PARTE 2: LA ÚLTIMA VOLUNTAD

Tomé el sobre con manos temblorosas.

—¿Cuándo le entregó esto mi padre?

El jardinero miró hacia la entrada del cementerio.

—Dos semanas antes de morir. Me dijo que algún día vendrías y que no debía confiar en nadie de la familia Dennis.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué?

El anciano bajó la voz.

—Porque tu padre descubrió quién te envió a prisión.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

Abrí el sobre.

Dentro había una carta escrita con la letra inconfundible de mi padre.

«Finnley, hijo mío:

Si estás leyendo esto, significa que no pude esperar tu regreso.

Perdóname por no haberte protegido cuando más me necesitabas.

Sé que eres inocente.

Y sé quién robó el dinero».

Las lágrimas comenzaron a caer sobre el papel.

Durante tres años había pensado que mi padre me consideraba un delincuente.

Pero nunca había dejado de creer en mí.

Continué leyendo.

«No confíes en Reagan ni en Carter. Lo que ocurrió en la empresa fue cuidadosamente preparado. Encontré las pruebas demasiado tarde.

Todo está guardado en la unidad 108.

Y recuerda algo que te dije cuando eras pequeño: la verdad siempre está detrás de la segunda puerta».

Levanté la mirada.

—¿Qué significa la segunda puerta?

El jardinero negó lentamente.

—Eso tendrás que descubrirlo tú.

Una hora después llegué a un almacén privado en las afueras de la ciudad.

La llave encajó perfectamente.

Cuando levanté la persiana metálica, me quedé inmóvil.

Había cajas de documentos, una computadora antigua y una pequeña caja fuerte.

Sobre una mesa descansaba una fotografía.

Mi padre y yo, el día de mi graduación.

Debajo había otra carta.

«Perdóname por los tres años que te robaron».

Me senté lentamente.

Después encendí la computadora.

No tenía contraseña.

En el escritorio había una carpeta llamada:

LA VERDAD SOBRE FINNLEY.

La abrí.

El primer archivo contenía grabaciones de seguridad de la empresa.

Reconocí inmediatamente la noche del robo.

Tres años atrás, habían desaparecido dos millones de dólares de Dennis Manufacturing.

La policía encontró transferencias realizadas con mis credenciales.

Carter declaró que me había visto entrar al despacho de contabilidad.

Reagan aseguró que yo tenía problemas económicos.

Y el jurado me condenó.

Pero en aquella grabación aparecía Carter utilizando mi computadora mientras yo estaba fuera de la ciudad.

Sentí que la sangre me hervía.

Abrí el siguiente archivo.

Era una conversación grabada entre Reagan y Carter.

—¿Y si Camden descubre que fui yo? —preguntaba Carter.

—Para entonces Finnley estará en prisión —respondía Reagan—. Tu padrastro nunca sospechará de nosotros.

Cerré los ojos.

Había perdido tres años de libertad por culpa de ellos.

Pero todavía faltaba lo peor.

El tercer archivo era un video grabado por mi padre.

Aparecía sentado en su despacho, visiblemente más delgado.

—Finnley, si estás viendo esto, necesito que sepas algo.

Su voz temblaba.

—Cuando descubrí la verdad, confronté a Reagan. Ella amenazó con destruir las pruebas y acusarte de nuevos delitos si intentaba liberarte.

Mi padre respiró con dificultad.

—Entonces descubrí que también estaba desviando dinero de mis cuentas personales.

Se inclinó hacia la cámara.

—Pero cometió un error. Creyó que podía quedarse con nuestra casa.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir, papá?

Como si pudiera escucharme, continuó:

—La casa no pertenece a Reagan. Nunca le perteneció.

Mi corazón se aceleró.

—Hace diez años creé un fideicomiso a tu nombre. La propiedad, las acciones mayoritarias de la empresa y mis inversiones están protegidas allí.

Me llevé una mano a la boca.

—Reagan solo tiene derecho a vivir en la casa mientras cumpla las condiciones establecidas. Y una de ellas es no perjudicarte.

La pantalla se oscureció.

Después apareció un último mensaje.

«Busca detrás de la segunda puerta».

Miré alrededor del almacén.

Al fondo había dos puertas.

La primera conducía a un pequeño baño.

La segunda estaba cerrada con un candado.

Probé la vieja llave que llevaba en el bolsillo desde mi salida de prisión.

Encajó.

Abrí lentamente.

Dentro había una caja fuerte empotrada en la pared.

Sobre ella descansaba una carpeta roja.

La abrí.

Contenía el documento original del fideicomiso, escrituras y una carta dirigida a un abogado llamado William Harris.

También encontré un certificado médico.

Lo leí dos veces.

Mi padre no había muerto de cáncer.

El documento indicaba que su fallecimiento estaba siendo investigado por una posible intoxicación.

Sentí que las piernas me fallaban.

Entonces sonó mi teléfono.

Un número desconocido.

—¿Finnley Dennis? —preguntó una voz masculina.

—Sí.

—Soy William Harris, abogado de tu padre. El señor del cementerio me avisó de que habías regresado.

Me apoyé contra la pared.

—Encontré sus documentos.

El hombre guardó silencio.

—Entonces debemos reunirnos inmediatamente.

—¿Por qué?

Su respuesta me heló la sangre.

—Porque Reagan acaba de solicitar la venta de la casa. Y mañana intentará transferir las acciones de tu padre a nombre de Carter.

Apreté la carpeta contra mi pecho.

—No permitiré que lo haga.

—Hay algo más, Finnley.

La voz del abogado se volvió grave.

—Tu padre dejó instrucciones para abrir una investigación si moría antes de que salieras de prisión.

—¿Qué investigación?

—Sobre su propia muerte.

Miré nuevamente el certificado médico.

—¿Está diciendo que lo asesinaron?

William tardó varios segundos en responder.

—Estamos intentando demostrarlo.

Entonces escuché un ruido detrás de mí.

Me giré.

La persiana del almacén estaba subiendo.

Carter apareció acompañado por dos hombres.

Sonreía.

—Hola, hermanito.

Retrocedí lentamente.

—¿Cómo me encontraste?

Su sonrisa se ensanchó.

—¿De verdad pensaste que papá era el único que sabía de este lugar?

Miró la carpeta roja que sostenía.

Y su expresión cambió inmediatamente.

—Entrégame eso.

Apreté el teléfono.

William seguía escuchando.

—Finnley —susurró el abogado—, no hagas nada imprudente. Voy a llamar a la policía.

Pero Carter sacó una fotografía de su bolsillo.

La dejó sobre la mesa.

Era una imagen reciente.

Mostraba a mi padre sentado en una silla de ruedas, junto a una ventana.

La fecha impresa era de hacía apenas tres semanas.

Sentí que el corazón se me detenía.

—Eso es imposible…

Carter sonrió.

—¿Quién te dijo que nuestro padre estaba muerto?

Miré la fotografía.

Después a mi hermanastro.

—¿Dónde está?

Carter dio un paso hacia mí.

—Entrégame los documentos y quizá te permita verlo.

Mi padre llevaba un año oficialmente muerto.

Pero alguien acababa de fotografiarlo vivo.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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