Miré el reloj.
9:17 p. m.
Menos de tres horas.
Mi primer impulso fue bajar las escaleras y enfrentar a Tyler.
No lo hice.
Primero fotografié las lesiones de Olivia con su consentimiento, guardé copias de los documentos y llamé a mi abogado desde el baño.
Después contacté al banco.
—Necesito bloquear cualquier transferencia pendiente que utilice mi autorización.
Hubo una pausa.
—Señor Mitchell, hay un problema.
—¿Cuál?
—Según nuestros registros, usted autorizó personalmente cambios en los permisos de la cuenta hace cuatro meses.
Sentí un vacío en el estómago.
Hace cuatro meses yo estaba en California.
—Envíeme los documentos.
Llegaron segundos después.
Mi firma aparecía perfectamente reproducida.
Pero debajo había otra autorización.
Evelyn Mitchell.
Mi madre.
Entonces Olivia apareció en la puerta.
—Jason, hay algo que no te he contado.
Sacó una pequeña memoria USB de su bolsillo.
—Tyler me obligaba a copiar documentos de tu oficina.
—¿Por qué?
—Porque buscaba algo llamado Proyecto Helix.
Me quedé inmóvil.
Helix era el nombre interno de una adquisición confidencial valorada en cientos de millones.
Solo cuatro personas conocían ese nombre.
Yo.
Mi director financiero.
Mi abogado.
Y mi madre, porque años atrás había sido una de las primeras inversoras de la empresa.
De pronto escuchamos pasos.
Olivia palideció.
—Es Tyler.
Guardé la memoria.
Mi hermano entró sonriendo.
—¿Todo bien?
—Perfecto.
Me estudió durante varios segundos.
—Mamá quiere brindar contigo.
Bajamos.
Evelyn levantó una copa de champán.
—Por tener nuevamente a toda la familia reunida.
No bebí.
A las 11:42 mi abogado confirmó que el banco había congelado temporalmente la transferencia mientras verificaba las firmas.
Por primera vez respiré.
Entonces Tyler miró su teléfono.
Su sonrisa desapareció.
Sabía que algo había fallado.
—¿Qué hiciste? —preguntó.
Dejé mi copa.
—Lo suficiente.
Olivia se colocó detrás de mí.
Mi madre suspiró.
—Jason, siempre fuiste demasiado confiado.
—¿Por eso golpeasteis a mi esposa?
Evelyn no respondió.
Tyler sí.
—No teníamos elección.
Aquellas cuatro palabras quedaron grabadas en mi teléfono.
Porque llevaba cuarenta minutos registrando la conversación.
Tyler comprendió demasiado tarde.
Pero en vez de asustarse, comenzó a reír.
—¿Crees que esto termina con una transferencia bancaria?
Sacó una carpeta de un cajón.
—Revisa quién posee realmente tu empresa.
La abrió frente a mí.
Había documentos corporativos, autorizaciones y una cesión de acciones.
Según aquellos papeles, meses atrás yo había transferido mi participación mayoritaria a una sociedad llamada Northstar Holdings.
—Es falso.
—Puede ser —respondió Tyler—. Pero mañana tendrás que demostrarlo.
Entonces Olivia soltó un susurro.
—Jason…
Señalaba una firma al final del documento.
No era la mía.
Era la suya.
Olivia comenzó a temblar.
—Nunca firmé eso.
Mi madre finalmente dejó de sonreír.
—Tyler, ese documento no debía estar ahí.
Mi hermano giró bruscamente hacia ella.
Y en ese instante entendí algo.
Ellos tampoco estaban trabajando completamente juntos.
—¿Qué estás escondiendo, mamá?
Evelyn cerró los ojos.
—Tu hermano no planeó esto.
Tyler golpeó la mesa.
—¡Cállate!
Pero ella ya me estaba mirando.
—Hace seis meses alguien compró las deudas de tu empresa y nos dio una opción: ayudarte a perder el control… o destruir a toda la familia.
—¿Quién?
Mi madre señaló la memoria USB que sobresalía ligeramente de mi bolsillo.
—La persona que creó Proyecto Helix antes que tú.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Eso era imposible.
Helix había sido idea mía.
Entonces Olivia susurró:
—No, Jason.
Me miró aterrorizada.
—Yo vi los archivos originales.
—¿Qué archivos?
Su respuesta cambió todo.
—Los que demuestran que tu empresa nunca fue realmente tuya.
