A las nueve y cincuenta y cinco de la mañana, entré en la sala del consejo.
Llevaba el mismo traje gris que usaba cuando negociaba adquisiciones en Europa.
Durante siete años nadie había vuelto a verlo.
Porque durante siete años había dejado de ser Camila Ortega.
Me había convertido únicamente en la señora Laurent.
Aquella mañana recuperé mi nombre.
Los doce consejeros ya estaban sentados.
Cuando crucé la puerta, las conversaciones cesaron.
Algunos me miraban con lástima.
Otros con evidente curiosidad.
Todos esperaban un escándalo matrimonial.
Ninguno imaginaba que había convocado aquella reunión para hablar de negocios.
Cinco minutos después apareció Adrian.
Entró sin mirarme.
Su abogado caminaba detrás de él.
Tomó asiento frente a mí.
—Empecemos.
Su voz seguía sonando firme.
Pero conocía demasiado bien sus manos.
Los dedos golpeaban ligeramente la mesa.
Solo hacía eso cuando estaba perdiendo el control.
El secretario abrió la sesión.
—Primer punto del orden del día.
Solicitud extraordinaria presentada por la accionista Camila Ortega.
No dijo “Laurent”.
Dijo Ortega.
Fue la primera vez en siete años que escuché mi apellido en aquella sala.
Adrian intervino inmediatamente.
—Antes de continuar, quiero dejar constancia de que esta convocatoria responde exclusivamente a un conflicto personal.
Levanté una carpeta.
—No.
Responde a un conflicto fiduciario.
Deslicé varias copias por la mesa.
—Página siete.
Los consejeros comenzaron a leer.
Uno de ellos levantó lentamente la vista.
—¿Esto es correcto?
Asentí.
—Completamente.
El documento contenía un resumen de todas las decisiones que Adrian había tomado durante los últimos dos años utilizando recursos del grupo para beneficiar a empresas vinculadas indirectamente con Isabelle.
No aparecía su nombre.
Pero sí el de una sociedad inmobiliaria.
Y otra de consultoría.
Ambas administradas por el mismo despacho que gestionaba el apartamento donde vivía su amante.
Adrian golpeó suavemente la mesa.
—Eso es una interpretación interesada.
—No.
Es una auditoría externa.
Con firmas.
Fechas.
Y transferencias verificadas.
El silencio comenzó a extenderse por la sala.
El presidente del comité de auditoría habló por primera vez.
—¿Cuánto dinero estuvo comprometido?
Respondí sin consultar ninguna hoja.
—Cuarenta y seis millones de dólares en contratos adjudicados sin licitación.
Adrian me miró fijamente.
—Llevabas meses investigándome.
Negué.
—Llevaba meses intentando entender por qué una empresa rentable empezaba a perder dinero.
La respuesta terminó viviendo en el apartamento de Isabelle.
Uno de los consejeros cerró lentamente la carpeta.
—¿Hay algo más?
Respiré profundamente.
—Sí.
Saqué otro documento.
Esta vez nadie habló.
—Hace seis meses el señor Laurent intentó utilizar como garantía tres hoteles pertenecientes al fideicomiso Ortega.
Adrian levantó la cabeza de golpe.
—Eso es falso.
Coloqué sobre la mesa la copia de la solicitud bancaria.
Su firma aparecía al final.
El banco la rechazó.
No porque dudara de su solvencia.
Sino porque aquellos hoteles nunca fueron suyos.
El presidente del consejo permaneció en silencio durante casi un minuto.
Después miró directamente a Adrian.
—¿Es auténtica esta firma?
Él no respondió.
Su abogado apoyó una mano sobre su brazo.
—Mi cliente ejercerá su derecho a no contestar hasta revisar toda la documentación.
Aquella respuesta bastó.
El presidente cerró la carpeta.
—Procedamos a la votación.
Adrian se incorporó.
—Esto es absurdo.
Todavía soy el director ejecutivo.
Nadie contestó.
Los doce miembros comenzaron a depositar sus votos.
Uno a uno.
En completo silencio.
El secretario terminó el recuento.
Respiró hondo.
—Resultado.
Diez votos a favor.
Dos en contra.
Se aprueba la destitución inmediata del señor Adrian Laurent como director ejecutivo del Grupo Laurent.
Nadie aplaudió.
Nadie habló.
Solo se escuchó el leve sonido de una pluma cayendo sobre la mesa.
Adrian permaneció inmóvil.
Después me miró.
No con rabia.
Con incredulidad.
—¿Todo esto… por ella?
Negué lentamente.
—No.
Por mí.
Por la mujer que abandonó una carrera creyendo que el hombre al que amaba haría lo mismo por ella si algún día fuera necesario.
Hice una pausa.
—Y porque una infidelidad puede romper un matrimonio.
Pero utilizar la confianza de quien te ayudó a construir un imperio…
Eso también destruye empresas.
Me levanté para marcharme.
Cuando llegué a la puerta, Adrian habló por última vez.
—Camila…
¿Queda alguna posibilidad de arreglar esto?
Me volví.
Pensé en Bruselas.
En el templo de la montaña.
En los mil escalones que él había subido para convencerme de que nuestro amor podía con todo.
Y comprendí que no había dejado de amarlo el día que apareció Isabelle.

Había dejado de reconocerlo mucho antes.
—Hay cosas que el dinero puede comprar, Adrian.
Miré por última vez la sala donde ambos habíamos construido el grupo durante tantos años.
—La confianza nunca fue una de ellas.
Y salí sin volver la vista atrás.