PARTE 2: EL DÍA 97

Adrian tardó varios segundos en reaccionar.

Después sonrió.

No porque le hiciera gracia.

Porque no me creyó.

—Estás enfadada.

—No.

—Nora, te conozco.

Aquello sí me hizo sonreír.

—Ese es exactamente el problema. Crees que me conoces.

Salí de la residencia Foster sin volverme.

Adrian no me siguió.

Supongo que pensó que necesitaba una noche para calmarme.

Necesité exactamente cuarenta minutos.

Cuando llegué al apartamento que habíamos compartido, saqué dos maletas.

Ropa.

Documentos.

Las fotografías de mis padres.

Mis viejas zapatillas de ballet.

Nada más.

La casa pertenecía a Adrian desde antes de nuestro matrimonio. Nunca discutí eso.

Pero había algo que sí me pertenecía.

Mi futuro.

A las 2:13 de la madrugada compré un billete de avión.

A las 8:00 llamé a la doctora Camille Laurent.

Dos años antes, me había ofrecido participar en un programa experimental de rehabilitación en Lyon.

Yo había rechazado la propuesta porque exigía meses fuera del país.

Adrian no podía acompañarme.

La familia Foster me necesitaba.

Nuestro matrimonio me necesitaba.

Siempre había una razón.

—Doctora Laurent —dije cuando respondió—, ¿sigue disponible aquella plaza?

Hubo silencio.

—Nora, creí que nunca volverías a preguntar.

—Yo también.

Tres semanas después estaba en Francia.

Adrian descubrió que me había marchado cuando el mayordomo le entregó mis llaves.

Me llamó diecisiete veces.

Finalmente contesté.

—¿Dónde estás?

—Fuera del país.

—¿Por qué?

Miré las barras paralelas frente a mí.

—Tratamiento.

—¿Qué tratamiento?

Cerré los ojos.

Durante cuatro años había convivido con mi lesión.

Adrian sabía qué medicamentos tomaba.

Qué días el dolor empeoraba.

Pero nunca había preguntado si todavía existían opciones.

—Rehabilitación para mi pierna.

—¿Desde cuándo planeabas esto?

—Desde que dejé de planear mi vida alrededor de ti.

Silencio.

Después preguntó:

—¿Cuándo vuelves?

—No lo sé.

—Nora, nuestro acuerdo termina en setenta y seis días.

—Tu acuerdo.

—Sabes a qué me refiero.

—Perfectamente.

Colgué.

Los días siguientes fueron difíciles.

No hubo milagros.

Hubo ejercicios.

Dolor controlado.

Frustración.

Pequeños avances.

Y algo que no había sentido en años.

Propósito.

Entonces, en el día 61, recibí un mensaje de Adrian.

Una captura de pantalla.

Su recordatorio seguía activo.

“39 días para volver a casarme con Nora Bennett.”

Debajo escribió:

“Te dije que todo volvería a la normalidad.”

Lo eliminé.

En el día 48 ocurrió algo más importante.

El abuelo Foster salió de cirugía.

Y me llamó.

—Nora.

Su voz estaba débil.

—¿Dónde estás?

—En Lyon.

—Adrian dijo que necesitabas descansar.

Me quedé callada.

—¿Descansar de qué?

—De los preparativos del compromiso Hayes-Foster.

Sentí que algo encajaba.

—Abuelo, ¿usted pidió que Adrian se divorciara de mí?

Silencio.

—¿Qué?

Me incorporé.

—Adrian dijo que era necesario por el antiguo compromiso entre las familias. Que usted no podía soportar más problemas antes de su cirugía.

El anciano tardó varios segundos en responder.

—Nora, yo cancelé aquel compromiso hace cinco años.

Se me helaron las manos.

—¿Qué?

—Cuando Adrian se casó contigo.

—Entonces ¿por qué los Hayes…?

—Eso quiero saber yo.

La llamada terminó diez minutos después.

Y aquella misma tarde el abuelo convocó a los abogados de la familia.

En el día 32, Adrian apareció en Lyon.

Lo encontré esperando fuera del centro de rehabilitación.

—Tenemos que hablar.

—No.

—Mi abuelo está revisando documentos antiguos.

—Me alegro.

—Dice que nunca pidió nuestro divorcio.

Lo miré.

—Lo sé.

Adrian palideció.

—¿Hablaste con él?

—Sí.

—Nora, yo también fui engañado.

—¿Quién te obligó a firmar?

No respondió.

—¿Quién te obligó a entregarle mi broche a Elena?

Silencio.

—¿Quién te obligó a dejar que me llamara “amiga de la familia”?

—Intentaba proteger…

—¿A quién?

No terminó la frase.

Entonces comprendí algo.

—No te divorciaste de mí por tu abuelo.

Adrian bajó los ojos.

—Había una cláusula.

—¿Qué cláusula?

—En un acuerdo entre los Foster y los Hayes.

—¿Qué decía?

Tardó demasiado.

—Si el compromiso original se rompía definitivamente, una parte de las acciones familiares regresaba a los Hayes.

—¿Cuánto?

—El doce por ciento.

Ahora lo entendía.

No había sido amor contra deber.

Había sido yo contra acciones.

Y Adrian había elegido.

—Querías mantenerlos satisfechos cien días.

—Después podríamos volver a casarnos.

—Mientras tú conservabas el control de la empresa.

—Era temporal.

—Mi humillación también, supongo.

No tuvo respuesta.

Se marchó esa noche.

En el día 10 conseguí caminar por primera vez varios metros sin apoyo.

Lloré.

No porque estuviera completamente recuperada.

Sino porque durante años había pensado que aquella parte de mi vida había terminado.

Adrian nunca supo nada.

Llegó el día 1.

A las 11:42 recibí una fotografía suya frente a la oficina donde nos habíamos divorciado.

“Hasta mañana.”

No contesté.

Al día siguiente, exactamente a las dos, el recordatorio de Adrian apareció en su calendario.

VOLVER A CASARME CON NORA BENNETT.

Yo estaba a más de mil kilómetros.

Pero alguien sí apareció ante él.

El abogado de su abuelo.

Llevaba un sobre.

Dentro no había una licencia matrimonial.

Había una notificación de la junta de Foster Holdings.

El abuelo había convocado una votación extraordinaria.

Adrian me llamó inmediatamente.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Mi abuelo quiere retirarme derechos de voto.

—Entonces habla con él.

—Dice que tiene pruebas de que el acuerdo Hayes fue manipulado.

Me quedé inmóvil.

—¿Manipulado por quién?

—No lo sé.

Entonces escuché otra voz detrás de Adrian.

Elena.

Estaba llorando.

—Adrian, no abras esa carpeta.

Hubo silencio.

—¿Qué carpeta? —pregunté.

Escuché papeles.

Después la respiración de Adrian cambió.

—Nora…

—¿Qué?

—El acuerdo de los cien días no empezó con nuestro divorcio.

Fruncí el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Hay documentos preparados desde hace cuatro años.

Cuatro años.

La duración exacta de nuestro matrimonio.

—Adrian.

Mi voz salió apenas como un susurro.

—¿Qué fecha tienen?

No respondió inmediatamente.

Cuando finalmente habló, sentí que el suelo desaparecía.

—Tres semanas antes de nuestra boda.

Elena había sabido de aquellos cien días antes de que Adrian y yo siquiera nos casáramos.

Y al final de la carpeta había algo todavía peor:

mi expediente médico de la lesión que terminó con mi carrera como bailarina.

Escribe “SIGUIENTE PARTE” si quieres descubrir por qué Elena tenía el expediente médico de Nora y qué se había planeado antes de su boda.

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