PARTE 2: LA GRABACIÓN QUE ÉL CREÍA IMPOSIBLE

—Son dos bebés —dijo Roman.

Andrey dejó de respirar.

—¿Qué?

—Elena estaba embarazada. Aproximadamente diez semanas.

Sus ojos volvieron hacia mí.

Por primera vez desde que entró, desapareció aquella expresión ensayada de marido preocupado.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Intenté hablar, pero Roman levantó una mano.

—Mi paciente acaba de despertar después de tres días. No está aquí para responder a tus preguntas.

Andrey apretó la ecografía.

—Soy el padre.

Roman lo miró con frialdad.

—Eso no te concede acceso automático a esta habitación.

Entonces se abrió la puerta.

Entraron dos agentes.

El ramo de rosas se deslizó de las manos de Andrey.

—¿Qué hacen aquí?

Uno de ellos respondió:

—Necesitamos hacerle unas preguntas sobre lo ocurrido en su domicilio.

Andrey me miró.

—Ya expliqué todo.

Sí.

Lo había explicado mientras yo estaba inconsciente.

Según su versión, Natalia y yo habíamos discutido. La situación había escalado y él había intentado intervenir.

Había transformado lo ocurrido en un accidente caótico.

Y Natalia había respaldado cada palabra.

Pero ninguno sabía lo del reloj.

Yo tampoco sabía todavía si había funcionado.

Esperé hasta que Andrey salió acompañado por los agentes.

Después señalé débilmente mi muñeca.

—Reloj.

Roman se acercó.

—¿Tu reloj inteligente?

Asentí.

—¿Dónde?

Una enfermera recordó que mis pertenencias estaban guardadas en una bolsa sellada.

La trajeron.

El reloj tenía la pantalla dañada.

Mi corazón se hundió.

—Cárguenlo.

Una hora después consiguió encenderse.

Había un archivo.

Veintisiete minutos.

Cuando escuché los primeros segundos, cerré los ojos.

Funcionó.

Llamamos inmediatamente a la policía.

No escuché toda la grabación.

No necesitaba hacerlo.

Pero los investigadores sí.

Y encontraron algo mucho peor de lo que yo recordaba.

Después de que perdí el conocimiento, Natalia preguntó:

—¿Y si despierta?

Andrey respondió:

—Entonces diremos lo mismo.

Luego ella mencionó una cámara del edificio.

Andrey aseguró que ya se había ocupado de ella.

El investigador detuvo el audio.

—¿Sabía usted que su marido tenía acceso al sistema de seguridad?

Negué.

—¿Natalia?

Volví a negar.

El agente tomó notas.

—Hay algo más.

Continuó la reproducción.

La voz de Natalia apareció nuevamente.

—Cuando ella desaparezca, ¿cuánto tardarás en poder mover las acciones?

Abrí los ojos.

—¿Qué acciones?

El investigador me miró.

—Eso queremos preguntarle.

No entendía nada.

Yo había dejado mi carrera tres años atrás.

Tenía ahorros, sí.

Pero ninguna fortuna capaz de justificar aquella conversación.

Entonces recordé algo.

Mi padre.

Antes de morir me había dejado participaciones en una empresa tecnológica que en aquel momento apenas valían nada.

Nunca las vendí.

Ni siquiera revisaba su valor.

Pedí mi teléfono.

Entré en la antigua cuenta de inversión.

La cifra apareció.

Me quedé inmóvil.

Las acciones valían ahora más de cuarenta millones.

Roman silbó suavemente.

Yo solo podía mirar la pantalla.

Andrey conocía aquella cuenta.

Había visto los documentos cuando nos casamos.

Pero yo jamás le había dado autorización para administrarla.

—Necesito un abogado —dije.

Aquella misma tarde llegó Vera Melnik, especialista en patrimonio y derecho familiar.

Tardó menos de dos horas en encontrar el primer problema.

—Elena, alguien presentó hace cuatro meses una solicitud para incorporar estas acciones a una estructura patrimonial conjunta.

—Yo no fui.

—La solicitud lleva tu firma.

Sentí que el estómago se cerraba.

—Es falsa.

Vera continuó pasando páginas.

—Hay otra cosa.

El beneficiario secundario de aquella estructura era Andrey.

—¿Secundario?

—En determinadas circunstancias, habría obtenido control sobre una parte importante de los activos.

Miré hacia la puerta de la habitación.

Todo aquello ya no parecía una explosión de celos.

Parecía algo preparado.

—¿Natalia sabía del dinero?

—Eso debemos averiguar.

No tuvimos que esperar mucho.

A las seis de la tarde, uno de los investigadores regresó.

Habían revisado los registros del edificio.

Andrey había mentido.

No había conseguido borrar todo.

Una cámara exterior mostraba a Natalia llegando al apartamento cuarenta minutos antes de lo que ambos habían declarado.

Pero había algo todavía más extraño.

No llegó sola.

Un hombre la acompañó hasta la entrada.

—¿Quién? —pregunté.

El agente colocó una fotografía frente a mí.

Lo reconocí inmediatamente.

Mi abogado de inversiones.

Sergei Antonov.

El hombre que administraba mis acciones desde antes de mi matrimonio.

—Eso es imposible.

—¿Lo conoce?

—Desde hace nueve años.

Vera tomó la fotografía.

—Entonces tenemos otro problema.

Sacó uno de los documentos con mi firma falsificada.

—Sergei fue quien certificó esta operación.

Sentí que la habitación se inclinaba.

Mi marido.

Su amante.

Mi propio asesor financiero.

Los tres estaban conectados.

Pero todavía faltaba una pieza.

A las ocho recibimos una llamada de la comisaría.

Natalia había decidido cambiar su declaración.

No por arrepentimiento.

Por miedo.

—Quiere un acuerdo —explicó el investigador—. Afirma que Andrey no era quien dirigía el plan.

—¿Entonces quién?

—Dice que Sergei.

Me quedé callada.

—¿Por qué mi asesor querría mis acciones?

—Según Natalia, las acciones tampoco eran el objetivo principal.

—¿Entonces qué era?

El agente tardó unos segundos en responder.

—Un fideicomiso que se activa cuando usted tiene descendencia.

Miré instintivamente la ecografía.

Los gemelos.

Vera se levantó de golpe.

—¿Qué fideicomiso?

—Uno constituido hace veintiséis años.

—¿Por quién?

Escuché papeles al otro lado de la llamada.

—Por Viktor Sokolov.

No conocía ese nombre.

Pero Roman sí.

El médico, que acababa de entrar, se quedó completamente inmóvil.

Lo miré.

—Roman.

No respondió.

—¿Quién es Viktor Sokolov?

Su rostro había perdido el color.

—Elena…

—¿Lo conoces?

Roman cerró la puerta detrás de él.

—Sí.

—¿Quién es?

Miró la ecografía sobre la mesa.

Después me miró directamente.

—El hombre que aparece en tus documentos como Viktor Sokolov murió hace veintiséis años.

Hizo una pausa.

—Pero antes de morir dejó instrucciones específicas para localizarte si algún día esperabas un hijo.

Sentí que se me helaba la sangre.

—¿Por qué?

Roman tragó saliva.

—Porque Viktor Sokolov era tu padre biológico.

Y en ese instante comprendí que Andrey quizá no se había casado conmigo por casualidad.

Escribe “SIGUIENTE PARTE” si quieres descubrir qué dejó Viktor a Elena y desde cuándo Andrey sabía quién era realmente su esposa.

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