Durante la primera semana, Marcos creyó que yo estaba enfadada.
La segunda, pensó que intentaba darle una lección.
La tercera, empezó a comprender que algo había cambiado.
Yo seguí yendo al trabajo, desayunando en la cafetería y regresando a casa sin comprar comida.
Marcos abría el refrigerador cada noche.
Nada.
Ni carne.
Ni verduras.
Ni arroz.
Solo agua, condimentos y algunos huevos que yo necesitaba para mis desayunos.
—¿De verdad vas a seguir así? —preguntó una noche.
—¿Así cómo?
—Sin cocinar.
Lo miré.
—Estoy comiendo en mi empresa.
—¿Y yo?
—Tú tienes salario.
Su rostro se endureció.
—¡Mi salario se lo doy a mi madre!
—Exactamente.
Se quedó callado.
Al día siguiente comenzó a pedir comida a domicilio.
Primero una cena.
Luego otra.
Después dejó de pedir porque descubrió que una semana de comida preparada costaba más de lo que había imaginado.
Tres meses después de aquella primera transferencia, Marcos ya debía dinero en dos tarjetas.
Mientras tanto, yo había hecho algo más importante.
Pedí al banco que eliminara mi nombre de varias obligaciones que había firmado durante nuestro matrimonio y reuní todos los comprobantes de las transferencias que Marcos había enviado a Gloria.
No quería impedirle ayudar a su madre.
Quería saber exactamente cuánto dinero familiar había desaparecido.
Y entonces encontré algo extraño.
Había una transferencia mensual adicional.
No era de 40,7 millones.
Era de 3,7 millones.
Cada mes.
Destinatario: Chen Property Management.
La empresa pertenecía a Gloria.
Seguí investigando.
Los pagos llevaban casi dos años.
Algunos estaban descritos como “reparaciones”.
Otros como “gastos médicos”.
Pero las facturas no coincidían.
Llamé a mi amiga Laura, que trabajaba en contabilidad.
—Necesito que revises algo.
Dos horas después me llamó.
—Hay algo raro.
—¿Qué?
—La empresa de tu suegra compró tres apartamentos durante los últimos dos años.
Sentí un frío en el estómago.
—¿Con qué dinero?
Laura guardó silencio unos segundos.
—Con transferencias procedentes de la cuenta de tu marido.
Me quedé mirando la pantalla.
Entonces apareció un mensaje de Marcos.
“Mi madre necesita otros 18,5 millones. Haz una transferencia desde nuestros ahorros.”
Por primera vez en tres meses, respondí.
“Claro.”
Él contestó inmediatamente:
“¿En serio?”
Sonreí.
“Pero esta vez quiero que vengas conmigo al banco.”
Cinco minutos después llamó.
—¿Para qué?
—Para que firmes personalmente.
—No hace falta.
—Sí hace falta.
—¿Qué estás tramando?
Miré la carpeta que tenía delante.
—Nada.
Hice una pausa.
—Solo quiero que mi marido explique delante del gerente por qué lleva dos años comprando propiedades a nombre de su madre mientras nuestra cuenta familiar está casi vacía.
No volvió a hablar.
Y esa misma noche, Marcos llegó a casa antes que yo.
Estaba pálido.
Sobre la mesa había dejado su teléfono.
En la pantalla aparecía un mensaje de Gloria:
“Tu esposa descubrió lo de los apartamentos. Ven inmediatamente.”
Levanté la mirada.
Marcos me observó durante varios segundos.
—¿Qué quieres?
Cerré lentamente la carpeta.
—La verdad.
—¿Sobre qué?
—Sobre los 407 millones que salieron de nuestra vida durante los últimos años.
Él tragó saliva.
Entonces sonó su teléfono.
Era Gloria.
Pero antes de que pudiera contestar, llegó otro mensaje.
Esta vez de un número desconocido:

“Señor Chen, mañana se ejecutará la orden sobre la propiedad. Su madre tiene 24 horas para demostrar de dónde salió el dinero.”
Marcos levantó la cabeza de golpe.
Y comprendí que la historia no terminaba con mi marido hambriento.
Apenas acababa de empezar.