PARTE 2: Lo que Garrett escondía en mi propia casa

Tobías permaneció en silencio durante varios segundos.

Yo seguía mirándolo, incapaz de procesar lo que acababa de decirme.

—¿Qué estaba metiendo en mi cuerpo?

Mi hermano bajó la mirada.

—Antes necesito que me prometas algo.

—¿Qué?

—Que no volverás a casa. No esta noche.

—Garrett cree que estoy muerta.

—Exactamente.

Sacó un teléfono pequeño del bolsillo de su chaqueta y me mostró una fotografía.

Era una mesa cubierta de frascos.

Reconocí inmediatamente uno.

Era el suplemento que Garrett me preparaba todas las mañanas.

—Me decía que eran vitaminas —susurré.

—No lo eran.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué contienen?

—Todavía no lo sabemos. Pero llevé una muestra a un laboratorio hace dos semanas.

Me quedé mirándolo.

—¿Hace dos semanas?

Tobías asintió.

—Porque llevaba meses sospechando que Garrett estaba haciendo algo.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

Su expresión se endureció.

—Porque había alguien vigilando tu teléfono.

Recordé todas las veces que Garrett insistía en configurar mis contraseñas, revisar las aplicaciones y acompañarme a las consultas médicas.

De repente, pequeños detalles comenzaron a encajar.

—¿Penélope también está involucrada?

Tobías respiró profundamente.

—Penélope no es quien parece.

—Es mi media hermana. Está embarazada de mi marido.

—Eso es lo que Garrett quiere que creas.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Qué significa eso?

Tobías sacó otro documento.

—La prueba de embarazo de Penélope fue realizada en una clínica vinculada a la familia de Garrett.

—¿Y?

—La fecha no coincide.

Miré el papel.

La fecha indicaba que Penélope llevaba casi cuatro meses de embarazo.

Pero Garrett solo había empezado a verla públicamente hacía seis semanas.

—Entonces…

—Hay algo más.

Tobías guardó silencio antes de continuar.

—El padre biológico del bebé no es Garrett.

Me quedé sin palabras.

Entonces escuchamos un motor detenerse sobre el viejo muelle.

Tobías apagó inmediatamente el teléfono.

—Nos encontraron.

—¿Garrett?

Negó con la cabeza.

—Peor.

Nos escondimos detrás de una estructura de hormigón.

Dos hombres bajaron de un vehículo.

Uno de ellos llevaba una carpeta negra.

El otro habló por teléfono.

—La mujer no estaba en el coche cuando recuperamos el vehículo.

Sentí que Tobías me agarraba del brazo.

El hombre continuó:

—Garrett dice que Rosalind está muerta. Pero alguien debe haberla ayudado.

Entonces abrió la carpeta.

Y desde donde estábamos escondidos pude ver la primera fotografía.

Era una imagen de Tobías entrando en la camioneta.

Debajo aparecía una fecha.

Quince años atrás.

Tobías palideció.

—Rosalind…

—¿Qué?

Me miró como si acabara de recordar algo terrible.

—Ese día no fue la primera vez que fingí estar paralizado.

Antes de que pudiera preguntarle por qué, el hombre de la carpeta pronunció una frase que nos dejó inmóviles:

—Hay que encontrar a los dos antes de que Rosalind descubra quién ordenó realmente la muerte de sus padres.

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