El agente del coche patrulla no llegó a entrar en el hospital.
Su teléfono sonó antes.
Lo vi detenerse bajo la lluvia.
Escuchó durante unos segundos.
Después volvió al vehículo y desapareció sin mirar atrás.
Aquello confirmó mi sospecha.
Barroso ya estaba intentando controlar lo ocurrido.
Regresé al quirófano.
Sara seguía esperando.
—¿Dónde estabas?
—Haciendo una llamada.
Me miró fijamente.
Sara conocía partes de mi pasado.
Nunca todas.
—Darío, prométeme que no harás ninguna locura.
—No voy a tocar a Barroso.
Era verdad.
No necesitaba hacerlo.
A las tres de la madrugada llegaron mis antiguos hombres.
Uno por uno.
Sin uniformes.
Sin armas.
Parecían profesores, empresarios, mecánicos y padres de familia.
Pero cuando me vieron, ninguno preguntó por qué los había llamado.
Mendoza fue el primero.
—Segador.
—Aquí soy Darío.
Asintió.
—Entonces dinos qué necesita Darío.
Miré hacia el quirófano.
—Pruebas.
Nada más.
Si Barroso había sobrevivido veinte años abusando de su poder, no sería porque nadie conociera sus delitos.
Sería porque las pruebas desaparecían.
Esta vez no desaparecerían.
Antes del amanecer ya teníamos el nombre de dos testigos del ataque.
Uno había grabado parte de lo ocurrido desde un automóvil.
El otro había visto a Barroso recoger los casquillos.
Ambos tenían miedo.
Los entendía.
A las seis y diez salió el cirujano.
Me levanté de golpe.
—Tomás está estable.
Sara comenzó a llorar.
—¿Y sus piernas?
El médico respiró profundamente.
—Es demasiado pronto para saber cuánto podrá recuperar.
Me aferré a esas palabras.
Demasiado pronto.
No significaba nunca.
Cuando entré, Tomás abrió los ojos.
—Papá…
—Sigo aquí.
—Barroso dijo que volvería.
Le apreté la mano.
—No.
Esta vez fui yo quien sonrió.
—Ahora será él quien tenga miedo de que llamen a su puerta.
A las ocho, Mendoza regresó.
Traía una memoria USB.
—Encontramos algo.
Fuimos hasta una sala vacía.
Conectó el dispositivo.
Apareció un vídeo.
Barroso estaba junto a Tomás.
Mi hijo ya se encontraba en el suelo.
No suponía ninguna amenaza.
Entonces Barroso levantaba el arma.
Primer disparo.
Tomás gritaba.
Barroso se acercaba.
Segundo disparo.
Después se reía.
Sentí que el viejo Segador intentaba despertar dentro de mí.
Lo enterré otra vez.
—Haz copias.
—Ya existen doce.
—Envíalas a los canales legales correspondientes y preservad los originales.
Mendoza sonrió.
—Sigues siendo tú.
—No.
Miré la pantalla.
—Antes habría ido a buscarlo.
Esta vez quería algo peor para un hombre como Barroso.
Quería que sobreviviera para ver caer todo lo que había construido.
Entonces Mendoza dejó otra carpeta frente a mí.
—El vídeo no es lo importante.
Fruncí el ceño.
—¿Qué encontraste?
—Barroso llevaba meses siguiendo a Tomás.
Sentí un frío brutal.
—¿Por qué?
Mendoza abrió varias fotografías.
Mi hijo saliendo del instituto.
Entrenando.
Subiendo a un autobús.
Entrando en nuestra casa.
Aquello no había sido un encuentro casual.
—El ataque fue planeado —dijo Mendoza.
—¿Por qué mi hijo?
Mendoza guardó silencio.
Luego colocó sobre la mesa una última fotografía.
Era antigua.
Diecisiete años antigua.
Yo aparecía descendiendo de un helicóptero junto a mi antigua unidad.
Alguien había dibujado un círculo rojo alrededor de mi rostro.
Debajo había una frase escrita a mano:
“Confirmado. El Segador sigue vivo.”
Sentí que se me detenía el corazón.
—¿Dónde encontraste esto?
Mendoza me miró.
—En el despacho privado de Barroso.
Me puse de pie.
Entonces señaló la esquina inferior de la fotografía.
Había una fecha.
Tres semanas antes del ataque contra Tomás.
Y junto a ella, una orden.
“No matar al chico.”
Tragué saliva.
Mendoza terminó de leerla en voz alta.
—“Rómpanle las piernas.”
Lo miré.
—¿Para qué?
Su expresión se endureció.
—Para obligar al Segador a salir de su escondite.
En ese instante comprendí la verdad.

Barroso jamás había estado cazando a mi hijo.
Tomás había sido el cebo.
La verdadera presa era yo.