Rodrigo apenas podía respirar.
Con las manos temblorosas rompió las cuerdas que sujetaban las muñecas de doña Carmen y la envolvió con una cobija.
—Mamá… ¿quién te hizo esto?
Ella cerró los ojos unos segundos, como si incluso hablar le costara un esfuerzo inmenso.
—No fue una sola persona… fueron todos.
Esas palabras le helaron la sangre.
Rodrigo recorrió la habitación con la mirada. Sobre una mesa había un plato con restos de tortillas duras y un vaso con agua verdosa. En un rincón encontró varias cajas de medicamentos… todas vacías y vencidas.
Entonces recordó el dinero que enviaba cada mes para los tratamientos de su madre.
Más de seis años.
Miles de dólares.
—¿Dónde está todo ese dinero? —preguntó, incapaz de contener la rabia.
Doña Carmen rompió a llorar.
—Nunca llegó a mí, hijo… Graciela decía que tú ya no mandabas nada… que apenas alcanzaba para darme de comer.
Rodrigo sintió que el mundo se desmoronaba.
Sacó su teléfono y abrió la aplicación del banco.
Transferencia tras transferencia.
Cada mes.
Sin faltar una sola vez.
Más de un millón de pesos enviados durante aquellos años.
Mientras ayudaba a su madre a levantarse, notó algo extraño junto al colchón.
Era una bolsa de plástico escondida entre unos ladrillos.
Dentro había decenas de sobres abiertos.
Todos llevaban su nombre.
Cartas que él había enviado desde Estados Unidos.
Ninguna había llegado a las manos de Carmen.
Ella tomó una de ellas con dedos temblorosos.
—Yo también te escribía… pero Graciela decía que el correo ya no funcionaba.

Rodrigo sintió un nudo en la garganta.
No solo le habían robado el dinero.
También les habían robado seis años de vida.
En ese instante escuchó el ruido de una camioneta acercándose.
Después, varias voces.
—¡Seguro ya se dio cuenta! —gritó un hombre desde afuera.
Rodrigo se asomó por la ventana rota.
Graciela no venía sola.
Junto a ella estaban tres familiares… y todos caminaban directamente hacia la casa.
Ninguno parecía sorprendido de encontrar la puerta abierta.