Daniel permaneció inmóvil con los papeles del divorcio entre las manos.
Los leyó una vez.
Después otra.
Como si las palabras fueran a cambiar por arte de magia.
—Emma… podemos hablar de esto cuando salgas del hospital.
Negué con calma.
—No.
—Llevamos seis años hablando.
—Y seis años sin que nada cambie.
Guardó los documentos en el sobre con manos temblorosas.
—Voy a dejar de ver a Claire si eso es lo que quieres.
Aquellas palabras me hicieron sonreír por primera vez.
No porque me dieran esperanza.
Sino porque llegaban demasiado tarde.
—Nunca te pedí que dejaras de verla.
Lo miré directamente.
—Solo quería que, alguna vez, me eligieras a mí.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Tres semanas después firmé el alta médica.
Regresé al apartamento únicamente para recoger mis cosas.
Daniel estaba allí.
No había dormido bien.
Tenía barba de varios días y los ojos hundidos.
—He estado pensando.
—Podemos empezar de nuevo.
Seguí guardando mi ropa en una maleta.
—Ya empezaste de nuevo hace mucho tiempo.
—Solo que conmigo nunca.
Él dio un paso hacia mí.
—Claire ya no viene.
—Le dije que necesitaba concentrarme en mi matrimonio.
Cerré lentamente la cremallera de la maleta.
—¿Y ella qué dijo?
Daniel bajó la cabeza.
—Que era lo correcto.
Respiré hondo.
Ni siquiera aquella respuesta consiguió dolerme.
Una semana después se celebró la audiencia de divorcio.
Fue breve.
No discutimos bienes.
No discutimos cuentas.
No discutimos el apartamento.
Yo solo quería recuperar mi paz.
Cuando todo terminó, el juez nos deseó suerte.
Daniel salió detrás de mí.
—Emma…
Me giré.
—¿Hay algo más?
Parecía querer decir muchas cosas.
Al final solo preguntó:
—¿De verdad nunca habrá otra oportunidad?
Lo observé durante unos segundos.
Después saqué una pequeña libreta del bolso.
Era la misma donde había anotado aquellas setenta y siete ocasiones.
La abrí por la última página.
Había una anotación nueva.
78.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué significa esa?
Cerré la libreta.
—La número setenta y ocho fue hoy.
Él me miró confundido.
—Mientras firmábamos el divorcio, Claire te llamó tres veces.
Su rostro perdió el color.
Continué hablando con absoluta tranquilidad.
—No contestaste porque estabas conmigo.
—Pero miraste la pantalla cada vez que sonó.
Hice una pausa.
—Incluso en nuestro último día seguía ocupando el primer lugar en tu cabeza.
Daniel bajó lentamente la vista hacia el teléfono que todavía sostenía en la mano.
No se había dado cuenta.
Yo sí.
Dos meses más tarde estaba terminando de acomodar las últimas cajas en mi nuevo apartamento cuando sonó el timbre.
Era Claire.
No esperaba verla.
Parecía agotada.
—¿Puedo pasar?
Asentí.
Se quedó de pie en la sala.
No tocó nada.
No sonrió.
Solo respiró profundamente.
—Necesitaba decirte algo.
Esperé en silencio.
—Nunca le pedí a Daniel que te abandonara.
La miré con atención.
—Muchas veces le dije que volviera contigo.
—Que era su esposa.
—Que debía estar contigo.
Tragó saliva.
—Pero él siempre respondía lo mismo.
Sentí un nudo en el pecho.
—¿Qué respondía?
Claire cerró los ojos un instante.
—Decía que tú siempre lo perdonabas.
Aquella frase cayó sobre la habitación con un peso insoportable.
No porque revelara una traición nueva.
Sino porque resumía seis años enteros.
No era Claire quien había destruido mi matrimonio.
Era Daniel, convencido de que yo siempre esperaría.
Claire dejó un pequeño sobre sobre la mesa.
—Esto es para ti.
Dentro había un colgante de plata.
El que Daniel me había regalado el primer año de casados y que yo creía perdido desde hacía meses.
—Lo encontré en su coche.
Pensé que debía devolvértelo.
Lo sostuve unos segundos.
Después lo dejé nuevamente dentro del sobre.
Ya no lo necesitaba.
Claire se marchó en silencio.

Yo abrí la ventana.
Entró el aire fresco de la tarde.
Y comprendí que el verdadero secreto que Daniel descubrió demasiado tarde no era un embarazo, ni una herencia, ni una cuenta bancaria.
Era mucho más simple.
La mujer que durante seis años siempre estuvo dispuesta a darle una oportunidad… había dejado de esperarlo para siempre.