PARTE 2: Lo que Maya grabó

—Señoría, ¿puedo mostrarle algo que mamá no sabe? —preguntó Maya.

El abogado de Julian se levantó de inmediato.

—La niña está siendo manipulada.

—Siéntese, licenciado —ordenó la jueza Thorne—. Maya, ¿qué quieres mostrarme?

Mi hija miró su conejo y luego a mí.

—Un video que hice en casa.

Julian dejó de sonreír.

El defensor de menores conectó una tableta a la pantalla. Maya explicó que había usado la de su padre para grabar porque él siempre le decía que no tocara el teléfono.

La imagen apareció movida. Se veía la sala de nuestra casa, la noche anterior. Julian estaba sentado frente a Maya, sujetándole las manos. Evelyn permanecía detrás de él.

—Cuando la jueza te pregunte con quién quieres vivir, dirás que mamá te asusta —dijo Julian—. ¿Lo recuerdas?

Maya, en la grabación, bajó la cabeza.

—Pero mamá nunca me asusta.

Evelyn se inclinó hacia ella.

—Es solo una respuesta para que todo salga bien, cariño. Después vivirás con papá y conmigo.

Julian apretó los dedos de Maya.

—Si dices lo que practicamos, te quedarás con nosotros. Si cuentas otra cosa, el juez podría mandar a mamá lejos. Y entonces no podrás verla.

En la sala, Evelyn dejó de fingir que lloraba. Julian se levantó.

—¡Eso está editado!

La jueza golpeó el mazo.

—Nadie volverá a interrumpir.

El video continuó. Maya preguntaba si podía llamar a su madre. Julian respondió que no. Luego, al fondo, apareció Chloe con una carpeta bajo el brazo.

—¿Ya firmaste la autorización para mover el dinero de Maya? —preguntó.

Mi corazón se detuvo.

Julian miró hacia la puerta antes de contestar.

—Cuando consiga la custodia, tendré control sobre su fideicomiso. Pagaré las deudas de la empresa y nadie podrá reclamarlo.

El abogado de Julian palideció. La jueza ordenó detener la reproducción y pidió que conservaran el archivo original.

Yo miré a Maya, que seguía abrazada a su conejo.

—¿Hay algo más? —preguntó la jueza con suavidad.

Maya asintió.

—Sí, señoría. Hay otro video. Ese lo grabó papá.

Julian se quedó completamente inmóvil.

—¿Dónde está? —preguntó la jueza.

Maya señaló el bolsillo interior de su cárdigan.

—Lo escondí porque en él se ve lo que le hizo a mamá antes de que yo naciera.

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