PARTE 2: MI ANTIGUA VIDA

Alejandro me llamó diecisiete veces.

No contesté ninguna.

A la decimoctava dejó un mensaje.

—Camila, ¿qué demonios hiciste con todo?

Escuché el audio mientras Emma coloreaba tranquilamente frente a mí.

No había vendido nada.

Los muebles, electrodomésticos, cuadros y hasta las cortinas habían sido comprados con dinero de una cuenta que conservaba desde antes del matrimonio.

Simplemente trasladé mis cosas.

La casa podía quedarse con él si tanto le importaba.

Yo ya no la quería.

Porque mientras Alejandro creía que llevaba cinco años siendo únicamente “ama de casa”, yo había cometido el terrible pecado de no contarle todo lo que hacía.

Dos años después de dejar mi empleo, mi antigua compañera Laura me pidió ayuda con un proyecto.

Después vino otro.

Luego otro.

Nunca regresé a una oficina.

Trabajaba desde casa durante las siestas de Emma, algunas noches y ciertos fines de semana.

Consultoría estratégica.

Todo perfectamente declarado.

No ganaba medio millón al año.

Todavía.

Pero tampoco era la mujer sin recursos que Alejandro imaginaba.

Tres días después del divorcio entré en una pequeña oficina del centro.

Laura me esperaba.

—Bienvenida oficialmente.

Miré la placa de cristal.

REYES & MARTIN CONSULTING.

Mi apellido aparecía primero.

Sonreí.

—Ya era hora.

Había conservado el 45% de aquella empresa desde su creación.

Durante años reinvertimos casi todo.

Alejandro nunca preguntó por qué seguía reuniéndome con Laura.

Supuso que éramos dos madres tomando café.

La ironía era perfecta.

Una semana después, él lo descubrió.

No porque yo se lo dijera.

Porque su propia empresa abrió una licitación para contratar una consultora externa.

Y Reyes & Martin estaba entre las tres finalistas.

Laura entró conmigo a la presentación.

Alejandro estaba sentado al otro extremo de la mesa.

Cuando me vio con traje oscuro, una carpeta bajo el brazo y mi nombre en la diapositiva principal, se quedó inmóvil.

—Camila…

Uno de sus directores sonrió.

—¿Ya conoces a la señora Reyes?

Alejandro tardó demasiado en responder.

—Es mi exesposa.

El silencio fue incómodo.

Yo abrí la presentación.

—Entonces podemos ahorrarnos las introducciones.

Durante cuarenta minutos no fui su exesposa.

Fui la profesional que él había olvidado que existía.

Cuando terminamos, recogí mis documentos.

Alejandro me siguió hasta el pasillo.

—¿Desde cuándo haces esto?

—Desde hace años.

—Me dijiste que no tenías ingresos.

Me giré.

—Nunca te dije eso.

Su rostro cambió.

Tenía razón.

Él había asumido que no tenía ingresos porque nunca consideró que mi tiempo pudiera producir algo fuera de su casa.

—¿Por eso aceptaste tan rápido el divorcio?

—Acepté porque me pediste el divorcio.

—Camila…

—Nuestra segunda condición, Alejandro.

Lo recordaba.

Mi futuro ya no tenía nada que ver con él.

Me marché.

Pensé que ahí terminaría todo.

Me equivoqué.

Aquella tarde Laura entró en mi despacho con el rostro serio.

—Tenemos un problema.

Dejó un documento sobre mi mesa.

Era una propuesta de adquisición.

La empresa de Alejandro quería comprar Reyes & Martin.

—¿Cuándo hicieron esta oferta?

—Hace nueve meses.

La miré.

—Eso es imposible.

Laura negó lentamente.

—Alejandro no la presentó.

Señaló la firma inferior.

Era la del director financiero de su empresa.

Y había una segunda página.

Una evaluación interna sobre nuestra consultora.

En la sección dedicada a mí aparecía una frase:

“La participación de Camila Reyes debe adquirirse antes de que su vínculo matrimonial con Alejandro Santoro termine.”

Sentí frío.

—Laura… ¿quién sabía hace nueve meses que Alejandro iba a divorciarse de mí?

Ella pasó a la última página.

Allí estaba el nombre de la persona que había solicitado el informe.

La mujer que durante meses había comentado cada fotografía familiar llamándome “la esposa perfecta”.

Sofía Santoro.

La hermana mayor de Alejandro.

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