con una mezcla de furia y desconcierto.
—¿Victoria? ¿Qué demonios haces aquí?
Ella ignoró la pregunta.
Sus ojos se clavaron en mí, luego en el líquido que seguía extendiéndose por el suelo de mármol.
—No hay tiempo —dijo con la voz entrecortada—. Si ella sale del edificio ahora mismo, el bebé correrá un peligro enorme.
Sentí otra contracción.
Más intensa.
Mis piernas dejaron de responder.
Adrian me sostuvo antes de que cayera.
—¡Habla de una vez! —gruñó.
Victoria abrió la carpeta con manos temblorosas.
—Hace dos semanas descubrí que alguien pagó para seguir a Lena desde que abandonó Manhattan.
Adrian se quedó inmóvil.
—¿Quién?
—No lo sé todavía. Pero encontré los pagos ocultos entre varias empresas pantalla. El mismo grupo también contrató personas para vigilar todos los hospitales privados donde pudiera dar a luz.
El silencio fue absoluto.
Solo se escuchaba mi respiración agitada.
Adrian volvió lentamente la cabeza hacia mí.
—¿Por eso huiste?
Las lágrimas me nublaron la vista.
Durante ocho meses había repetido aquella historia únicamente en mi cabeza.
—El día que encontré la prueba de embarazo… escuché una conversación en tu despacho.
Otra contracción me obligó a cerrar los ojos.
Apreté con fuerza la mano de Adrian.
—Escuché que alguien decía que tu heredero nunca debía nacer.
Su expresión cambió por completo.
—¿Qué?
—No sabía en quién confiar. No sabía si eras tú… o alguien que trabajaba contigo.
Victoria bajó lentamente la mirada.
—Lena no imaginó toda la conversación.
Adrian frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Porque quien dio esa orden… no eras tú.
Un estruendo de pasos resonó en el pasillo.
Varios escoltas privados aparecieron frente a la sala.
El jefe de seguridad habló por el auricular.
—Señor Whitmore, tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Tres hombres intentaron entrar al edificio usando identificaciones falsas. Cuando fueron descubiertos, escaparon.
Victoria cerró la carpeta.
—Es demasiado tarde. Ya saben que ella está aquí.
Otra contracción me hizo gritar.
Adrian me levantó en brazos sin dudarlo.
Como si mi peso no existiera.
—Preparen el helicóptero del edificio.
El jefe de seguridad negó con la cabeza.
—Imposible.
—¿Por qué?
—Acaban de informarnos que el helipuerto fue bloqueado por una falsa inspección de seguridad.
Adrian comprendió inmediatamente lo que significaba.
Aquello no era una casualidad.
Era un plan cuidadosamente preparado.
Quien quisiera impedir el nacimiento de aquel bebé llevaba meses anticipando cada uno de sus movimientos.
Mientras él caminaba hacia el ascensor de servicio conmigo entre sus brazos, apoyé la cabeza sobre su hombro.
Sentía cómo su corazón latía con fuerza.
Muy distinto al hombre frío que había conocido durante años.
Se inclinó apenas para hablar junto a mi oído.
—Necesito una sola respuesta.
Lo miré con dificultad.
—¿Cuál?
Sus ojos azules estaban llenos de miedo.
Un miedo completamente nuevo.
—Dime la verdad…
Su voz se quebró por primera vez.
—¿Ese bebé… es mi hijo?

Antes de que pudiera responder, el ascensor se abrió.
Pero al otro lado no esperaba el equipo médico.
Cinco hombres armados ya los estaban esperando, y el que parecía liderarlos sonrió mientras levantaba lentamente una fotografía del ultrasonido de mi embarazo.
—Señor Whitmore… venimos por el heredero.