PARTE 2: LA TRAMPA PERFECTA

Las sirenas rompieron el silencio apenas ocho minutos después.

Yo seguía sentada en el borde de la cama, con las manos apoyadas sobre las rodillas y el corazón latiendo con una calma que ni yo misma entendía.

Daniel no había dejado de mirarme.

No con miedo.

Con algo mucho peor.

Con alivio.

Ese detalle me hizo levantar la vista.

Los paramédicos entraron primero para atender a Regina. Después aparecieron dos policías estatales.

—¿Quién hizo esto? —preguntó uno de ellos.

Levanté la mano.

—Yo.

Daniel dio un paso al frente inmediatamente.

—Oficial, mi esposa perdió el control. Entró completamente fuera de sí.

Lo dijo demasiado rápido.

Como si hubiera ensayado la frase.

Mientras esposaban mis muñecas, vi que Regina sujetaba algo dentro de la sábana.

Era una pequeña bolsa de terciopelo verde.

La misma donde venía el Rolex.

Fruncí el ceño.

Yo había tirado la caja al bote del jardín.

¿Por qué ella tenía otra?

No tuve tiempo de pensarlo.

Me condujeron hasta la patrulla mientras los vecinos comenzaban a salir de sus casas.

Las cámaras de los teléfonos ya estaban grabándolo todo.

En menos de una hora, mi nombre seguramente estaría circulando por todas las redes sociales de Mérida.

La empresaria ejemplar convertida en agresora.

Durante el trayecto a la comandancia, pedí mi única llamada.

No marqué a ningún familiar.

Llamé a mi abogado.

—Ignacio.

—Clara… ya vi las noticias. ¿Qué ocurrió?

—Necesito que vayas inmediatamente a mi casa.

Hubo un silencio breve.

—¿Qué debo buscar?

Miré por la ventanilla.

Entonces recordé la expresión de Daniel.

No era la de un hombre descubierto.

Era la de alguien que acababa de ver funcionar un plan.

—Revisa absolutamente todo —respondí—. La caja del Rolex, mi oficina, la caja fuerte… y, sobre todo, no permitas que Daniel toque un solo documento.

Ignacio no hizo preguntas.

Solo respondió:

—Voy para allá.

Colgué.

Tres horas después, cuando por fin me permitieron recibir visitas, Ignacio apareció con un rostro que jamás le había visto.

Entró sin sentarse.

Cerró la puerta del pequeño cuarto de entrevistas y dejó una carpeta sobre la mesa metálica.

—Clara…

Respiró hondo.

—Esto ya no se trata de una infidelidad.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—¿Qué encontraste?

Abrió la carpeta.

La primera hoja era una copia de una póliza de seguro de vida.

Mi nombre aparecía como asegurada.

La suma asegurada era de cuarenta millones de pesos.

El beneficiario…

No era Daniel.

Era Regina Estrada.

Mi mejor amiga.

Levanté la mirada sin poder hablar.

Ignacio colocó una segunda hoja.

Después una tercera.

Transferencias.

Firmas.

Poderes notariales.

Correos electrónicos impresos.

Y finalmente una fotografía.

En ella aparecían Daniel y Regina entrando juntos a la oficina de un notario… exactamente dos días antes de nuestro aniversario.

—Alguien llevaba meses preparando esto —dijo Ignacio con voz grave—. Pero eso no es lo peor.

Sentí que el aire desaparecía.

—¿Qué falta?

Sacó una memoria USB del bolsillo de su saco.

—Mientras la policía estaba ocupada contigo, un empleado de confianza me llamó. Dijo que alguien intentó entrar a tu oficina privada apenas saliste esposada.

—¿Quién?

Ignacio me miró fijamente.

—Daniel.

Tragó saliva antes de continuar.

—Y buscaba desesperadamente el contenido que tú creías haber tirado a la basura.

Bajé lentamente la vista hacia la memoria.

De repente comprendí que aquella caja del Rolex nunca había sido un simple regalo.

Era el escondite de algo que ellos necesitaban recuperar antes que yo.

Y si estaban dispuestos a destruir mi vida para conseguirlo…

Era porque lo que había dentro podía enviarlos a prisión durante muchos años.

La única pregunta era una:

¿Quién había cambiado el contenido de esa caja antes de que yo llegara a casa?

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Si quieres, también puedo escribir la Parte 3 con un giro aún más impactante y un final completamente cerrado.

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