PARTE 2: LA ÚNICA VERDAD QUE ÉL NO PODÍA COMPRAR

Durante casi un minuto observé el mensaje de Ethan sin responder.

“¿Estás bien?”

Tres palabras.

Durante tres años había necesitado escuchar algo parecido.

Llegaban demasiado tarde.

Escribí únicamente:

“Sí. El reloj estará en tu oficina esta tarde.”

Bloqueé la pantalla y apoyé una mano sobre mi vientre.

Todavía no sentía nada.

Pero ya no estaba sola.

El lunes llegué a la clínica privada de Upper East Side antes de las ocho de la mañana.

La doctora Rebecca Lawson revisó la prueba que llevaba en el bolso.

—Primero confirmaremos el embarazo con un análisis de sangre y una ecografía.

Asentí en silencio.

Una hora después volvió con una sonrisa serena.

—Felicidades, Emma.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

—¿Es… seguro?

—Todo indica que sí. Aproximadamente cinco semanas de gestación.

Cinco semanas.

Exactamente la última noche de mi matrimonio.

Salí de la consulta con una carpeta llena de recomendaciones médicas y una fotografía diminuta donde apenas podía distinguir un pequeño punto oscuro.

La guardé contra mi pecho.

No sabía qué hacer.

Solo sabía una cosa.

Aquel bebé era mío.

Al regresar al apartamento encontré una caja sobre la mesa del recibidor.

El reloj del abuelo de Ethan ya no estaba allí.

En su lugar había un sobre.

Lo abrí.

Dentro encontré una nota escrita con la letra de Martha, la ama de llaves que había trabajado para la familia Blackwood durante cuarenta años.

“Señora Emma, el señor Ethan olvidó esto en el estudio. Creo que le pertenece más a usted que a nadie.”

Dentro del sobre había una fotografía antigua.

Ethan y yo.

Teníamos veinticuatro años.

Él llevaba un traje barato.

Yo sostenía una caja de pizza.

Estábamos riendo.

En la parte de atrás había una frase escrita por él.

“Cuando tenga éxito, prometo que nunca dejaré de mirarte como hoy.”

Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.

No extrañaba al multimillonario.

Extrañaba a aquel hombre.

Mi teléfono volvió a sonar.

Era Noah, el asistente personal de Ethan.

—Señora Emma… perdón, señorita.

—Emma está bien.

Parecía incómodo.

—El señor Blackwood recibió el reloj, pero notó que faltaba una carpeta azul de la caja fuerte.

Fruncí el ceño.

—No recuerdo ninguna carpeta.

—Contenía documentos personales. Si aparece, por favor avísenos.

Colgué sin darle importancia.

Sin embargo, al guardar la fotografía descubrí algo atrapado entre sus cartones.

Una pequeña llave.

No la había visto nunca.

Recordé entonces que Ethan siempre guardaba una caja metálica en el fondo del armario del estudio.

Nunca me permitió abrirla.

Movida por una extraña intuición, fui hasta allí.

La caja seguía escondida.

Introduje la llave.

Encajó perfectamente.

Dentro no había joyas.

Ni dinero.

Había decenas de sobres.

Todos llevaban mi nombre.

Abrí el primero.

“Cumpleaños número treinta de Emma.”

Estaba fechado tres años atrás.

Dentro había una carta.

“Si esta empresa consigue cerrar el acuerdo en Singapur, prometo compensarte por perderme tu cumpleaños. Sé que estás cansada de esperar. Solo necesito un poco más de tiempo.”

Abrí otro.

Nuestro segundo aniversario.

Otro más.

Navidad.

Mi cumpleaños veintinueve.

Todos escritos.

Ninguno entregado.

Mi confusión aumentó.

Si había escrito todo aquello…

¿Por qué nunca me dijo ninguna de esas palabras?

En ese momento sonó el timbre.

Era Noah.

Venía pálido.

—Señorita Emma, necesito esa caja.

La abracé instintivamente contra mi pecho.

—¿Por qué?

Bajó la mirada.

—Porque el señor Blackwood no sabe que existe.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo dices?

Noah respiró profundamente.

—Esas cartas nunca fueron olvidadas.

Alguien se aseguró de que usted jamás las recibiera.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—¿Quién?

Antes de que pudiera responder, el teléfono de Noah comenzó a sonar.

Miró la pantalla y perdió el color del rostro.

Era Ethan.

Contestó de inmediato.

Solo escuchó unos segundos antes de levantar lentamente la vista hacia mí.

—Señorita Emma…

Su voz tembló.

—El señor Blackwood acaba de descubrir que falta la caja.

Hizo una pausa.

—Y acaba de ordenar revisar todas las cámaras de seguridad de la casa… porque está convencido de que alguien la buscó mucho antes que usted.

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