La puerta de la cabina se cerró detrás de Maya.
El capitán, Richard Cole, estaba inclinado sobre los instrumentos mientras el copiloto mantenía las manos firmes en los controles.
Varias alertas brillaban en el panel.
—Doctora Lin —dijo Richard.
Maya se detuvo.
—Yo no le dije mi nombre.
El capitán la miró.
—Precisamente por eso necesitábamos que viniera.
Sobre la consola había una tableta.
En su pantalla aparecía una fotografía antigua de Maya con uniforme de vuelo junto a un F-16.
Debajo había un mensaje.
“TRAIGAN A MAYA LIN A LA CABINA.”
Sintió un escalofrío.
—¿Quién envió esto?
—Apareció en nuestro sistema minutos antes de que perdiéramos parcialmente las comunicaciones —respondió el copiloto.
Maya observó los instrumentos.
El avión seguía estable, pero varios sistemas mostraban datos contradictorios.
Aquello no parecía una simple avería.
—¿Por qué pidieron específicamente un piloto de combate?
Richard señaló otra advertencia.
—Porque alguien está interfiriendo con nuestros sistemas y queremos otro par de ojos entrenados antes de tomar decisiones.
Maya examinó la información.
Entonces vio algo familiar.
Una secuencia numérica.
Su corazón se detuvo por un instante.
Había visto aquel patrón años atrás.
Durante su última misión militar.
La misión en la que había muerto el padre de Leo.
—Esto no puede ser —susurró.
El capitán la observó.
—¿Lo reconoce?
Maya no respondió.
Corrió hacia el intercomunicador.
—Necesito saber cómo está mi hijo.
Una auxiliar comprobó inmediatamente.
Leo seguía dormido.
Pero la mujer que Maya había dejado cuidándolo ya no estaba allí.
—¿Dónde está la pasajera del 8C? —preguntó Maya.
Silencio.
Después llegó la respuesta.
—No podemos encontrarla.
Maya sintió que algo se cerraba alrededor de su pecho.
Richard abrió el manifiesto.
—Asiento 8C… Catherine Vale.
Maya perdió el color.
—¿La conoce?
—Ese nombre pertenecía a una oficial de inteligencia que murió hace nueve años.
En ese instante, Leo despertó.
Miró el asiento vacío frente a él.
Sobre su manta había un pequeño sobre que antes no estaba allí.
—¿Mamá?
Un auxiliar se acercó.
—Leo, no lo toques.
Pero el niño ya había abierto el sobre.
Dentro encontró una fotografía.
Su padre.
Maya.
Y una tercera persona cuyo rostro había sido arrancado.
En el reverso había cinco palabras:
“Tu madre conoce la verdad.”
La fotografía fue llevada inmediatamente a la cabina.
Cuando Maya la vio, sus manos comenzaron a temblar.
—Esta foto fue tomada la noche anterior a nuestra última misión.
Richard señaló el borde rasgado.
—¿Quién estaba ahí?
Maya levantó lentamente la mirada.
—El hombre al que culparon de la muerte de mi esposo.
Una nueva alerta apareció en la pantalla.
Pero esta vez no era del avión.
Era un mensaje dirigido directamente a Maya.
“NO FUE UN ACCIDENTE.”
Debajo apareció un temporizador.
00:14:59.
Richard palideció.
—¿Qué ocurre cuando llegue a cero?
Maya observó los números descendiendo.
Entonces reconoció el código situado debajo del contador.
Y comprendió algo aterrador.
El objetivo nunca había sido hacer caer el avión.
Aquel vuelo había sido elegido porque ella y Leo estaban a bordo.
Y alguien llevaba nueve años esperando exactamente esa noche para obligarla a terminar la misión que había abandonado.
