PARTE 2: EL ÚLTIMO ERROR

El primero en atacarme fue un hombre de casi dos metros.

Pesaba probablemente treinta kilos más que yo.

Sonrió mientras levantaba los puños.

—Buenas noches, abuelo.

Me aparté de su trayectoria, desvié su brazo y aproveché su propio impulso para hacerlo caer sobre las colchonetas.

El golpe resonó por todo el gimnasio.

Su sonrisa desapareció.

El segundo intentó sujetarme por detrás.

Lo esquivé, lo desequilibré y terminó arrodillado junto a su compañero.

Todo ocurrió en menos de diez segundos.

Los otros dos dejaron de reír.

Dustin retrocedió.

Su entrenador frunció el ceño.

—¿Qué demonios…?

Me acomodé las mangas.

—Les advertí que no era una buena idea.

El tercer hombre levantó las manos.

—Yo no quiero problemas.

—Entonces apártate.

Obedeció inmediatamente.

El cuarto hizo lo mismo.

Y de pronto, el gimnasio quedó en silencio.

Solo Dustin y su entrenador seguían frente a mí.

—¡Cobardes! —gritó Dustin—. ¡Son cuatro contra un viejo!

Su entrenador dio un paso adelante.

—Yo me encargo.

Era un hombre enorme, con hombros anchos y cicatrices en las cejas.

Se llamaba Marcus Kane.

Había escuchado su nombre antes.

Según Evelyn, Marcus era quien organizaba las peleas clandestinas vinculadas al tío de Dustin.

Marcus se quitó la camiseta.

—No sé dónde aprendiste esos movimientos, viejo, pero aquí peleamos de verdad.

Lo miré tranquilamente.

—No vine a pelear.

Soltó una carcajada.

—Entonces, ¿a qué viniste?

—A asegurarme de que Dustin nunca vuelva a acercarse a mi hija.

Marcus levantó los puños.

—Tendrás que pasar por mí.

Suspiré.

—Esa es tu decisión.

Atacó con un golpe amplio.

Lo esquivé.

Intentó otro.

Bloqueé su avance y lo derribé con una maniobra controlada.

Marcus cayó de espaldas.

Antes de que pudiera incorporarse, retrocedí.

—Quédate ahí.

Su rostro estaba rojo de humillación.

Pero no volvió a levantarse.

Dustin miró a su entrenador.

Después me miró a mí.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía asustado.

—Ahora escúchame, Dustin.

Me acerqué lentamente.

Él retrocedió hasta chocar contra la jaula.

—Si vuelves a amenazar a Evelyn, si intentas acercarte a ella o si mandas a alguien a intimidar a mi familia, presentaré cada prueba que tenemos ante las autoridades.

Dustin tragó saliva.

—No tienes ninguna prueba.

Saqué mi teléfono.

Reproduje un fragmento de audio.

Su propia voz llenó el gimnasio.

«Si Evelyn intenta dejarme, mi tío se encargará de que su familia lo lamente».

Dustin palideció.

—¿De dónde sacaste eso?

—Evelyn comenzó a grabar tus amenazas hace tres semanas.

Su expresión cambió.

—Esa maldita…

Di un paso adelante.

—Termina esa frase y será lo último que digas delante de mí esta noche.

Dustin cerró la boca.

Entonces escuché un aplauso lento.

Venía de la entrada trasera.

Un hombre de traje oscuro caminó hacia nosotros acompañado por dos guardaespaldas.

Tenía el cabello perfectamente peinado y una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Impresionante —dijo—. Verdaderamente impresionante.

Dustin enderezó la espalda.

—Tío Raymond.

Raymond Cross.

El hombre que Evelyn temía.

El propietario de varias empresas de seguridad y, según los rumores, el verdadero jefe de una organización criminal que utilizaba gimnasios de combate para mover dinero ilegal.

Raymond me examinó.

—Así que usted es el padre de Evelyn.

No respondí.

Él sonrió.

—Mi sobrino tiene un carácter difícil. Pero no me gusta que desconocidos entren en mis negocios y humillen a mis empleados.

—A mí no me gusta que golpeen a mi hija.

Su sonrisa desapareció.

—Deberíamos conversar en privado.

—No tenemos nada que conversar.

Raymond miró las puertas cerradas.

—Creo que no comprende su situación.

Lo observé fijamente.

—Creo que usted tampoco.

Mi teléfono vibró.

Era Eleanor.

Contesté inmediatamente.

—¿Cómo está Evelyn?

La voz de mi esposa temblaba.

—Está consciente. Los médicos dicen que necesita permanecer bajo observación, pero por ahora está estable.

Cerré los ojos un instante.

—Voy para allá.

—Hay algo más —susurró Eleanor.

Me alejé unos pasos.

—Dime.

—Evelyn acaba de contarme que Dustin no la golpeó solamente porque discutieron.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué ocurrió?

—Ella encontró documentos en su apartamento.

—¿Qué documentos?

Eleanor respiró profundamente.

—Registros de transferencias bancarias, nombres de funcionarios y fotografías de hombres armados.

Miré lentamente a Raymond.

Él seguía observándome.

—¿Dónde están esos documentos?

—Evelyn dice que los copió en una memoria USB y la escondió.

—¿Dónde?

Hubo una pausa.

—En tu antigua caja de medallas.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

La caja estaba en mi despacho.

En nuestra casa.

—Eleanor, escúchame. No regreses a casa todavía.

—¿Por qué?

Miré a Raymond.

Él acababa de recibir un mensaje.

Y sonreía.

—Porque creo que alguien está buscando esa memoria.

Raymond guardó su teléfono.

—¿Malas noticias?

No respondí.

Él se acercó.

—Su hija cometió un error, señor.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué error?

—Tomó algo que no le pertenece.

Dustin levantó la cabeza.

—Tío, yo no le dije…

Raymond lo silenció con una mirada.

Después volvió a observarme.

—Si devuelve lo que robó, podemos olvidar este desagradable incidente.

Sentí una furia helada.

—Mi hija está hospitalizada con varias costillas rotas.

Raymond se encogió de hombros.

—Los jóvenes a veces se exceden.

—¿Eso es lo que llama excederse?

—Le estoy ofreciendo una solución.

Saqué mi teléfono y envié un mensaje.

Raymond sonrió.

—¿Llamando a la policía?

—A alguien que conoce bastante bien sus negocios.

Su expresión se endureció.

—¿Quién?

—El coronel James Mercer.

Por primera vez, Raymond perdió la compostura.

—¿Mercer?

Asentí.

—Trabajamos juntos durante once años.

Raymond retrocedió ligeramente.

—Eso es imposible.

—Él dirige ahora una unidad federal de investigaciones especiales. Y lleva meses siguiendo el dinero que sale de sus gimnasios.

Marcus levantó lentamente la cabeza.

Dustin comenzó a sudar.

Raymond apretó los dientes.

—Está mintiendo.

Entonces se escucharon sirenas.

No una.

Varias.

Las puertas del gimnasio se abrieron.

Entraron agentes federales acompañados por policías locales.

Al frente caminaba un hombre alto, de cabello gris y expresión severa.

James Mercer.

Mi antiguo compañero.

—Buenas noches, Raymond —dijo.

Raymond levantó ambas manos.

—Coronel, esto es un malentendido.

James miró a los dos hombres sentados en las colchonetas.

Después me observó.

—Te dije que esperaras afuera.

Me encogí de hombros.

—Tenía asuntos familiares pendientes.

James suspiró.

—Sigues siendo igual de terco.

Entonces señaló a Raymond.

—Raymond Cross, tenemos una orden judicial para registrar estas instalaciones y detenerlo por los cargos indicados en ella.

Raymond dejó de sonreír.

Dos agentes se acercaron.

Dustin intentó escabullirse.

—¿Adónde vas? —preguntó James.

El muchacho se detuvo.

—Yo no hice nada.

James sacó una fotografía.

Mostraba a Evelyn entrando en el edificio de urgencias, sostenida por dos paramédicos.

—Tenemos una denuncia por agresión y amenazas. Vas a acompañarnos.

Dustin me miró desesperadamente.

—Señor, por favor…

Recordé su sonrisa cuando habló de mi hija.

—Guarda tus explicaciones para tu abogado.

Creí que todo había terminado.

Me equivocaba.

Cuando llegué al hospital, Eleanor me esperaba en el pasillo.

Tenía los ojos enrojecidos.

—¿Dónde está Evelyn? —pregunté.

—En su habitación. Está descansando.

Sentí un alivio inmenso.

Pero mi esposa no sonrió.

—Tenemos un problema.

—¿Qué sucede?

Eleanor me entregó un sobre.

—Una enfermera encontró esto entre las pertenencias de Evelyn.

Lo abrí.

Dentro había una fotografía antigua.

Mostraba a cuatro hombres vestidos con uniformes militares frente a un helicóptero.

Reconocí inmediatamente a tres.

James Mercer.

Yo.

Y un hombre que había muerto oficialmente quince años atrás.

El capitán Daniel Cross.

Mi antiguo comandante.

El hombre que había desaparecido durante una operación clasificada en Afganistán.

Sentí que la sangre se me helaba.

Porque Daniel Cross era el hermano mayor de Raymond.

Y en el reverso de la fotografía había un mensaje escrito a mano:

«Tu hija encontró lo que enterramos hace quince años».

Me apoyé contra la pared.

Eleanor me miró aterrorizada.

—¿Qué significa eso?

No pude responder.

Entonces la puerta de la habitación de Evelyn se abrió.

Mi hija estaba despierta.

Tenía el rostro magullado y hablaba con dificultad.

—Papá…

Corrí hacia ella.

—Estoy aquí, cariño.

Me tomó la mano.

—Dustin no me golpeó solamente por los documentos.

Me incliné.

—¿Por qué, entonces?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Porque encontré un video.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Qué video?

Evelyn tragó saliva.

—Uno grabado durante tu última misión en Afganistán.

Me quedé paralizado.

Ella apretó mi mano.

—Papá, el capitán Daniel Cross no murió aquella noche.

Sentí que el mundo se detenía.

—Evelyn, ¿qué estás diciendo?

Mi hija comenzó a llorar.

—Está vivo. Y en el video aparece hablando con alguien que tú conoces.

—¿Con quién?

Su respuesta me dejó sin aliento.

—Con el hombre que ordenó abandonar a tu unidad.

En ese instante, James Mercer apareció en la puerta.

Había escuchado las últimas palabras.

Su rostro perdió todo el color.

Y entonces comprendí algo terrible.

El hombre que había venido a ayudarnos quizá sabía mucho más de lo que estaba dispuesto a contar.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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