Leí la carta tres veces.
Claire había escrito las últimas páginas con una letra irregular.
Daniel cree que no reviso nuestras cuentas porque estoy demasiado enferma. Se equivoca.
Conecté la memoria USB.
Había carpetas con fechas.
Transferencias.
Capturas de correos.
Extractos bancarios.
Los 86.000 dólares no habían desaparecido de una sola vez.
Daniel los había retirado durante siete meses.
Primero cinco mil.
Después doce.
Luego veinte.
Siempre desde una cuenta que Claire había recibido de nuestra abuela.
Dinero que Daniel sabía que debía quedar para Sophie.
Pero había algo todavía más extraño.
Todas las transferencias terminaban en la misma empresa:
Northbridge Family Services.
Busqué el nombre.
No era una guardería.
No era una aseguradora.
Era una agencia privada que gestionaba cuidadores, tutores y acuerdos familiares.
Entonces abrí el último archivo.
Era un contrato.
Daniel lo había firmado seis semanas antes de la muerte de Claire.
Solicitud de cuidadora residencial permanente para menor de tres años.
Debajo aparecía una descripción.
Mujer.
Entre veinticinco y treinta y cinco años.
Sin hijos.
Preferiblemente familiar directo de la menor.
Me quedé helada.
Había un nombre escrito a mano al margen.
Emma.
Mi teléfono sonó.
Mamá.
No contesté.
Llegó un mensaje.
Daniel está muy herido por lo que hiciste esta noche. Mañana ven a hablar con él. Sophie te necesita.
Abrí otro documento.
Esta vez era un correo de Claire.
Nunca enviado.
Emma, si él intenta convencerte de que todo es por Sophie, recuerda esto: empezó a preparar tu llegada antes de que yo muriera.
Me llevé una mano a la boca.
A la mañana siguiente llamé a la abogada que figuraba entre los contactos de Claire.
—Te estaba esperando —dijo en cuanto escuchó mi nombre.
—¿Conocía a mi hermana?
—Claire vino a verme diecinueve días antes de morir.
Mi corazón empezó a golpear.
—¿Por qué?
—Quería modificar las disposiciones sobre Sophie.
—¿La custodia?
—No exactamente.
Escuché papeles al otro lado.
—Claire dejó un fideicomiso para su hija. Seguro de vida, inversiones y la herencia de su abuela. Aproximadamente 1,3 millones de dólares.
Cerré los ojos.
Daniel jamás había mencionado nada.
—¿Quién lo administra?
La abogada hizo una pausa.
—Ese es el problema.
—¿Daniel?
—Claire originalmente lo había nombrado administrador.
Originalmente.
—¿Y después?
—Lo cambió.
Me puse de pie.
—¿A quién?
—A ti.
No pude responder.
La abogada continuó:
—Daniel todavía no lo sabe. El cambio solo entra plenamente en vigor cuando se tramite el patrimonio de Claire.
Entonces todo encajó de una manera horrible.
Daniel quería que me mudara.
Que cuidara a Sophie.
Que me casara con él.
Y posiblemente que mantuviera el dinero dentro de su casa sin saber siquiera que yo controlaría su administración.
—Hay algo más —dijo la abogada.
—¿Qué?
—Ayer Daniel presentó una solicitud para acelerar el proceso sucesorio.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué ayer?
—No lo sé. Pero adjuntó una declaración diciendo que usted ya había aceptado asumir permanentemente el cuidado de Sophie.
Me quedé inmóvil.
—Yo nunca firmé eso.
—Lo sé.
—¿Cómo puede saberlo?
La mujer guardó silencio unos segundos.
—Porque la firma que presentó Daniel no se parece a la suya.
Escuché cómo pasaba una página.

—Se parece a la de Claire.
Miré nuevamente la caja.
Mi hermana llevaba menos de tres meses muerta.
Y alguien acababa de presentar un documento supuestamente firmado por ella hacía cuatro días.