Dustin dejó de reír.
Su entrenador fue el primero en hablar.
—¿Qué tiene que ver mi hermano con esto?
Robert no miró a los hombres que cerraban el paso. Mantuvo las manos abiertas y a la vista.
—Tiene que ver con las transferencias que Dustin recibió durante el último año. Y con la cuenta que su tío utilizaba para pagar “eventos” que nunca existieron.
El entrenador palideció.
Dustin miró a su alrededor, buscando una salida que ya no parecía tan fácil.
—No sabes de qué hablas —dijo.
—Sé que Maren guardó mensajes —respondió Robert—. No porque quisiera usarlos contra ti. Los guardó porque tenía miedo de olvidar que lo que hacías no era normal.
El gimnasio quedó inmóvil.
En la grabadora seguía encendida una pequeña luz roja.
Robert no había venido solo con una prueba. Antes de entrar, había enviado a Sabine las copias de los mensajes, el informe médico y la ubicación exacta del gimnasio. Una agente de la policía criminal ya estaba de camino.
Pero lo más importante no estaba allí.
Maren estaba a salvo en el hospital, con una trabajadora social, su madre y una orden para que nadie pudiera acercarse a ella sin autorización.
Dustin se rió, pero sonó hueco.
—¿Ella te contó todo? Siempre exagera.
Robert respiró hondo.
Quince años entrenando soldados le habían enseñado a reconocer la adrenalina. A reconocer el instante preciso en que un hombre busca provocar una reacción para justificar la suya.
No le daría ese regalo.
—No necesito que ella me lo cuente todo para creerle —dijo—. El informe médico, tus mensajes y tus propias palabras son suficientes.
Uno de los pesos pesados junto a la puerta dio un paso atrás.
Luego otro.
El primero en abandonar la formación fue el más joven. No dijo nada. Solo agarró su mochila y se alejó de la jaula.
El entrenador miró a Dustin con rabia.
—¿Qué mensajes?
Dustin no contestó.
Robert tomó su teléfono.
—La policía también estará interesada en tu tío. Pero esa no es mi prioridad.
Guardó el dispositivo.
—Mi prioridad es que Maren nunca vuelva a pensar que pedir ayuda la pone en peligro.
Las sirenas se oyeron a lo lejos.
Dustin intentó dirigirse a la puerta trasera, pero el entrenador le bloqueó el camino.
—No vas a convertir esto en problema mío —gruñó.
Robert observó cómo el hombre que había presumido de fuerza empezaba a encogerse bajo el peso de sus propias decisiones.
Entonces llegó un mensaje al teléfono de Robert.
Era de Sabine.
“Marén despertó. Quiere hablar contigo.”
Robert cerró los ojos un instante.
No se trataba de ganar.
Se trataba de regresar con su hija y decirle lo único que necesitaba escuchar.
Que no era culpable.
Que no estaba sola.
Y que, esa noche, por fin habían dejado de guardar silencio.
Pero cuando Robert salió del gimnasio, vio una camioneta oscura estacionada frente al hospital.
En el parabrisas había una credencial con el apellido Kohl.
El tío de Dustin ya había llegado.
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