Damian permaneció inmóvil detrás de la pared.
Fiona comía lentamente.
Sola.
Entonces Brenda entró en la cocina.
—¿Otra vez aquí?
Fiona dejó el tenedor.
—Solo estoy cenando.
Brenda soltó una risa seca.
—Los invitados preguntaron por ti.
—Podrías haberme llamado.
—¿Para qué?
Brenda se inclinó sobre la mesa.
—Fiona, realmente nunca fuiste parte de nosotros.
Damian sintió que la sangre le hervía.
Pero Fiona no respondió.
Aquello fue peor.
Parecía haber escuchado esas palabras demasiadas veces.
Brenda continuó:
—Mi hermano necesitaba a alguien cuando era pobre. Ahora necesita una esposa capaz de representar lo que ha construido.
—Yo ayudé a construirlo.
—Eso fue hace años.
Fiona levantó la mirada.
—Precisamente.
Sacó un sobre grueso de su bolso.
Brenda palideció.
—¿Qué es eso?
—Lo que llevo meses reuniendo.
Damian salió de las sombras.
—Yo también quisiera saberlo.
Ambas mujeres se congelaron.
—Damian… —susurró Fiona.
Él no miró a su hermana.
Miró el recipiente de sobras.
—¿Cuánto tiempo?
Fiona entendió.
—No importa.
—A mí sí.
Brenda intervino.
—Estás dramatizando. Fiona prefiere—
—Cállate.
Fue la primera vez que Damian habló así a su hermana.
Brenda retrocedió.
Damian tomó el sobre.
Fiona intentó detenerlo.
—No.
Demasiado tarde.
Lo abrió.
Había recibos.
Farmacias.
Supermercados.
Alquileres.
Facturas médicas.
Matrículas escolares.
Más de cuarenta.
—¿Todo esto es de Miriam?
Fiona negó.
—De empleados y exempleados.
Damian pasó las hojas.
Entonces encontró algo extraño.
Los gastos no habían sido pagados desde ninguna cuenta familiar.
—¿De dónde sale este dinero?
Fiona guardó silencio.
Helena apareció en la puerta.
—De las joyas, señor.
Damian levantó la cabeza.
—¿Qué joyas?
—Las que usted le regalaba.
Sintió un golpe en el pecho.
El brazalete de diamantes de su aniversario.
Vendido.
El reloj suizo.
Vendido.
Dos collares.
Vendidos.
Fiona había convertido sus regalos en medicamentos, comida y alquileres.
—¿Por qué?
Ella lo miró cansada.
—Porque cada vez que pedía aumentar el fondo de ayuda al personal, Brenda decía que estaba desperdiciando tu dinero.
Damian giró hacia su hermana.
Brenda perdió el color.
—Eso no es verdad.
Fiona sacó otro recibo.
—Entonces explícale esto.
Era una transferencia.
Cincuenta mil dólares.
De la fundación benéfica de O’Connor Hotels.
Destino:
Briar Consulting.
Damian frunció el ceño.
—No conozco esa empresa.
—Yo tampoco la conocía.
Fiona colocó más documentos sobre la mesa.
—Hasta que Miriam me dijo que después de morir su marido, la empresa dejó de pagarle el seguro que correspondía.
—¿Qué tiene eso que ver con Briar?
—El dinero para empleados enfermos estaba desapareciendo.
Damian dejó de respirar.
Fiona había investigado durante cinco meses.
Briar Consulting había recibido más de 1.8 millones de dólares de programas destinados a asistencia médica, becas y emergencias familiares.
La dirección registrada pertenecía a un despacho postal.
Pero la cuenta bancaria tenía un beneficiario real.
Brenda O’Connor.
—No —dijo Damian.
Su hermana retrocedió.
—Puedo explicarlo.
—Hazlo.
—Era planificación fiscal.
—Con dinero para empleados enfermos.
—¡Yo no manejaba esas transferencias sola!
El comedor había quedado en silencio.
Gertrude apareció en la puerta.
—¿Qué está pasando?
Fiona la miró.
—Pregúntele a Brenda.
Damian siguió revisando.
Entonces encontró otro nombre.
Gertrude O’Connor.
Su madre figuraba como autorizada en dos cuentas.
—Mamá.
Gertrude endureció el rostro.
—Todo lo que hicimos fue proteger lo que tú construiste.
—¿Robando a mis empleados?
—Esa gente recibe suficiente.
Damian miró hacia Fiona.
De pronto comprendió algo mucho más doloroso.
Mientras él creía estar cuidando de su esposa con vestidos y automóviles, Fiona había vendido esas cosas para cuidar a las personas que su propia familia estaba perjudicando.
—¿Por qué no me dijiste nada?
Los ojos de Fiona se llenaron de lágrimas.
—Lo intenté.
“Mañana, amor.”
“No puedo hacer esto hoy.”
Recordó cada vez.
Damian bajó la cabeza.
—¿Qué pensabas hacer con las pruebas?
—Entregárselas a tu director financiero el lunes.
—¿Y después?
Fiona respiró profundamente.
—Irme.
Esa palabra le dolió más que todas las demás.
—¿Irte de la casa?
—De ti.
Brenda soltó una risa nerviosa.
—Perfecto. Déjala.
Damian se volvió.
—Tú te vas esta noche.
—¿Qué?
—Tú y mamá.
Gertrude dio un paso adelante.
—Esta también es nuestra casa.
—No.
Damian miró a Fiona.
—Acabo de descubrir de quién nunca fue.
Pero Fiona negó lentamente.
—Todavía no entiendes.
Sacó el último documento del sobre.
No era un recibo.
Era una copia del préstamo original que había permitido a Damian abrir su primer hotel quince años atrás.
Él conocía aquel préstamo.
Siempre había creído que un inversor anónimo había aportado los 220,000 dólares que necesitaba cuando todos los bancos lo rechazaron.
El nombre del prestamista estaba oculto detrás de una sociedad.
Damian había intentado descubrir su identidad durante años.
Ahora aparecía allí.
FIONA BENNETT.
La miró.
—No tenías este dinero.
—Yo no.
—Entonces ¿de dónde salió?
Fiona tardó en responder.
—De mi padre.
Damian sabía que el padre de Fiona había muerto cuando ella era adolescente.
—¿Qué estás diciendo?
—Mi padre dejó un fideicomiso. Mi madre me hizo prometer que jamás se lo contaría a nadie hasta que cumpliera cuarenta años.
—¿Cuánto?
Fiona guardó silencio.
Damian sintió que algo no encajaba.
—Fiona.
—El préstamo fue solo una parte.
Sacó otra carpeta.
Había participaciones.
Contratos.
Documentos de inversión.
Durante los primeros seis años de O’Connor Hotels, la misma sociedad había financiado adquisiciones, garantizado deudas y comprado propiedades que después arrendó a la compañía por cantidades simbólicas.
Damian reconoció inmediatamente varias direcciones.
Miami.
Nashville.
Atlanta.
—¿Quién posee esas propiedades?
—El fideicomiso.
—¿Y quién controla el fideicomiso?
Fiona sostuvo su mirada.
—Yo.
Brenda se dejó caer en una silla.
Pero Damian seguía leyendo.
Entonces vio una firma que conocía demasiado bien.
Gertrude O’Connor.
Fecha:
hacía ocho meses.
Su madre había solicitado al administrador del fideicomiso información sobre cómo transferir ciertos inmuebles si Fiona moría o quedaba incapacitada.
—Mamá…
Gertrude palideció.
—No es lo que parece.
Fiona sacó el último recibo.
Una clínica privada.
Pagado por Gertrude.
Nombre del paciente:
Fiona O’Connor.
—Nunca fui a esa clínica —dijo Fiona.
Damian miró la fecha.
Tres meses atrás.
El día después de que Fiona hubiera sufrido un extraño desmayo durante una cena familiar.
Debajo figuraba una prueba toxicológica.
Solicitante:
Gertrude O’Connor.
Y una nota escrita a mano:
“Dosis insuficiente. Ajustar antes del siguiente intento.”
Nadie habló.
Damian levantó lentamente los ojos hacia su madre.
Gertrude retrocedió.
—Damian, puedo explicarlo.
Pero Fiona ya estaba mirando otro detalle.
El médico que había firmado el informe.
Dr. Edward Bennett.
Su rostro perdió el color.
—No.
Damian se acercó.
—¿Quién es?
Fiona apenas consiguió pronunciarlo.
—Mi padre.
El hombre que oficialmente llevaba veintitrés años muerto.
Y entonces Damian comprendió que los recibos no solo demostraban que su familia había estado robando.
Demostraban que alguien había regresado de la muerte y llevaba meses utilizando su propia casa para acercarse a Fiona.
