PARTE 2: SESENTA Y OCHO DÍAS DE MENTIRAS

Adrián no respondió.

Pero su madre sí.

—Baja la voz.

La miré.

—¿Por qué? ¿Teme que Daniela descubra que en esta familia falsificar firmas también forma parte de las tradiciones?

—¡Elena!

Adrián se levantó.

Por primera vez en seis años parecía realmente nervioso.

—Ven conmigo. Te lo explicaré.

—Explícalo aquí.

—No es lo que parece.

Solté una pequeña risa.

—Hay un certificado oficial que dice que llevamos sesenta y ocho días divorciados. ¿Qué parte estoy interpretando mal?

Daniela miró a Adrián.

—¿Entonces por qué seguía viviendo contigo?

Nadie respondió.

Y ahí comprendí que no todos en aquella mesa conocían el secreto.

Mi suegra, en cambio, estaba demasiado tranquila.

La miré.

—Usted lo sabía.

Sus dedos se tensaron alrededor de la servilleta.

Suficiente respuesta.

Tomé mi bolso.

Adrián me bloqueó el paso.

—Elena, escucha primero.

—Tienes treinta segundos.

—El divorcio era temporal.

Creí haber oído mal.

—¿Temporal?

—Había un problema empresarial.

—¿Y necesitabas dejar de ser mi marido para resolverlo?

—Sí.

Su madre intervino.

—Adrián estaba protegiendo los activos de la familia.

La miré.

—¿De mí?

Silencio.

Entonces todo encajó.

Sesenta y ocho días antes.

Recordaba perfectamente aquella semana.

Adrián me había llevado varios documentos mientras yo acompañaba a mi madre a una revisión médica.

—Son papeles del seguro —me dijo.

Yo había firmado dos.

No un poder notarial.

Pero evidentemente alguien había convertido aquellas firmas en algo más.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

Adrián bajó la voz.

—Cuando todo estuviera solucionado, íbamos a casarnos otra vez.

Me quedé mirándolo.

—¿Sin preguntarme?

—Sabía que aceptarías.

Aquella frase terminó de matar lo poco que quedaba.

No me había ocultado el divorcio porque temiera perderme.

Lo había hecho porque jamás había considerado que yo pudiera elegir.

—Ya veo.

Me aparté.

—Entonces el problema se ha solucionado solo.

—Elena.

—No pienso volver a casarme contigo.

Esta vez fue su madre quien perdió la calma.

—No seas ridícula. ¿Adónde vas a ir?

Sonreí.

Si supiera.

Pero todavía no pensaba regalarles esa información.

—A cualquier lugar donde no necesiten falsificar mi firma para tomar decisiones sobre mi vida.

Me fui.

Adrián llegó a nuestro apartamento cuarenta minutos después.

Yo ya estaba haciendo las maletas.

—No puedes marcharte así.

—Legalmente llevo sesenta y ocho días soltera. Puedo hacer exactamente eso.

—Quiero explicarte por qué ocurrió.

Seguí doblando ropa.

—Adelante.

—Hace tres meses recibimos una advertencia sobre una posible investigación financiera contra Lu Pharmaceutical.

Me detuve.

—¿Qué tiene que ver conmigo?

—Algunos activos estaban vinculados a matrimonios de miembros de la familia. Mi padre quería separar cualquier patrimonio externo.

—Yo no tenía patrimonio.

Adrián guardó silencio.

Eso me hizo girarme.

—Adrián.

—Eso creíamos.

Sentí algo extraño.

—¿Qué significa eso?

—Nada.

—Acabas de decir “eso creíamos”.

Su mandíbula se tensó.

—Mi padre recibió información de que podías convertirte en beneficiaria de una herencia.

El dormitorio quedó en silencio.

—¿Cuándo?

—Hace unos tres meses.

La sangre pareció detenerse dentro de mí.

—¿Sabíais que iba a heredar?

—No sabíamos cuánto.

—Pero sabíais que existía.

—Era solo una posibilidad.

Me senté lentamente.

Mi suegra me había despreciado durante seis años.

Luego, justo cuando su familia descubrió que podía recibir una herencia, Adrián falsificó mi firma y se divorció de mí.

—¿Por qué divorciarte antes de que yo recibiera dinero?

—Para proteger a ambas partes.

—No vuelvas a insultarme mintiendo.

Su teléfono sonó.

PADRE.

Adrián rechazó la llamada.

—Elena, ¿cuánto heredaste?

Ahí estaba.

Finalmente.

No “¿estás bien?”

No “¿puedes perdonarme?”

La cifra.

—¿Por qué importa?

—Porque dependiendo de la cantidad, esto puede complicarse.

—¿Para quién?

No contestó.

Cerré la maleta.

—Nueve mil seiscientos millones.

Adrián dejó de respirar.

Literalmente.

Su rostro perdió el color.

—¿Cuánto?

—Me escuchaste.

Se sentó en la cama.

—Eso es imposible.

—También pensé que divorciarse de alguien sin que lo supiera era imposible. Hoy estoy aprendiendo muchas cosas.

Su teléfono volvió a sonar.

Esta vez contestó.

—Papá.

No sé qué dijo el hombre al otro lado.

Pero Adrián me miró.

—Sí. Ya lo sabe.

Pausa.

—No.

Otra pausa.

Su expresión cambió.

—¿Qué quieres decir con que no debía aceptar todavía?

Levanté la cabeza.

Adrián también comprendió demasiado tarde lo que acababa de revelar.

Extendí la mano.

—Ponlo en altavoz.

—Elena…

—Ahora.

No lo hizo.

Así que saqué mi propio teléfono y llamé a la notaría.

El empleado que me había atendido respondió.

—Necesito saber quién solicitó información sobre mi expediente hereditario antes de mi visita de hoy.

Hubo unos segundos de tecleo.

—Señora Costa, hubo una consulta legal hace setenta y cuatro días.

Se me helaron las manos.

—¿Quién la hizo?

—Una firma llamada Lu & Mercer Legal Holdings.

Miré a Adrián.

Setenta y cuatro días.

Seis días después, él había iniciado nuestro divorcio secreto.

—¿Qué buscaban?

—Información sobre la identidad del beneficiario y la fecha estimada de aceptación.

—¿Algo más?

El empleado dudó.

—Sí.

—Dígamelo.

—Preguntaron qué ocurriría con la herencia si usted fallecía antes de completar formalmente la aceptación.

Adrián se levantó de golpe.

—¿Qué?

Su reacción fue demasiado genuina.

Él tampoco lo sabía.

—Elena, dame el teléfono.

Me aparté.

—¿Qué respuesta recibieron?

—Que, según el testamento, se activaría un beneficiario sustituto.

Mi boca se secó.

—¿Quién?

—Esa parte permanece sellada hasta que se verifique cierta documentación.

—¿Qué documentación?

—El certificado de su estado civil en la fecha de aceptación.

Miré el certificado de divorcio sobre la mesa.

De pronto, todo cambió.

Tal vez Adrián no se había divorciado de mí para quedarse con mi fortuna.

Tal vez alguien necesitaba que yo estuviera legalmente soltera cuando la recibiera.

Adrián parecía haber llegado a la misma conclusión.

—Mi padre —susurró.

—¿Qué pasa con él?

—Fue quien insistió en el divorcio.

—¿Por qué?

Adrián negó lentamente.

—Me dijo que era para proteger Lu Pharmaceutical.

Entonces recibió un mensaje.

Lo leyó.

Y palideció.

—¿Qué dice?

No respondió.

Le quité el teléfono.

Era de su padre.

“NO DEJES QUE ELENA DESCUBRA QUIÉN ES EL BENEFICIARIO SUSTITUTO.”

Debajo había un segundo mensaje.

“Y, por ningún motivo, permitas que pregunte por qué su padre murió realmente.”

Mi padre.

Muerto desde mi adolescencia.

El hombre que yo creía completamente ajeno a la familia Lu.

Levanté la mirada.

Adrián estaba tan desconcertado como yo.

Y por primera vez comprendí que el divorcio secreto quizá no había comenzado sesenta y ocho días atrás.

La verdadera historia había empezado mucho antes de que Adrián y yo nos conociéramos.

Escribe “SIGUIENTE PARTE” si quieres descubrir quién heredaría los 9.600 millones si Elena no podía hacerlo y qué sabía la familia Lu sobre la muerte de su padre.

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