PARTE 2: DEMASIADO TARDE PARA CONOCERME

Adrian miró a Julian como si acabara de escuchar un idioma desconocido.

—¿Familia Foster?

Mi hermano no respondió.

Subió las escaleras hacia mí.

Cuando intentó ayudarme, vio que apenas podía mover el brazo.

Su expresión se endureció.

—Primero vamos al hospital.

Adrian avanzó.

—Claire es mi esposa. Yo la llevaré.

Julian se interpuso.

—Tuviste esa oportunidad.

—Esto es un asunto matrimonial.

—Dejó de serlo cuando mi hermana necesitó atención médica y ustedes decidieron esperar hasta mañana.

Margaret palideció.

—Solo fue una discusión familiar.

Julian la miró.

—Entonces será muy sencillo explicar lo ocurrido.

Nadie respondió.

Vanessa apareció arriba.

—Adrian, quizá deberías—

—Tú tampoco —la interrumpí.

Todos me miraron.

Por primera vez en tres años, mi voz no buscaba agradar a nadie.

—No quiero explicaciones.

Tomé la bolsa.

—Julian, vámonos.

Adrian me sujetó suavemente por el brazo sano.

—Claire.

Me detuve.

—¿Qué?

—¿Quiénes son los Foster?

Casi sonreí.

Incluso entonces, aquello era lo que más le preocupaba.

—Mi familia.

—Nunca dijiste que tenías una familia así.

—Nunca preguntaste.

Me marché.

En el hospital confirmaron la lesión y organizaron mi tratamiento.

Julian permaneció conmigo.

A las cuatro de la madrugada, mientras preparaban nuestro traslado, puse sobre la mesa los 300.000 yuanes que Adrian me había enviado.

—Devuélveselos.

Julian frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que algún día diga que me compró el silencio.

Mi hermano me observó.

—¿Y el matrimonio?

Saqué el teléfono.

—También se lo devolveré.

Llamé a una abogada.

A las seis de la mañana, Adrian recibió dos notificaciones.

La primera:

300.000 yuanes devueltos.

La segunda:

solicitud de divorcio.

Pero la verdadera sorpresa llegó media hora después.

Su asistente entró corriendo en su despacho.

—Señor Lawson, tenemos un problema.

Adrian levantó la cabeza.

No había dormido.

—¿Qué ocurrió?

—Foster Global acaba de suspender las conversaciones para adquirir nuestra división hotelera.

Adrian quedó inmóvil.

—¿Foster Global?

—Sí.

Su asistente tragó saliva.

—El presidente del grupo es Julian Foster.

Adrian recordó inmediatamente al hombre de la noche anterior.

—¿Y Claire?

El asistente abrió una noticia financiera en la tableta.

Una fotografía antigua apareció en pantalla.

Julian estaba junto a nuestro padre.

Y entre ambos había una joven de veintidós años.

Yo.

Debajo figuraba mi nombre completo:

Claire Foster, hija menor de la familia fundadora de Foster Global.

Adrian se levantó lentamente.

—Eso es imposible.

—No lo es.

Su asistente pasó a la siguiente página.

—La señora Lawson renunció hace tres años a cualquier función ejecutiva cuando se casó con usted.

Adrian dejó de respirar por un instante.

Tres años.

Los mismos tres años durante los cuales su familia me había tratado como si no tuviera ningún lugar al que regresar.

Mientras tanto, yo observaba Eastbridge desaparecer desde la ventanilla del jet.

Julian estaba sentado frente a mí.

—Papá quiere saber cuándo llegamos.

—¿Sigue enfadado conmigo?

—Lleva tres años fingiendo que sí.

Sonreí por primera vez aquella noche.

Mi teléfono vibró.

Adrian.

Después otra vez.

Y otra.

Lo apagué.

Dos meses más tarde regresé a la sede de Foster Global.

No como esposa de Adrian Lawson.

Como Claire Foster.

Adrian me esperaba en el vestíbulo.

—Claire, necesito hablar contigo.

—Habla.

—Vanessa se marchó.

No reaccioné.

—Mi madre también quiere disculparse.

—No es necesario.

—Yo no sabía quién eras.

Aquella frase consiguió detenerme.

Lo miré directamente.

—Ese fue siempre tu problema, Adrian.

Él frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Crees que deberías haberme tratado mejor porque ahora sabes quién es mi familia.

Di un paso hacia el ascensor.

—Pero debiste tratarme bien cuando pensabas que yo no tenía a nadie.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Adrian permaneció inmóvil al otro lado.

—Claire…

Lo miré por última vez.

—Los 300.000 yuanes podían pagar muchas cosas.

Las puertas casi se habían cerrado.

—Pero nunca pudieron comprar otra oportunidad.

El ascensor subió.

Y mientras dejaba atrás al hombre por quien había abandonado mi antigua vida, comprendí que el jet privado no había venido a rescatar a una heredera.

Había venido a buscar a una mujer que finalmente estaba preparada para rescatarse a sí misma.

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