Los golpes volvieron a sonar.
Más fuertes.
Más impacientes.
No eran los toques de un vecino que venía a desear una feliz Navidad.
Eran golpes de alguien que esperaba que le abrieran de inmediato.
Emily retrocedió un paso.
Abrazó a Noah con tanta fuerza que el pequeño comenzó a inquietarse entre sus brazos.
Su respiración se aceleró.
Yo la observé sin comprender.
—¿Quién es?
Ella negó lentamente con la cabeza.
—No abras.
Su voz era apenas un susurro.
—Por favor, Gavin… no abras.
Aquellas palabras me inquietaron más que los golpes.
Miré hacia la puerta.
Después hacia Emily.
Jamás la había visto así.
No era solo miedo.
Era auténtico pánico.
Los golpes sonaron por tercera vez.
Entonces una voz masculina atravesó la madera.
—Emily, sabemos que estás ahí.
Mi espalda se tensó.
—Abre la puerta. Solo queremos hablar.
Emily cerró los ojos.
Una lágrima rodó por su mejilla.
—No…
Yo di un paso hacia la entrada.
—¿Quiénes son?
Ella levantó la vista.
—La familia de Daniel.
Fruncí el ceño.
—¿Daniel?
—Mi paciente.
No entendía nada.
—Explícate.
No tuvo tiempo.
La voz volvió a escucharse.
—Tenemos derecho a conocer al niño.
Sentí un escalofrío.
Miré a Noah.
Después a Emily.
Ella respiró profundamente.
—Ellos creen que Noah es hijo de Daniel.
El silencio cayó sobre la casa.
—¿Qué?
—Nunca les dije la verdad.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Por qué dejarías que pensaran eso?
Emily bajó la mirada.
—Porque cuando descubrí que estaba embarazada… tú ya habías firmado los papeles del divorcio.
Cada palabra pesaba toneladas.
—Pensé que me odiabas.
Recordé perfectamente aquella época.
Las discusiones.
Las noches llegando tarde a casa.
Las reuniones que siempre eran más importantes.
El divorcio que acepté por orgullo cuando aún la seguía amando.
Emily continuó hablando.
—Tres días después de firmar, supe que esperaba un bebé.
Acarició la cabeza de Noah.
—Quise llamarte.
Su voz comenzó a romperse.
—Pero entonces ocurrió el accidente.
—¿Qué accidente?
Ella tragó saliva.
—Daniel murió.
Finalmente entendí el nombre.
Daniel Brooks.
Uno de los médicos del hospital donde Emily trabajaba.
Había fallecido seis meses atrás en un choque provocado por un conductor ebrio.
La noticia había aparecido incluso en televisión.
—Él era mi compañero de guardias.
Su familia sabía que me ayudaba mucho durante el embarazo… porque yo sufría desmayos frecuentes.
Cuando murió…
Todos asumieron que Noah era suyo.
—¿Y nunca los corregiste?
Emily negó lentamente.
—Intenté hacerlo.
Pero su madre apareció en el hospital llorando.
Me abrazó.
Me dijo que al menos su hijo dejaba un nieto.
Su voz terminó quebrándose.
—No fui capaz de destruirla ese mismo día.
Los golpes volvieron.
Más violentos.
—¡Emily!
Noah comenzó a llorar.
Instintivamente extendí los brazos.
Ella dudó unos segundos.
Después, por primera vez, colocó a nuestro hijo entre mis manos.
Lo sostuve con un cuidado que jamás había sentido por nada en mi vida.
Era tan pequeño…
Tan ligero…
Y, sin embargo, nunca había cargado algo que pesara tanto.
Él abrió lentamente los ojos.
Verdes.
Exactamente iguales a los míos.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—Hola, Noah…
Mi voz apenas salió.
El pequeño dejó de llorar.
Sus diminutos dedos rodearon uno de los míos.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
Me había perdido su nacimiento.
Su primera respiración.
Su primer llanto.
Pero en ese instante hice una promesa silenciosa.
Nunca volvería a perderme otro momento de su vida.
Los golpes cesaron de repente.
Durante unos segundos solo se escuchó el viento golpeando las ventanas.
Después sonó un teléfono.
Era el de Emily.
Miró la pantalla.
Su rostro perdió todo el color.
—Es Margaret.
—¿Quién es Margaret?
—La madre de Daniel.
Contestó con manos temblorosas.
Activó el altavoz sin darse cuenta.
La voz de una mujer mayor llenó la sala.
—Emily… sabemos que ese hombre está dentro de la casa.
Mi sangre se heló.
¿Cómo podían saberlo?
La mujer continuó.
—Escúchame bien.
No vamos a discutir esta noche.
Solo queremos despedirnos del bebé antes de llevárnoslo.
Sentí que Noah se movía entre mis brazos.
Miré a Emily.
Ella estaba completamente paralizada.
—¿Llevárselo?
Margaret respondió con una calma escalofriante.
—Nuestro abogado ya presentó la solicitud de custodia temporal hace dos semanas.
El mundo pareció detenerse.
Emily dejó caer el teléfono sobre la mesa.
Yo la miré sin comprender.

—¿Custodia?
Ella rompió a llorar.
—No tuve valor para contártelo…
Respiró con dificultad antes de decir la frase que terminó de cambiar aquella Nochebuena.
—Si descubren oficialmente que tú eres el padre, la demanda se cae…
Pero alguien falsificó documentos médicos para hacer creer al tribunal que Daniel era el padre biológico.
Y la primera audiencia judicial estaba programada… para la mañana siguiente.