A la mañana siguiente, mientras Chu Yuanhang seguía durmiendo, confirmé el viaje a Nueva York.
Ocho meses.
La empresa pagaría alojamiento, transporte y seguro.
Además, el proyecto incluía una bonificación internacional que superaba todo lo que yo había ganado durante los últimos tres años.
Por primera vez en mucho tiempo, al mirar mi futuro, no aparecía Chu Yuanhang dentro de él.
Sentí alivio.
Durante los siguientes días no discutí con él.
Preparé mis documentos.
Organicé mis cuentas.
Devolví los cinco mil yuanes que había pedido prestados para la operación de mi madre.
Y guardé en dos maletas únicamente aquello que realmente me pertenecía.
Chu Yuanhang no notó nada.
Estaba demasiado ocupado celebrando con su familia.
Su hermano había recibido dinero para la entrada de un apartamento.
Sus padres estaban buscando una vivienda más grande.
Incluso habían reservado un coche nuevo.
La noche anterior a mi partida, Chu Yuanhang regresó casi a medianoche.
—Mañana no prepares desayuno —dijo mientras se quitaba los zapatos—. Comeré con mis padres.
—Bien.
—Y paga la factura de electricidad. Me llegó un mensaje.
—Bien.
—Ah, mi madre quiere cambiar el frigorífico. Transfiérele veinte mil.
Lo miré.
—No tengo veinte mil.
Frunció el ceño.
—¿Dónde está tu salario?
—Pagando esta casa.
—Entonces pídeselo prestado a alguien.
Después entró en el dormitorio.
Ni siquiera me preguntó por las dos maletas que estaban junto al armario.
A la mañana siguiente me marché.
No dejé una carta.
No era necesario.
Él había dicho que su familia era más importante que cualquier otra cosa.
Yo simplemente había decidido creerle.
Cuando el avión despegó, miré la ciudad hacerse pequeña bajo las nubes.
Entonces recordé los diez yuanes.
Seguían dentro de mi cartera.
No los gasté.
Quería conservarlos.
Como recordatorio.
Nueva York cambió mi vida más rápido de lo que esperaba.
Durante las primeras semanas trabajé hasta muy tarde.
El proyecto tenía problemas importantes y necesitábamos reconstruir casi toda la estrategia.
Pero por extraño que pareciera, nunca me había sentido tan descansada.
Nadie me preguntaba qué había preparado para cenar.
Nadie revisaba cuánto había gastado.
Nadie esperaba que entregara mi salario para demostrar que era una buena esposa.
Mi dinero entraba en mi cuenta.
Y permanecía allí.
Una semana después de llegar, mi teléfono empezó a vibrar durante una reunión.
Chu Yuanhang.
Lo ignoré.
Volvió a llamar.
Y otra vez.
Cuando finalmente revisé los mensajes, había diecinueve.
“¿Dónde estás?”
“¿Por qué la casa está vacía?”
“¿Te llevaste tus cosas?”
“Llámame inmediatamente.”
Después llegó otro:
“Mi madre está enferma. Transfiéreme dinero ahora mismo.”
Me quedé mirando la pantalla.
Qué curioso.
Había ganado 3,45 millones.
Siete días después necesitaba mi dinero.
No respondí.
Entonces llegó un audio.
—Zhixia, deja de comportarte como una niña. Mi madre necesita hacerse unas pruebas. Ya sabes que acabo de entregarles todo el dinero. Transfiéreme cincuenta mil y cuando cobre te los devolveré.
Lo bloqueé.
Mi compañera estadounidense, que estaba sentada frente a mí, levantó una ceja.
—¿Problemas?
Guardé el teléfono.
—Ya no.
Y continué trabajando.
Dos meses después, fui ascendida a subdirectora del proyecto.
Al cuarto mes, la directora Chen me llamó.
—Zhixia, cuando regreses quiero proponerte para dirigir el departamento internacional.
Me quedé en silencio.
—¿Yo?
—Tú.
Se rio.
—Durante años rechazaste cada oportunidad que implicaba viajar. Pensé que no eras ambiciosa.
Aquella frase me dolió más de lo esperado.
Yo sí había sido ambiciosa.
Solo había reducido mis sueños para que cupieran dentro de mi matrimonio.
—Antes tenía otras prioridades —respondí.
—¿Y ahora?
Miré Manhattan desde la ventana.
—Ahora también soy una de mis prioridades.
Chu Yuanhang encontró otras formas de contactarme.
Correos.
Números nuevos.
Incluso utilizó el teléfono de un compañero.
Al principio estaba enfadado.
Después preocupado.
Finalmente desesperado.
“Los gastos de la casa están atrasados.”
“Mi hermano necesita pagar la hipoteca.”
“Mis padres ya utilizaron casi todo el dinero.”
“Zhixia, somos marido y mujer. No puedes abandonarme así.”
Aquella última frase me hizo reír.
Cuando mi madre necesitó una operación, su respuesta había sido:
“¿Por qué me llamas?”
Ahora su madre necesitaba dinero y de repente recordaba que éramos marido y mujer.
No contesté.
En cambio, llamé a un abogado.
—Quiero iniciar el divorcio.
Ocho meses después regresé.
Chu Yuanhang me esperaba frente al edificio.
Había adelgazado.
Su camisa estaba arrugada y tenía profundas ojeras.
Cuando me vio salir del coche, caminó rápidamente hacia mí.
—¡Zhixia!
Me detuve.
—¿Qué quieres?
Mi tono pareció desconcertarlo.
—¿Qué quiero?
Se rio con incredulidad.
—¡Desapareciste durante ocho meses!
—Estaba trabajando.
—¡Soy tu esposo!
—Por poco tiempo.
Le entregué una carpeta.
La abrió.
Su rostro cambió.
—¿Divorcio?
—Sí.
—¿Por qué?
Lo miré durante varios segundos.
De verdad no lo entendía.
—Porque tenías razón.
—¿Sobre qué?
—Tu familia es más importante que cualquier otra cosa.
Su expresión se endureció.
—Estaba enfadado cuando dije eso.
—No.
Negué lentamente.
—Lo demostraste durante tres años.
Intentó tomarme de la mano.
Retrocedí.
—Zhixia, podemos arreglarlo.
—No quiero arreglarlo.
—¡Mis padres ya saben que cometieron un error!
Aquello llamó mi atención.
—¿Ellos?
Chu Yuanhang evitó mi mirada.
Finalmente descubrí lo ocurrido.
De los 3,45 millones, su hermano había utilizado una enorme cantidad como entrada para una vivienda y otra parte para un coche.
Sus padres habían gastado más en reformas.
Después, un supuesto conocido les había recomendado una inversión de “alto rendimiento”.
Perdieron gran parte del resto.
Cuando Chu Yuanhang intentó recuperar algo de dinero, su madre respondió:
—Nos lo diste. Ahora es nuestro.
Su propio salario apenas podía cubrir todos los compromisos que había asumido.
Por eso me había buscado desesperadamente.
No porque me echara de menos.
Sino porque la persona que llevaba tres años pagando su vida había desaparecido.
—Ahora entiendo cuánto hacías —murmuró.
Sonreí.
—No, Yuanhang.
Saqué mi cartera.
—Solo entiendes cuánto dinero te ahorraba.
Extraje aquel billete arrugado.
Diez yuanes.
El mismo.
Lo puse en su mano.
Sus dedos temblaron.
—¿Qué haces?
—Para tus gastos de este mes.
Su rostro se volvió rojo.
—Zhixia…
—No seas codicioso.
Repetí con tranquilidad:
—Deberías comprenderme más.
Me di la vuelta.
Esta vez fue él quien se quedó mirando el billete.
El divorcio terminó unos meses después.
No intenté quedarme con dinero que no me correspondía.
Pero tampoco acepté asumir las deudas que él y su familia habían creado por su cuenta.
Conservé mis ahorros.
Mi carrera.
Y, sobre todo, mi libertad.
Acepté el puesto de directora del departamento internacional.
Empecé a viajar.
Volví a visitar a mi madre con frecuencia.
Y un sábado por la tarde entré en aquellos grandes almacenes donde años atrás había visto el abrigo beige de cachemira.
Ya no estaba.
Habían pasado casi dos años.
En su lugar había otro.
Más bonito.
Me lo probé.
La dependienta sonrió.
—Le queda perfecto.
Miré la etiqueta.
Era caro.

Durante unos segundos apareció aquella antigua voz dentro de mi cabeza:
“¿Para quién quieres vestirte tan bien?”
Entonces miré mi reflejo.
—Me lo llevo.
—¿Es para alguna ocasión especial?
Sonreí.
—Sí.
—¿Cuál?
Acaricié suavemente la manga.
—Para mí.
Aquella noche cené con mi madre.
Al salir del restaurante empezó a nevar.
Me puse el abrigo nuevo y levanté el rostro hacia el cielo.
Por primera vez comprendí que los diez yuanes que Chu Yuanhang me había dado no habían sido lo peor que me ocurrió.
Habían sido el precio de una lección.
Durante tres años pensé que mantener un matrimonio significaba soportar, comprender y sacrificarme.
Estaba equivocada.
Una familia donde solo una persona entrega todo no es un hogar.
Es una deuda que nunca termina.
Chu Yuanhang entregó 3,45 millones de yuanes a la familia que consideraba más importante.
Yo me marché con prácticamente nada.
Ocho meses después, él había perdido el dinero.
Y yo había recuperado algo mucho más valioso.
A mí misma.