Durante cinco segundos, nadie se movió.
Julian miró al presidente de Vance Industries como si acabara de escuchar una broma incomprensible.
—¿Su… nieta?
Mi padre, Alexander Vance, no respondió.
Caminó directamente hacia mí.
Sus ojos recorrieron mi rostro, mis pies descalzos y la manta que protegía a Maya del frío.
Después miró los restos de la cuna sobre el césped.
—Elena —preguntó con voz temblorosa—, ¿quién hizo esto?
Apreté a mi hija contra el pecho.
—Julian.
Mi padre cerró los ojos durante un instante.
Cuando volvió a abrirlos, su expresión había cambiado.
—Lleva a mi hija y a mi nieta al automóvil —ordenó al jefe de seguridad—. Enciende la calefacción.
Julian dio un paso adelante.
—Señor Vance, creo que existe un malentendido.
Mi padre se volvió lentamente.
—¿Un malentendido?
Julian intentó sonreír.
—Elena y yo estamos atravesando dificultades matrimoniales. Ella está muy sensible desde el parto.
Sentí una punzada de rabia.
Incluso entonces intentaba presentarme como una mujer inestable.
Mi padre lo miró sin pestañear.
—¿Y por eso arrojaste la cuna de una recién nacida al jardín?
—No fue exactamente así…
—¿También le ordenaste que abandonara la casa?
Julian guardó silencio.
Alexander señaló la madera rota.
—Entonces explícame qué estoy viendo.
Serena se adelantó apresuradamente.
—Señor Vance, soy Serena Collins, asistente ejecutiva de Julian. Estoy segura de que podemos aclararlo.
Mi padre bajó la mirada hacia su cuello.
Reconoció inmediatamente las esmeraldas.
—Ese collar pertenecía a mi difunta esposa.
Serena se quedó inmóvil.
—Yo…
—Se lo regalé cuando nació Elena.
El rostro de Serena perdió todo el color.
Julian miró el collar.
Después me miró a mí.
Por primera vez comenzó a comprender que había cosas sobre mi pasado que nunca se había molestado en preguntar.
—Elena me dijo que su madre había muerto —murmuró.
—Eso es verdad —respondió Alexander—. Lo que nunca preguntaste fue quién era su padre.
Julian tragó saliva.
—Señor Vance, ¿Elena es realmente…?
—Mi única hija.
El silencio fue absoluto.
Mi padre se acercó hasta quedar frente a él.
—Y la niña que acabas de echar de esta casa es mi única nieta.
Desde el automóvil observé cómo uno de los abogados entregaba una carpeta a Alexander.
Maya se había quedado dormida contra mi pecho.
Mi padre se acercó a la ventanilla.
—Cariño, necesito preguntarte algo.
—Dime.
—¿Quieres que este hombre siga viviendo contigo?
Miré hacia la entrada.
Julian permanecía inmóvil junto a Serena.
Recordé las noches en que lo esperaba despierta.
Las veces que me llamó inútil.
El desprecio con el que había hablado de mi cuerpo después del parto.
Y finalmente recordé aquella cuna.
La cuna que habíamos elegido juntos.
—No, papá.
Alexander asintió.
—Entonces no volverá a hacerlo.
Regresó junto a Julian.
—Señor Caldwell…
—Vale —lo corrigió Julian nerviosamente—. Julian Vale.
—Señor Vale, esta propiedad pertenece al fideicomiso familiar de Elena. Usted no es su propietario.
Julian abrió la boca.
—¡Eso es imposible! ¡Yo pago los gastos de esta casa!
El abogado intervino.
—Los gastos de mantenimiento no le otorgan la titularidad del inmueble.
Julian retrocedió.
—Pero Elena nunca me dijo…
Mi padre lo interrumpió.
—¿Le preguntaste alguna vez?
No hubo respuesta.
—Tienes derecho a recoger tus pertenencias personales conforme a las indicaciones legales correspondientes —continuó Alexander—. Pero no volverás a amenazar a mi hija.
Entonces Serena cometió su segundo error.
—¡Esto es absurdo! —exclamó—. ¡Julian dirige una de las divisiones más rentables de su empresa!
Alexander giró hacia ella.
—Me alegra que mencione su trabajo.
El jefe de seguridad entregó otra carpeta.
Mi padre la abrió.
—Señor Vale, ¿reconoce estos gastos?
Julian examinó las primeras páginas.
Su rostro palideció.
—Son… gastos corporativos.
—Doce reservas de hotel. Compras de joyería. Servicios de spa. Cenas privadas.
Serena dejó de respirar.
Alexander continuó:
—Todos cargados a cuentas de Vance Industries.
Julian intentó recuperar la compostura.
—Son gastos de representación.
Mi padre levantó una ceja.
—¿Representación de qué exactamente?
Nadie respondió.
—El departamento de auditoría encontró además facturas emitidas por una consultora vinculada a la señorita Collins.
Serena comenzó a temblar.
—Yo no sabía…
—Todavía no he terminado —dijo Alexander.
Pasó otra página.
—Hay transferencias por dos millones cuatrocientos mil dólares que requieren una explicación.
Julian dio un paso atrás.
—¡No pueden acusarme sin pruebas!
—No te estoy acusando —respondió mi padre—. Te estoy informando de que serás suspendido mientras se investigan las operaciones.
Julian se quedó completamente blanco.
—¿Suspendido?
—Con efecto inmediato.
A medianoche, Maya y yo estábamos instaladas en una suite privada de la residencia de mi padre.
Por primera vez en semanas, podía respirar.
Alexander entró con una taza de té.
—¿Cómo estás?
Miré a mi hija.
—Cansada.
Se sentó junto a mí.
—Debiste llamarme antes.
Bajé la mirada.
—Quería construir mi propia vida. No quería que pensaras que solo podía sobrevivir gracias a tu dinero.
Mi padre tomó mi mano.
—Elena, nunca necesitaste demostrarme nada.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
—Pensé que Julian me amaba por quien era.
Alexander suspiró.
—Entonces fue él quien no supo valorar lo que tenía.
Permanecimos en silencio.
Hasta que su teléfono vibró.
Mi padre leyó el mensaje.
Su expresión se endureció.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Nuestros investigadores encontraron algo extraño.
Se levantó.
—Elena, necesito saber si Julian te pidió firmar documentos después del nacimiento de Maya.
Fruncí el ceño.
—Sí. Dijo que eran formularios del seguro médico.
Mi padre cerró los ojos.
—¿Recuerdas cuántos?
—Tres o cuatro. Estaba agotada. Maya apenas tenía dos semanas.
Alexander hizo una llamada.
—Traigan inmediatamente los documentos originales.
Veinte minutos después, dos abogados entraron en la habitación.
Uno de ellos colocó una carpeta sobre la mesa.
—Señorita Vance, necesitamos confirmar si reconoce esta firma.
La observé.
Era mía.
—Sí.
El abogado pasó otra página.
—¿Y recuerda haber autorizado la transferencia de sus derechos como beneficiaria de un fideicomiso?
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
Alexander se puso de pie.
—Explícaselo.
El abogado respiró profundamente.
—Alguien intentó modificar las instrucciones de distribución de un fondo creado por su madre.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
—¿Qué fondo?
Mi padre me miró con tristeza.
—Tu madre dejó una parte importante de su patrimonio para ti y tus descendientes.
—¿Cuánto dinero?
El abogado respondió:
—Aproximadamente ochenta millones de dólares.
Me quedé inmóvil.
—Nunca supe que existía.
Alexander asintió.
—Tu madre quería que lo recibieras cuando cumplieras treinta años. Todavía faltan seis meses.
El abogado continuó:
—La documentación presentada pretendía conceder a Julian facultades de administración sobre esos activos.
Sentí náuseas.
—¿Mi marido intentó quedarse con el dinero de mi madre?
—Eso es lo que debemos investigar —respondió mi padre—. Pero hay algo todavía más preocupante.
El abogado sacó otro documento.
Era una solicitud de modificación de custodia.
En ella aparecía el nombre de Maya.
Y una declaración que aseguraba que yo sufría una enfermedad mental incapacitante.
Me llevé una mano a la boca.
—¡Eso es mentira!
Alexander me abrazó.
—Lo sabemos.
Entonces comprendí.
Julian no solo quería echarme.
Había preparado documentos para presentarme como incapaz de cuidar a mi hija.
Y posiblemente controlar su herencia.
A la una y cuarto de la madrugada, recibí una llamada de un número desconocido.
Contesté.
—¿Elena Vance?
Era una mujer.
Su voz temblaba.
—Soy la enfermera que atendió a Maya después de su nacimiento.
Me incorporé inmediatamente.
—¿Ocurre algo con mi hija?
—No. Pero necesito contarle algo que descubrí en el hospital.
Miré a mi padre.
—La escucho.
—Su esposo regresó al hospital dos días después de que usted recibiera el alta.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Para qué?
La mujer comenzó a llorar.
—Solicitó una copia del expediente de su hija y preguntó si podía modificar el nombre de la madre en determinados registros.
Me quedé sin respiración.
—¿Qué?
—Cuando nos negamos, habló con un administrador privado.
Alexander se acercó.
—¿Quién era ese administrador?
La enfermera guardó silencio.
—No puedo confirmarlo por teléfono. Pero encontré una solicitud firmada por su esposo.
—¿Qué solicitud? —pregunté.
La respuesta me dejó paralizada.
—Una autorización para realizar una prueba de ADN a Maya sin su conocimiento.
Miré a mi hija dormida.
—¿Por qué haría eso?
La enfermera respiró profundamente.
—Señora Vance, los resultados fueron enviados a una dirección privada.
Mi padre apretó los puños.
—¿Qué decían?
Hubo un largo silencio.
Finalmente, la mujer susurró:
—La prueba indicaba que Julian no era el padre biológico de Maya.
Sentí que el mundo se detenía.
—Eso es imposible.
Maya había sido concebida durante nuestro matrimonio.
Nunca había estado con otro hombre.
—Debe existir un error —dije.
La enfermera respondió:
—Eso fue exactamente lo que pensé. Por eso revisé el historial de las muestras.
Mi respiración se aceleró.
—¿Y qué encontró?
—Que alguien sustituyó la muestra de Julian antes de enviarla al laboratorio.
Alexander tomó el teléfono.
—¿Quién autorizó el cambio?
La enfermera comenzó a llorar.
—Serena Collins. Y hay una segunda prueba que demuestra que todo fue preparado meses antes del nacimiento.
En ese instante, mi padre recibió una fotografía de los investigadores.
Mostraba a Serena saliendo de una clínica de fertilidad junto a un hombre.
Lo reconocí inmediatamente.
Era el médico que había supervisado mi embarazo.
Y en el reverso de la fotografía había una anotación:
«El verdadero objetivo no es Elena. Es la niña».
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
