PARTE 2: LA HABITACIÓN OCULTA

Las sirenas llegaron antes de que Fernando pudiera abrir la puerta.

Escuché voces en el pasillo.

—¡Policía! ¡Aléjese de la puerta!

Los golpes cesaron.

Sophia seguía abrazada a mí.

—Mamá, ¿ahora sí puedo irme contigo?

La abracé con cuidado.

—Sí, cariño. Esta vez nadie va a separarnos.

Los paramédicos entraron pocos minutos después y comenzaron a atenderla. Yo entregué a los agentes la pequeña llave, las bridas y todo lo que había encontrado.

Uno de ellos me miró seriamente.

—Coronel, ¿su exmarido administraba algún dinero perteneciente a la niña?

—Sí. Un fondo creado por mi padre.

El agente intercambió una mirada con su compañero.

—Entonces necesitamos registrar su domicilio.

Fernando fue detenido antes de que pudiera abandonar la funeraria.

Claudia también.

Natalia intentó marcharse por una puerta lateral, pero los agentes la encontraron antes de que saliera.

Yo permanecí junto a Sophia hasta que los médicos confirmaron que estaba estable.

Horas después, recibí una llamada.

—Coronel Serrano, soy el detective Morales. Necesito que venga a la residencia de su exmarido.

—¿Encontraron algo?

Hubo silencio.

—Sí.

Llegué poco después.

La casa de Fernando estaba rodeada de vehículos policiales.

Entré acompañada por el detective.

La vivienda parecía completamente normal.

Fotos familiares.

Muebles caros.

Juguetes de Sophia perfectamente ordenados.

Nada parecía fuera de lugar.

Hasta que Morales me llevó al segundo piso.

Se detuvo frente a una pared.

—El registro financiero nos llevó hasta aquí.

—¿Qué hay detrás?

—Todavía no lo sabemos.

Uno de los agentes retiró un panel de madera.

Detrás apareció una puerta metálica.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Fernando tenía esta habitación?

—Según los planos oficiales, no.

Abrieron la puerta.

Dentro había archivadores, cajas y varias carpetas.

Morales tomó una de ellas.

—Aquí están los movimientos del fondo fiduciario.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Cuánto falta?

El detective revisó los documentos.

—Una cantidad considerable.

Pero había algo peor.

En una pared había fotografías y documentos relacionados con Sophia.

Informes escolares.

Registros médicos.

Copias de mis solicitudes de visitas.

Y una carpeta con mi nombre.

La abrí.

Dentro había documentos falsificados que pretendían demostrar que yo había abandonado voluntariamente a mi hija.

Me quedé helada.

—Él fabricó todo esto.

Morales asintió.

—Y hay más.

Sacó un pequeño dispositivo de almacenamiento.

—Lo encontramos oculto detrás de uno de los archivadores.

Lo conectó a un ordenador policial.

Apareció una lista de archivos.

El primero tenía una fecha de tres años atrás.

El segundo, dos años.

El último había sido creado apenas una semana antes.

Morales abrió uno.

La grabación mostraba a Fernando hablando con Claudia.

No escuché todo.

No necesitaba hacerlo.

La conversación dejaba claro que habían planeado hacer desaparecer a Sophia de mi vida para obtener control sobre el dinero.

Pero entonces apareció un segundo nombre.

Mi padre.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué aparece él?

Morales pausó la grabación.

—Eso es precisamente lo que no entendemos.

En ese momento mi teléfono vibró.

Era mi padre.

Contesté.

—Papá, ¿qué está pasando?

Hubo unos segundos de silencio.

Después respondió con una voz que jamás había escuchado en él.

—Valerie, escucha con atención.

—¿Qué ocurre?

—El fondo de Sophia no fue creado solo para proteger su futuro.

Me quedé inmóvil.

—¿Entonces para qué?

Mi padre respiró profundamente.

—Porque sabía que algún día alguien intentaría quitártela.

Y antes de que pudiera preguntar quién, añadió:

—Y esa persona no era Fernando.

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