Howard me alcanzó antes de que llegara a la salida del salón.
—Audrey, hay algo que Terrence me pidió que te entregara.
Me detuve.
Durante seis meses había aprendido a escuchar su nombre sin quebrarme.
Aquella noche no pude.
—¿Por qué no me lo diste antes?
Howard miró hacia Eleanor, que nos observaba desde el otro extremo del salón.
—Porque entregártelo implica admitir lo que hice.
La música siguió sonando detrás de nosotros.
De pronto me resultó insoportable.
—Vamos a un lugar tranquilo —dije.
Entramos en una pequeña biblioteca junto al vestíbulo.
Howard sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta.
Reconocí mi nombre antes de tocarlo.
Terrence lo había escrito con aquella inclinación torpe que apareció cuando empezó a perder fuerza en las manos.
—Me pidió que te lo diera después del funeral —dijo Howard—. Eleanor me convenció de esperar.
Sentí el papel bajo los dedos.
—Me viste recoger mi ropa de la lluvia.
Él bajó la cabeza.
—Sí.
Abrí el sobre.
Dentro había una carta y una fotografía.
En la imagen, Terrence estaba sentado junto a una niña de unos ocho años.
Ambos sostenían una pequeña cometa amarilla.
Empecé a leer.
«Audrey, intenté contártelo muchas veces. Cada vez que me sentaba contigo, acabábamos hablando de cuánto tiempo nos quedaba y yo volvía a callarme».
Me apoyé en el escritorio.
«Tengo una hija. Se llama Lily».
La puerta se abrió.
Eleanor apareció sin llamar.
Al ver la fotografía, se llevó una mano a la boca.
—Howard. ¿Qué has hecho?
Levanté la mirada.
—¿Tú también lo sabías?
No respondió.
Volví a la carta.
Lily había nacido antes de que Terrence y yo nos conociéramos.
Su madre había muerto dos años atrás.
Desde entonces vivía con su abuela materna, y Terrence las visitaba y sostenía económicamente.
Recordé sus viajes, las llamadas que contestaba en otra habitación, las tardes en que regresaba cansado y decía que todo iba bien.
Había llorado por un hombre al que amaba.
Ahora tenía que aprender a llorar también por lo que nunca me había contado.
—La niña está bien atendida —dijo Eleanor—. No hace falta alterar su vida.
Howard la miró.
—Su abuela está hospitalizada.
Eleanor guardó silencio.
Entre los papeles encontré una solicitud reciente de acogimiento temporal.
—¿Dónde está Lily esta noche?
Howard sacó su teléfono.
—Puedo llevarte.
Dejé de leer.
No estaba preparada para perdonar a Terrence ni para escuchar otra explicación de su madre.
Pero había una niña esperando.
Una hora después, una mujer nos abrió la puerta de una casa modesta.
Lily estaba sentada en el sofá con la cometa amarilla sobre las rodillas.
Cuando me vio, se puso de pie.
—Tú eres Audrey.
Asentí, incapaz de hablar.
La niña apretó la cometa.
—Papá dijo que, si algún día venías, te enseñara lo que escondimos para ti.