PARTE 2: LOS TREINTA DIJERON NO

Treinta alumnos caminaron por el pasillo hasta detenerse frente a la dirección.

Vitka fue el primero en tocar.

Tres golpes.

—Adelante —respondió Viktor Petróvich.

La puerta se abrió.

El director levantó la vista y frunció el ceño al descubrir treinta rostros amontonados frente a su oficina.

—¿Qué significa esto?

Vitka dio un paso adelante.

—Queremos que vuelva Anna Nikoláievna.

—Regresen inmediatamente a clase.

Nadie se movió.

—He dicho que regresen.

Katia levantó una carpeta.

—Antes de irnos queremos enseñarle algo.

Dentro estaban sus antiguos trabajos.

En la primera hoja había errores por todas partes.

En la última, casi ninguno.

Otro alumno dejó su cuaderno sobre el escritorio.

Después otro.

Y otro.

Pronto había treinta cuadernos frente al director.

—Usted dijo que ella regalaba calificaciones —dijo Vitka—. Entonces mírelos.

Viktor Petróvich abrió algunos.

Correcciones.

Ejercicios repetidos.

Notas escritas a mano.

“Inténtalo otra vez.”

“Ya casi.”

“Ven después de clase y lo revisamos.”

No eran notas regaladas.

Eran meses de trabajo.

—Ella nunca dijo que todos éramos excelentes —continuó Vitka—. Dijo que podíamos aprender.

El director permaneció callado.

Entonces Katia sacó una hoja.

—También escribimos una carta.

Los treinta habían firmado.

Pedían que se revisara el despido y que compararan sus conocimientos de septiembre con los actuales.

No querían favores.

Querían demostrarlo.

La historia llegó hasta varios padres.

Después hasta otros profesores.

Y finalmente hasta la inspección educativa que Viktor Petróvich tanto temía.

Una semana después, dos inspectores visitaron la escuela.

Revisaron exámenes, cuadernos y registros.

Entrevistaron a los alumnos.

Al terminar, uno preguntó:

—¿Dónde está la profesora responsable de esta evolución?

El director tardó demasiado en responder.

—Fue despedida.

—¿Por malos resultados?

—No exactamente.

—¿Por alguna falta profesional?

Silencio.

Vitka, sentado al fondo, bajó la mirada para ocultar una pequeña sonrisa.


Anna Nikoláievna estaba guardando libros en la biblioteca de otra escuela cuando recibió una llamada.

—Necesitamos que venga mañana.

Reconoció la voz del director.

—¿Para qué?

Hubo una pausa.

—Para hablar de su reincorporación.

Anna cerró los ojos.

Durante un instante recordó aquella puerta del séptimo grado y su mano apoyada sobre la madera antes de marcharse.

—¿Qué cambió?

Viktor Petróvich respondió casi en un susurro:

—Sus alumnos.

Al día siguiente, Anna regresó.

Cuando cruzó la entrada, el pasillo parecía extrañamente vacío.

Entonces dobló la esquina.

Allí estaban los treinta.

Nadie había preparado discursos.

Katia empezó a llorar.

Otro niño sonrió.

Y Vitka permaneció quieto, intentando mantener aquella expresión desafiante que había usado durante todo el año.

Anna dejó el bolso en el suelo.

—¿Qué hicieron?

Vitka se encogió de hombros.

—Usted dijo que no abandonaba a los que dejaban atrás.

Finalmente sonrió.

—Nosotros tampoco.

Anna se cubrió la boca con una mano.

Esta vez no consiguió contener las lágrimas.

Entraron juntos al salón.

Sobre el pizarrón alguien había escrito con letras enormes:

“EL ERROR NO ES UN DELITO.”

Anna tomó la tiza.

Debajo añadió:

“RENDIRSE SÍ ES UNA ELECCIÓN.”

Después se volvió hacia sus alumnos.

—Saquen sus cuadernos.

Treinta mochilas se abrieron al mismo tiempo.

Y Vitka levantó la mano.

—Anna Nikoláievna…

—¿Sí?

—¿Todavía no va a poner reprobados?

Ella sonrió.

—Todavía tendrán que ganarse cada calificación.

—Eso no fue lo que pregunté.

Las risas llenaron el salón.

Anna esperó a que terminaran.

—No, Vitka. No voy a poner reprobados.

Señaló su cuaderno.

—Pero si vuelves a escribir “haber” cuando querías escribir “a ver”, te quedarás conmigo después de clase hasta que ambos envejezcamos.

Vitka soltó una carcajada.

Y por primera vez en muchos años, aquella vieja escuela rural tuvo una estadística que ningún informe podía explicar:

treinta niños que habían aprendido algo mucho más importante que una regla gramatical.

Habían aprendido que cuando alguien cree en ti el tiempo suficiente, llega un día en que tú también empiezas a creer en ti mismo.

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