El hospital seguía oliendo a desinfectante…
Pero el aire ya no era el mismo.
Mariana Ibarra no era la mujer que había recibido ese sobre color crema unas horas antes.
Ahora sabía.
Y cuando una mujer sabe…
Todo cambia.
—
—Necesito que nadie más entre a mi habitación sin mi autorización —dijo con voz firme.
La enfermera asintió de inmediato.
Había algo en su mirada que imponía respeto.
Algo nuevo.
Algo peligroso.
—
El celular volvió a sonar.
Licenciado Robles.
—Señorita Mariana, hay algo más que debe saber.
—Dígame.
—Su esposo… ya intentó comunicarse con el despacho.
Mariana no se sorprendió.
Solo entrecerró los ojos.
—¿Qué quiere?
—Acceso a la información del fideicomiso.
Silencio.
Luego una risa breve.
Fría.
—Llegó tarde.
—
En Santa Fe, dentro de una oficina de cristal…
Sebastián Alcocer golpeó el escritorio.
—¡¿Cómo que no pueden darme detalles?!
El asistente tragó saliva.
—Señor, el fideicomiso está blindado. Solo los beneficiarios directos… y la madre como tutora legal pueden—
—¡ES MI ESPOSA!
—Está en proceso de divorcio, señor.
Eso lo hizo quedarse quieto.
Por primera vez.
—
De vuelta en el hospital…
Mariana se levantó lentamente de la cama.
El dolor de la cirugía era real.
Pero no se comparaba con lo que sentía por dentro.
Caminó hasta el cristal.
Miró a sus hijos.
Tres vidas.
Tres razones.
Tres futuros que nadie iba a arrebatarle.
—Licenciado —dijo sin apartar la vista—. Quiero que active todos los protocolos de protección.
—Ya lo estamos haciendo.
—No. Todos.
El abogado entendió.
—Eso incluye seguridad privada, bloqueo de cuentas vinculadas a su esposo y auditoría interna de Alcocer Global.
Mariana apretó el vidrio con suavidad.
—Incluye todo lo necesario para que Sebastián entienda una cosa…
Hizo una pausa.
—Se equivocó de momento para traicionarme.
—
Horas después…
Dos hombres de traje llegaron al hospital.
Pero no eran del equipo de Sebastián.
Eran de Mariana.
Seguridad privada.
Discreta.
Eficiente.
Letal si era necesario.
—
Mientras tanto…
Sebastián recibió una notificación en su tablet.
Su expresión cambió.
Primero incredulidad.
Luego furia.
Cuentas congeladas.
Movimientos bloqueados.
Auditoría iniciada por orden de los fideicomisos Ibarra.
—¿Qué está haciendo esa mujer…?
—
En el hospital, Mariana regresó a la cama.
Cansada.
Pero firme.
La enfermera se acercó despacio.
—Mija… ¿estás segura de que puedes con todo esto?
Mariana cerró los ojos un segundo.
Luego volvió a abrirlos.
Y ya no había duda.
—No tengo opción.
Miró a sus hijos una vez más.
—Ellos tampoco.
—
Pero lo que Mariana aún no sabía…
Era que Sebastián no pensaba perder.
No así.
No sin pelear.
Y mucho menos…
Sin ensuciarse las manos.
—
En su oficina, tomó el teléfono.
Marcó un número que no aparecía en ningún registro oficial.

—La necesito —dijo sin saludar.
Del otro lado, una voz femenina respondió con calma.
—Pensé que nunca me llamarías para algo personal.
Sebastián apretó la mandíbula.
—Quiero la custodia total.
Silencio.
Luego una ligera risa.
—¿Incluso si eso implica destruirla?
Él no dudó.
—Especialmente por eso.
—
En la unidad neonatal…
Una de las máquinas emitió un sonido diferente.
La enfermera frunció el ceño.
—Doctora…
Renata había dejado de respirar por unos segundos.
—
Mariana se levantó de golpe.
El corazón en la garganta.
El mundo deteniéndose otra vez.
—
Y en ese instante…
La guerra dejó de ser legal.
Se volvió personal.