Durante varios segundos, ninguno de los dos se movió.
Ethan seguía frente a mí, con la mandíbula tensa y los ojos clavados en mi vientre.
—No voy a permitir que esos niños crezcan pensando que no tienen padre.
Bajé la mirada.
Quería decirle la verdad.
Quería explicarle aquella noche.
Pero las palabras nunca habían sido mi aliada.
Y ahora tenía miedo de que, si conocía la verdad, me odiara todavía más.
Ethan se acercó.
—Mírame, Nora.
Levanté los ojos.
Su expresión había cambiado.
Ya no parecía enfadado.
Parecía herido.
—¿Lo amas?
Negué rápidamente con la cabeza.
—¿Entonces quién es?
No respondí.
Él cerró los ojos.
—Está bien.
Se apartó.
—No tienes que decírmelo.
Aquella frase me dolió más que un interrogatorio.
A partir de ese día, Ethan cambió.
No se volvió cariñoso de repente.
Tampoco fingió que éramos una pareja enamorada.
Pero empezó a acompañarme a cada consulta.
Esperaba afuera cuando me hacían las ecografías.
Se aseguraba de que comiera.
Mandó cambiar mi habitación por una suite en el ala más tranquila de la casa.
Y una mañana apareció con una caja enorme.
Dentro había ropa de bebé.
Dos conjuntos de cada talla.
Dos cunas.
Dos mantas.
Todo preparado para gemelos.
Lo miré sorprendida.
Ethan se encogió de hombros.
—No sabía qué comprar.
Tomé una pequeña manta azul y sonreí.
Él me observó durante varios segundos.
—Te ves feliz.
Asentí.
—Entonces vale la pena.
Fue la primera vez que escuché algo parecido a ternura en su voz.
Pero aquella paz duró poco.
Tres semanas después, Olivia Reed apareció en la mansión.
La reconocí inmediatamente.
Era la mujer de la que todos hablaban.
La antigua prometida de Ethan.
Llegó con un vestido blanco y una sonrisa impecable.
—Ethan —dijo.
Él se quedó inmóvil.
—Olivia.
Ella miró hacia mí.
Después bajó los ojos hacia mi vientre.
—Así que es verdad.
Ethan no respondió.
Olivia sonrió.
—Me dijeron que tu esposa está embarazada.
Sentí que algo dentro de mí se tensaba.
Ella se acercó.
—Qué curioso.
Ethan dio un paso delante de mí.
—¿Qué quieres?
Olivia perdió la sonrisa.
—Solo vine a verte.
—Ya me viste.
—Después de tantos años, ¿eso es todo?
Ethan permaneció frío.
—Sí.
Olivia miró mi vientre otra vez.
—Dicen que no puedes tener hijos.
La habitación quedó en silencio.
Ethan apretó los puños.
—Eso es lo que dicen.
Ella soltó una pequeña risa.
—Entonces quiero saber quién es el padre.
Mi corazón se detuvo.
Ethan giró lentamente hacia ella.
—No vuelvas a hablar así de mi esposa.
Olivia pareció sorprendida.
—¿Tu esposa?
—Sí.
—Pero ni siquiera la amas.
Ethan la miró directamente.
—Eso no te incumbe.
Olivia se quedó pálida.
Después se volvió hacia mí.
—Ten cuidado, Nora.
No entendí su expresión.
Pero Ethan sí.
—Sal de mi casa.
Ella recogió su bolso.
Antes de marcharse, se inclinó ligeramente hacia mí.
—Algún día descubrirás que Ethan no es el hombre que crees.
La puerta se cerró.
Me quedé mirando el lugar donde había estado.
Ethan se acercó.
—No la escuches.
Lo miré.
Luego señalé mi vientre.
—¿Por qué te importa tanto?
Él no respondió.
Bajó la mirada.
Su mano se acercó lentamente a mi abdomen, pero se detuvo antes de tocarlo.
—Porque son tus hijos.
Yo negué con la cabeza.
Entonces tomé su mano y la coloqué sobre mi vientre.
Ethan se quedó completamente inmóvil.
Un segundo después, uno de los bebés dio una patada.
Sus ojos se abrieron.
Otra patada.
Esta vez sonrió.
Una sonrisa pequeña, involuntaria.
—Lo sentí.
Asentí.
Su mano permaneció allí.
Durante mucho tiempo.
Y entonces susurró:
—No sé de quién son.
Me miró.
—Pero quiero ser su padre.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
No podía decirle la verdad todavía.
Porque justo cuando pensé que aquella mentira podía convertirse en nuestra única oportunidad de ser una familia, Ethan recibió una llamada.
Su rostro cambió.
—¿Qué ocurre? —pregunté con señas.
Él no respondió.
Solo escuchó.
Luego colgó.
—El médico que me atendió cuando tenía dieciocho años quiere verme.
Me quedé inmóvil.
Ethan tomó su abrigo.
—Dice que encontró algo en mis antiguos informes médicos.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
—¿Qué?
Me miró.
—Quiere explicarme por qué todos creímos durante años que yo era estéril.
La puerta se cerró detrás de él.
Y por primera vez desde que descubrí mi embarazo, tuve miedo de que la verdad no tardara en alcanzarnos.

Porque si aquel médico descubría lo que realmente había ocurrido aquella noche…
Ethan también descubriría que los dos bebés que llevaba en mi vientre nunca habían sido hijos de otro hombre.
Eran suyos.