Parte 2: La última promesa de Mark

No abrí el sobre en el hospital.

Lo sostuve durante todo el camino a casa.

La letra de Mark parecía mirarme desde el asiento del copiloto.

SALLIA.

Había escrito mal mi nombre.

Eso me hizo llorar más que cualquier otra cosa.

Porque Mark solo cometía errores así cuando las manos le temblaban demasiado.

Llegué a casa poco después de las seis.

Dejé el bolso sobre la mesa y me senté en el sofá.

Entonces abrí el sobre.

Dentro había una carta, una pequeña llave y una tarjeta con el nombre de un abogado.

Empecé a leer.

«Sal:

Si Rivers te entregó esto, significa que ya no estoy contigo.

Y significa que probablemente Karen no tardará mucho en aparecer.»

Me detuve.

Karen.

La madre de Mark.

Mi suegra.

Continué.

«Sé que la quieres porque es mi madre. También sé que durante años has soportado cosas que nunca me contaste para no ponerme entre ustedes.

Pero hay algo que tú no sabes.

Hace dos meses, mamá vino a verme mientras estabas en una cita prenatal.

Me pidió que cambiara mi testamento.»

Sentí que el bebé se movía.

Bajé la carta.

Luego seguí leyendo.

Karen quería que Mark dejara nuestra casa a su nombre.

También quería controlar una póliza que él había contratado años antes.

Su argumento había sido sencillo:

Yo era joven.

Podía volver a casarme.

Ella, en cambio, estaba «perdiendo a su único hijo».

Mark se había negado.

Según la carta, Karen había regresado dos veces.

La última discusión había sido tan grave que Mark decidió llamar a un abogado.

Por eso hablaba a solas con el Dr. Rivers.

No estaban organizando únicamente su donación.

Mark estaba asegurándose de que, si su salud empeoraba demasiado para gestionar personalmente sus asuntos, quedara constancia de que estaba tomando aquellas decisiones por voluntad propia.

Miré la tarjeta.

Daniel Reeves — Abogado.

Debajo, Mark había escrito:

«Llámalo antes de firmar cualquier cosa que mamá te entregue.»

Sentí un escalofrío.

En ese preciso instante sonó el timbre.

Miré el reloj.

18:43.

Caminé lentamente hacia la puerta.

Karen estaba allí.

No venía sola.

Un hombre de traje esperaba detrás de ella sosteniendo una carpeta.

Mi suegra tenía los ojos hinchados.

—Sally.

Me abrazó antes de que pudiera reaccionar.

—Mi niño se ha ido.

Por un momento olvidé la carta.

Era su madre.

También había perdido a alguien.

La abracé.

Entonces vi la carpeta.

—¿Quién es él?

Karen se separó.

—Un amigo que está ayudándome con algunos asuntos de Mark.

El hombre extendió la mano.

—Peter Lawson.

No la estreché.

—¿Qué asuntos?

Karen suspiró.

—No hagamos esto difícil hoy.

Aquella frase me puso en alerta.

—¿Hacer qué difícil?

Peter abrió la carpeta.

—Hay algunos documentos relacionados con determinadas propiedades y obligaciones financieras del señor Bennett.

—¿Mark tenía deudas?

Karen contestó demasiado rápido.

—Muchas.

Recordé la carta.

«Antes de firmar cualquier cosa.»

—¿Qué quieren que firme?

Karen me miró.

Y durante un segundo desapareció la madre destrozada.

Vi a una mujer nerviosa.

—Solo es un documento temporal para proteger la casa mientras resolvemos la sucesión.

—¿Protegerla de quién?

—Sally, estás embarazada de ocho meses. No necesitas ocuparte de esto ahora.

Puse una mano sobre mi vientre.

—Entonces podemos hablar otro día.

Intenté cerrar la puerta.

Karen la sostuvo.

—Mark habría querido que confiaras en mí.

Aquello hizo que algo dentro de mí cambiara.

—Mark me dejó instrucciones.

Su mano se apartó inmediatamente.

—¿Qué instrucciones?

Demasiado rápido.

Demasiado asustada.

—Buenas noches, Karen.

Cerré.

Treinta segundos después llamé a Daniel Reeves.

Contestó personalmente.

—¿Señora Bennett?

—Sí.

Hubo un silencio.

—Entonces Mark ha fallecido.

Cerré los ojos.

—Esta mañana.

—Lo siento muchísimo.

—Mi suegra acaba de traerme unos documentos.

La voz de Daniel cambió.

—No firme nada.

—No pensaba hacerlo.

—Bien. Mañana por la mañana necesito verla.

Miré la pequeña llave que había venido dentro del sobre.

—Mark también me dejó una llave.

Daniel permaneció callado.

—¿Una llave plateada pequeña?

La observé.

—Sí.

—Entonces también le dejó la caja.

—¿Qué caja?

—Una caja de seguridad que abrió seis semanas antes de morir.

Me incorporé.

—¿Qué contiene?

—Mark no me permitió verla.

—¿Usted era su abogado y no sabe qué guardó?

—Sé una parte.

—¿Cuál?

Daniel respiró profundamente.

—Pruebas.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

—¿De qué?

—De que alguien estuvo intentando conseguir acceso a sus cuentas y modificar documentos mientras él estaba enfermo.

Pensé inmediatamente en Karen.

Pero Daniel continuó.

—Sally, necesito preguntarle algo antes de mañana.

—¿Qué?

—¿Karen sabe que Mark eligió donar sus órganos?

Fruncí el ceño.

—Sí. Nunca estuvo de acuerdo.

—¿Hasta qué punto?

Recordé una discusión meses atrás.

Karen había dicho que no soportaba imaginar que «partes de su hijo» terminaran con desconocidos.

—Lo odiaba.

Daniel guardó silencio.

—¿Por qué importa eso?

—Porque hace tres semanas alguien llamó al hospital haciéndose pasar por usted.

Se me heló el cuerpo.

—¿Qué?

—Intentó cambiar las instrucciones relacionadas con Mark.

Me llevé una mano a la boca.

—Yo jamás hice esa llamada.

—Mark lo sabía.

Miré la carta.

Ahora comprendía por qué había involucrado al Dr. Rivers.

—¿Quién llamó?

—Eso es precisamente lo que Mark estaba intentando demostrar.

Al día siguiente, Daniel me acompañó al banco.

La caja de seguridad contenía una carpeta, una memoria USB y un teléfono antiguo.

Encima había otro sobre.

Esta vez Mark había escrito correctamente mi nombre.

SALLY.

Dentro solo había una frase:

«Si llegaste hasta aquí, no dejes que nadie convierta mi muerte en un negocio.»

Daniel conectó la memoria USB a su computadora.

Había grabaciones.

Capturas de mensajes.

Documentos.

Y un archivo de audio fechado dieciocho días antes de la muerte de Mark.

Reconocí inmediatamente la voz de Karen.

Pero la segunda voz me hizo quedarme inmóvil.

Era Peter Lawson.

El mismo hombre que había aparecido en mi puerta.

Daniel detuvo el audio.

—Sally…

—Continúe.

—Creo que debería prepararse.

—¿Para qué?

Me miró.

—Porque estos documentos no hablan únicamente de la herencia.

Giró la pantalla hacia mí.

En ella había un formulario presentado semanas atrás utilizando mi nombre.

Mi firma aparecía al final.

Perfectamente imitada.

Pero yo nunca había visto aquel documento.

Y lo que supuestamente autorizaba hizo que se me helara la sangre.

Alguien había intentado tomar decisiones en mi nombre sobre los últimos deseos de Mark.

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