PARTE 2: LO QUE ÁLVARO QUERÍA CONVERTIR EN CENIZAS

Elena levantó el encaje.

Y dejó de respirar.

Alrededor del cuello de Lucía había marcas oscuras.

No parecían lesiones producidas por una caída.

Parecían dedos.

—Dios mío…

Álvaro intentó agarrarla.

—¡No la toques!

Javier Robles apareció en la entrada con dos agentes.

—Apártese del ataúd, señor Santamaría.

Álvaro palideció.

Elena, sin embargo, seguía mirando el cuerpo.

Treinta y un años trabajando en urgencias le habían enseñado algo más.

—Javier, mira sus muñecas.

Retiraron cuidadosamente las mangas.

Había pequeños hematomas.

Marcas de sujeción.

La cremación fue suspendida inmediatamente.

Cuando el médico forense llegó, descubrió una tercera irregularidad.

Una pequeña punción detrás de la oreja izquierda.

Álvaro insistió en que pertenecía al tratamiento hospitalario.

Pero el hospital no tenía registrado ningún procedimiento en aquella zona.

Entonces Javier pidió los documentos de ingreso.

El silencio cambió.

Lucía nunca había llegado viva al hospital.

Álvaro había llevado su cuerpo casi dos horas después de la hora estimada de muerte.

—¿Dónde estabas durante esas dos horas? —preguntó Javier.

—En shock.

—Curioso.

Javier levantó el teléfono de Lucía.

—Porque alguien utilizó su huella digital cuarenta minutos después de su muerte.

Álvaro dejó de llorar.

El teléfono había autorizado tres transferencias bancarias.

También había enviado un correo solicitando modificar la custodia de Inés.

Beneficiario en caso de muerte:

Álvaro Santamaría.

Pero Elena encontró algo todavía peor.

Dentro del vestido, cosida bajo el forro, había una diminuta memoria USB.

Inés la señaló.

—Mamá dijo que estaba ahí.

Nadie respondió.

Javier conectó la memoria en un ordenador aislado.

Aparecieron fotografías.

Grabaciones.

Extractos bancarios.

Y un video filmado por Lucía seis días antes de morir.

Mi hija apareció en pantalla mirando directamente a la cámara.

—Mamá, si estás viendo esto, significa que no conseguí salir.

Elena se cubrió la boca.

—Descubrí que Álvaro lleva años usando mi identidad para mover dinero.

Álvaro retrocedió hacia la puerta.

Dos policías lo bloquearon.

Pero Lucía continuó:

—Él no trabaja solo.

La pantalla mostró transferencias realizadas desde una empresa perteneciente a alguien llamado Robles Seguridad Integral.

Elena giró lentamente.

Javier ya no miraba la pantalla.

—Javier…

—Elena, puedo explicarlo.

Entonces apareció la última grabación.

Lucía estaba escondida dentro de un coche.

—Si algo me pasa, no confíes en Álvaro.

Respiró temblando.

—Pero tampoco confíes en Javier Robles. Él fue quien le enseñó a Álvaro cómo hacer que mi muerte pareciera natural.

Los dos agentes se volvieron hacia Javier.

Pero Inés gritó:

—¡Abuela!

La niña señalaba el ataúd.

Elena miró hacia Lucía.

Y vio algo imposible.

Los dedos de su hija acababan de moverse.

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