—¡Niños! ¡Es hora de irnos!
Aquella voz me atravesó el pecho.
Seis años.
Seis malditos años.
Y aun así, habría podido reconocerla entre un millón de personas.
Isabella Rossi.
La única mujer que había amado de verdad.
Los cuatro pequeños corrieron hacia la puerta.
Yo los seguí lentamente.
Cuando salí del baño, la vi.
Llevaba un vestido azul sencillo, el cabello recogido y un bolso enorme colgado del hombro.
Estaba contando a los niños.
—Uno, dos, tres, cuatro…
Entonces levantó la mirada.
Nuestros ojos se encontraron.
Su sonrisa desapareció.
—Dominic.
Mi nombre salió de sus labios como una advertencia.
Me quedé inmóvil.
—Isabella.
Uno de los niños tiró de su vestido.
—Mamá, ¿conoces a ese señor?
Ella tardó demasiado en responder.
—Es… alguien que conocí hace mucho tiempo.
Miré a los cuatro pequeños.
Después volví a mirarla.
—¿Son tuyos?
Isabella apretó la mandíbula.
—Sí.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
—¿Cuántos años tienen?
—Dominic, no hagas esto aquí.
Aquella respuesta me dijo más que cualquier confesión.
Nos sentamos en una mesa apartada.
Los niños recibieron helado de chocolate.
Yo apenas podía respirar.
El mayor se llamaba Luca.
Después estaban Matteo, Nico y Gabriel.
Cuatro niños de seis años.
Cuatro rostros que parecían copias de mis fotografías infantiles.
Luca me observó con curiosidad.
—Señor, ¿por qué tiene los mismos ojos que nosotros?
Isabella dejó caer la cucharilla.
Yo miré al niño.
—No lo sé todavía.
—Mi mamá dice que tenemos los ojos de nuestro papá —añadió Matteo.
El silencio fue insoportable.
Isabella cerró los ojos.
—Niños, vayan a mirar los peces del acuario. Desde aquí puedo verlos.
Los cuatro obedecieron.
Cuando estuvimos solos, me incliné hacia ella.
—Dime la verdad.
Isabella no respondió.
—¿Son mis hijos?
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Dominic…
—Seis años, Isabella.
Mi voz se quebró.
—¿Me ocultaste cuatro hijos durante seis años?
Una lágrima recorrió su mejilla.
—No tenía otra opción.
Me quedé helado.
—Siempre hay una opción.
Ella soltó una risa amarga.
—No cuando la familia Moretti decide que no debes existir.
Sentí que algo frío me recorría la espalda.
—Explícate.
Isabella abrió su bolso.
Sacó un sobre viejo.
Dentro había una fotografía.
La reconocí inmediatamente.
Era de nuestra última noche juntos.
Estábamos abrazados frente a su pequeño apartamento.
En el reverso había una frase escrita con tinta negra.
«Desaparece o él será el siguiente».
Miré a Isabella.
—¿Quién te dio esto?
—Tu padre.
Mi respiración se detuvo.
Vittorio Moretti.
El patriarca de nuestra familia.
El hombre que había muerto tres años atrás.
—Eso es imposible.
Isabella negó lentamente.
—Estaba embarazada cuando fui a decirte la verdad.
Recordé aquella semana.
Yo había viajado a Nueva York por negocios.
Cuando regresé, Isabella había desaparecido.
Su apartamento estaba vacío.
Su teléfono desconectado.
Mi padre me aseguró que ella se había marchado con otro hombre.
Y yo, como un idiota, le creí.
—Vittorio me recibió en su despacho —continuó Isabella—. Me dijo que jamás permitiría que una camarera se convirtiera en la madre de un heredero Moretti.
Apreté los puños.
—¿Te amenazó?
—Me mostró fotografías de mi madre, de mi hermano y de nuestra casa.
Su voz comenzó a temblar.
—Dijo que si volvía a buscarte, ninguno estaría a salvo.
Miré hacia el acuario.
Mis cuatro hijos reían mientras señalaban los peces.
Había perdido sus primeros pasos.
Sus primeras palabras.
Seis cumpleaños.
Y todo porque alguien había decidido que Isabella no era suficientemente importante para nuestra familia.
Mi teléfono vibró.
Era mi hermano menor, Vincent.
—Dominic, ¿dónde demonios estás? —preguntó—. Los Barrett ya llegaron al invernadero.
Miré el reloj.
Siete y veintidós.
Faltaban ocho minutos para la propuesta.
—Cancela el compromiso.
Hubo silencio.
—¿Qué?
—Escuchaste bien.
—Dominic, los Barrett están invirtiendo doscientos millones en nuestra expansión.
—Entonces devuélveles el dinero.
Vincent bajó la voz.
—Nuestro tío Salvatore va a matarte.
Miré a Isabella.
—Que haga fila.
Colgué.
Isabella me observaba aterrorizada.
—¿Qué acabas de hacer?
Saqué el anillo de diamantes.
Lo dejé sobre la mesa.
—Elegir a mi familia.
Ella negó inmediatamente.
—Dominic, no puedes aparecer después de seis años y decidir que todo está solucionado.
—Lo sé.
—Mis hijos no te conocen.
—También lo sé.
Su voz se quebró.
—Y yo ya no soy la mujer que dejaste atrás.
La miré fijamente.
—Nunca te dejé, Isabella. Me hicieron creer que tú me habías abandonado.
Entonces Luca regresó corriendo.
—¡Mamá! ¡Gabriel está llorando!
Isabella se levantó inmediatamente.
Fuimos hacia el acuario.
El pequeño Gabriel estaba sentado en el suelo, sujetándose el brazo.
—¿Qué pasó, campeón? —pregunté.
Matteo señaló a un hombre junto a la entrada.
—Ese señor lo empujó.
Levanté la mirada.
Reconocí al hombre.
Carlo.
Uno de los guardaespaldas de mi tío Salvatore.
Mi sangre se heló.
Carlo me miró.
Después observó a los niños.
Su expresión cambió.
Sacó el teléfono.
—Señor Moretti…
Me acerqué lentamente.
—Guarda ese teléfono.
Carlo retrocedió.
—Su tío me envió a buscarlo.
—Te dije que lo guardaras.
Obedeció.
Me incliné hacia él.
—¿Cuánto tiempo llevas siguiendo a Isabella?
Su silencio fue suficiente.
Lo sujeté del brazo y lo aparté de los niños.
—Contesta.
—Desde esta tarde.
—¿Quién dio la orden?
Carlo tragó saliva.
—Su tío.
Sentí que todo encajaba.
Mi padre había muerto.
Pero alguien había continuado vigilando a Isabella.
Y ahora que los niños estaban frente a mí, esa persona sabía que su secreto estaba en peligro.
Veinte minutos después, mis hijos e Isabella estaban en una sala privada del restaurante.
Había llamado a mi jefe de seguridad, Marcus Bell.
El único hombre de mi organización en quien confiaba completamente.
—Quiero protección para ellos —le ordené—. Nadie se acerca sin autorización de Isabella.
Marcus miró a los niños.
Después me miró a mí.
—¿Son…?
Asentí.
Su expresión se suavizó.
—Entendido, jefe.
Isabella cruzó los brazos.
—No quiero que mis hijos crezcan rodeados de hombres armados.
La miré.
—Y no lo harán. Estoy intentando asegurarme de que puedan volver a casa sin miedo.
Ella guardó silencio.
Entonces Marcus recibió una llamada.
Su rostro se endureció.
—Dominic, tenemos un problema.
—¿Qué sucede?
—Salvatore acaba de convocar una reunión extraordinaria de la familia.
—Que espere.
Marcus negó.
—No es por el compromiso.
Sentí un escalofrío.
—¿Entonces?
Marcus miró a Isabella.
—Está diciendo que cuatro niños intentan hacerse pasar por herederos Moretti.
El silencio cayó sobre nosotros.
—¿Cómo lo sabe? —pregunté.
Marcus apretó la mandíbula.
—Alguien envió fotografías de los niños a todos los miembros de la familia.
Isabella comenzó a temblar.
—Dominic…
Tomé su mano.
—No permitiré que nadie les haga daño.
Pero entonces Marcus añadió:
—Hay algo más. Salvatore afirma tener documentos que prueban que Isabella recibió dinero para fingir un embarazo tuyo.
La miré.
Su rostro estaba completamente blanco.
—Eso es mentira —susurró.
—Lo sé.
Pero Isabella negó desesperadamente.
—No, Dominic. No entiendes.
Abrió su bolso otra vez.
Sacó una pequeña memoria USB.
—Durante seis años guardé esto por si alguna vez venían a buscar a mis hijos.
La observé.
—¿Qué contiene?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—La verdad sobre la muerte de tu padre.
Marcus consiguió una computadora.
Isabella conectó la memoria.
Aparecieron varios archivos.
Grabaciones.
Documentos financieros.
Y un video fechado tres días antes de la muerte de Vittorio Moretti.
Mi padre aparecía sentado en su despacho.
Frente a él estaba Salvatore.
Reconocí inmediatamente la voz de mi tío.
—Los niños tienen que desaparecer.
Mi padre golpeó la mesa.
—Son sangre Moretti.
Salvatore respondió:
—Son cuatro herederos que cambiarán todo el reparto del patrimonio.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
Mi padre continuó:
—He cometido suficientes errores con Dominic. No permitiré que les hagas daño.
Miré a Isabella.
—¿Mi padre sabía que eran cuatro?
Ella asintió.
—Se enteró después del nacimiento. Intentó encontrarme para disculparse.
Volví a mirar la pantalla.
Salvatore se inclinó hacia mi padre.
—Si reconoces a esos niños, destruirás todo lo que construimos.
Vittorio respondió con una frase que jamás olvidaré.
—Prefiero perder el imperio antes que perder a mi familia.
El video terminó.
Tres días después, mi padre había muerto en un supuesto accidente automovilístico.
Durante años había creído que se trataba de una tragedia.
Ahora ya no estaba seguro.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Era Salvatore.
Contesté.
—Tío.
Su voz sonaba tranquila.
—Dominic, tenemos que hablar sobre los niños.
Miré a mis cuatro hijos.
—No tienes nada que hablar sobre ellos.
Salvatore soltó una carcajada.
—Tu padre pensaba lo mismo.
Sentí que la sangre se me helaba.
—¿Qué acabas de decir?
Hubo un silencio.
Entonces respondió:
—Ven al invernadero. Solo. Tengo algo que mostrarte.
—No voy a ninguna parte.
Su tono cambió.
—Entonces quizá deberías preguntarle a Isabella por qué nunca te contó lo que sucedió realmente la noche en que nacieron tus hijos.
Miré a Isabella.
Ella comenzó a llorar.
—Dominic, no lo escuches.
Pero Salvatore todavía no había terminado.
—Cuatro niños nacieron aquella noche, sobrino. Eso es cierto.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué significa eso?
Su respuesta llegó como un golpe.
—Lo que Isabella nunca te dijo es que hubo un quinto bebé.
Miré a la mujer que había amado durante seis años.
Isabella se cubrió el rostro.
—Lo siento, Dominic…
Apreté el teléfono.
—¿Dónde está mi quinto hijo?
Salvatore soltó una risa fría.

—Ven al invernadero y te diré por qué lleva seis años viviendo bajo mi techo.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…