PART 2: La llave de la casa

Elena apretó la llave mientras cruzábamos el patio.

Por un instante, la música de la mansión pareció detenerse.

Entonces se abrió la puerta principal.

Mi madre apareció con una copa en la mano, seguida de Victoria y varios invitados.

—Julian —dijo Evelyn, sorprendida—. ¿Por qué no avisaste que venías?

Miró a Elena y a mi hijo. Su sonrisa se endureció.

—¿Qué hacen ellos aquí?

Me puse delante de mi familia.

—Viven aquí. En mi casa. Explícame por qué estaban encerrados en un cobertizo.

Evelyn dejó escapar una risa nerviosa.

—No exageres. Elena necesitaba tranquilidad, y el niño estaba enfermo. Yo me ocupaba de todo.

—¿Y los ocho mil dólares que te enviaba cada mes?

Victoria bajó la mirada. Mi madre levantó la barbilla.

—Ese dinero era para mantener la propiedad. No tienes idea de lo que cuesta organizar una casa así.

Elena sostuvo a Julian contra su pecho.

—No recibimos nada —dijo—. Cuando preguntaba, Evelyn decía que tú habías dejado de enviar dinero. Que no querías que viviéramos aquí.

La copa de mi madre tembló apenas.

—Está confundida. Julian, sabes cómo es Elena. Siempre fue demasiado dramática.

Durante cinco años había confiado en esa voz tranquila. Ahora solo veía a mi hijo aferrado a una camisa gastada y a mi esposa intentando no temblar.

—Se acabó la fiesta —dije—. Todos, afuera.

Algunos invitados intercambiaron miradas y se marcharon en silencio. Victoria no se movió.

—Mamá, dijiste que él estaba de acuerdo —murmuró.

Evelyn la fulminó con la mirada.

Julian tiró de mi manga.

—Papá, la abuela dijo que si te contábamos lo del dinero, te irías otra vez.

Me agaché a su altura.

—No voy a irme.

Entonces Elena sacó de su bolsillo un teléfono viejo, con la pantalla agrietada.

—Lo guardé para proteger a Julian —susurró—. Anoche grabé a Victoria hablando con tu madre.

Evelyn palideció.

Elena pulsó reproducir.

La voz de mi hermana llenó el recibidor:

—Cuando Julian vuelva, ya tendremos los papeles firmados. La casa estará a nuestro nombre.

Miré a Victoria.

Ella retrocedió un paso.

—¿Qué papeles? —pregunté.

Mi madre cerró la puerta principal con llave.

Y desde el piso de arriba, alguien respondió:

—Los que Julian firmó antes de irse.

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