La habitación quedó en silencio.
Durante unos segundos, nadie se movió.
Daniel seguía sosteniendo la barreta entre las manos.
Yo tenía una mano sobre mi boca.
Porque lo que esperábamos encontrar no era lo que estaba frente a nosotros.
Ernesto estaba sentado en el suelo junto a Ximena.
Pero no la estaba lastimando.
La estaba abrazando.
Y ella temblaba mientras sostenía un viejo álbum de fotografías contra el pecho.
—Papá… —susurró Daniel, confundido.
Ernesto levantó la mirada.
En sus ojos no había enojo.
Solo cansancio.
—Cierren la puerta.
Daniel dio un paso adelante.
—¿Qué está pasando?
Ernesto miró a Ximena.
Ella seguía llorando.
Después abrió el álbum.
La primera fotografía era de una niña pequeña.
Una niña con dos trenzas y una sonrisa tímida.
Al lado aparecía una mujer joven.
La fecha estaba escrita detrás.
Veintidós años atrás.
Daniel frunció el ceño.
—¿Quiénes son?
Ernesto tardó varios segundos en responder.
—Su madre.
Sentí un escalofrío.
—¿La conocías?
Mi suegro asintió lentamente.
—Sí.
Ximena apretó la fotografía.
—Mi mamá trabajaba para la familia Salgado cuando era joven.
La miramos.
—¿Qué?
Ella bajó la mirada.
—Ella era la persona que cuidó a Daniel cuando era niño.
Daniel se quedó inmóvil.
Porque de repente muchos recuerdos comenzaron a encajar.
La mujer que él apenas recordaba.
La señora que preparaba comida cuando su madre estaba enferma.
La mujer que desapareció de sus vidas sin explicación.
Ernesto respiró profundamente.
—Hace veinte años, mi esposa descubrió que la madre de Ximena estaba enferma y necesitaba tratamiento.
—Ella la ayudó.
—Pero después ocurrió algo terrible.
Ximena continuó:
—Mi madre murió cuando yo tenía dos años.
Silencio.
—Mi padre desapareció antes de que yo naciera.
—Crecí pasando de una casa a otra.
—Nunca supe quién era mi familia.
Ernesto bajó la cabeza.
—Hasta hace unos meses.
—Encontré una caja antigua de mi esposa.
Dentro había cartas.
Muchas cartas.
Cartas de la madre de Ximena.
Daniel lo miró.
—¿Y por qué casarte con ella?
Ernesto cerró los ojos.
—Porque cuando la encontré, estaba sola.
—No tenía familia.
—No tenía a nadie que la protegiera.
Ximena negó rápidamente.
—Yo no quería casarme con él por eso.
—Al principio me negué.
—Pensé que todos creerían que estaba buscando dinero.
Miró alrededor de la habitación.
—Pero Ernesto fue la primera persona que me dijo que no estaba obligada a sobrevivir sola.
Nadie habló.
De repente, todos los rumores de la colonia parecían crueles.
Porque habíamos juzgado una historia que no conocíamos.
Pero todavía faltaba algo.
Daniel señaló las fotografías.
—Entonces, ¿por qué los gritos?
Ximena comenzó a llorar otra vez.
Esta vez de vergüenza.
—Porque tengo pesadillas.
—Desde niña.
—A veces despierto pensando que mi madre está llamándome.
Ernesto intervino.
—Cuando escucha ciertos sonidos, vuelve a ese momento.
—Estoy intentando ayudarla a recuperar recuerdos que perdió.
Daniel bajó lentamente la barreta.
Yo miré a mi marido.
Por primera vez desde la boda de Ernesto, vi algo diferente en su rostro.
No sospecha.
Sino culpa.
Porque habíamos pensado que su padre era un hombre mayor engañado por una joven.
Y la verdad era completamente distinta.
Pero entonces Ernesto tomó otra fotografía del fondo del álbum.
Su expresión cambió.
—Hay algo más que todavía no saben.
La habitación volvió a quedarse en silencio.
Nos mostró una imagen antigua.
En ella aparecía la madre de Ximena.
Y junto a ella…
un hombre que reconocimos inmediatamente.
Daniel palideció.
Porque aquel hombre era alguien que conocíamos.
Alguien que había vivido cerca de nosotros durante años.
Ernesto apretó la fotografía.
—La razón por la que nunca encontré a Ximena antes…
—es porque alguien ocultó deliberadamente quién era su familia.
Y esa persona todavía sigue en esta ciudad.
La misma persona que no quería que Ximena descubriera la verdad.
La misma persona que ahora tenía mucho que perder.