No discutí con Ethan aquella noche.
Tampoco lloré.
Al llegar a casa, dejé la comida sobre la encimera y entré directamente al dormitorio.
Ethan apareció detrás de mí.
—Claire, estás exagerando una tontería.
Me quité el anillo de compromiso.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Qué haces?
—Dejando de competir.
—¿Con Sophia?
Negué.
—Con la versión de mí que lleva tres años intentando ganarse un lugar que tú nunca quisiste darle.
Dejé el anillo sobre la cómoda.
Ethan soltó una risa incrédula.
—¿Vas a cancelar nuestra boda porque no quise comer de tu plato?
—No.
Lo miré.
—La cancelo porque durante tres años me convenciste de que tu rechazo era una enfermedad, una manía, una regla que aplicabas a todo el mundo.
—Y hoy descubrí que la regla tenía mi nombre.
Por primera vez pareció incómodo.
—Sophia es diferente.
—Exactamente.
Aquella respuesta terminó la conversación.
A la mañana siguiente llamé al hotel y cancelé la ceremonia.
Después avisé al organizador, al fotógrafo y a los proveedores que yo había contratado.
A las once, Ethan descubrió lo que estaba haciendo.
Entró en mi despacho sin llamar.
—¿Cancelaste la boda?
—Sí.
—¡Faltan seis semanas!
—Entonces tenemos tiempo suficiente para avisar a todos.
Golpeó la mesa.
—¡No puedes tomar una decisión así tú sola!
Lo miré.
—Llevas tres años tomando pequeñas decisiones sobre cuánto puedo acercarme a ti sin consultarme.
—Esta es la primera que tomo yo.
Ethan abrió la boca.
Su teléfono sonó.
Sophia.
Lo vi mirar la pantalla.
Y, por primera vez, no esperé a comprobar si contestaría.
Recogí mi bolso.
—Claire.
Me detuve.
—Sophia y yo nunca hemos estado juntos.
—Te creo.
Aquello pareció desconcertarlo todavía más.
—Entonces ¿qué demonios quieres?
—Un hombre que no necesite acostarse con otra mujer para hacerme sentir segunda.
Me marché.
Dos días después, Sophia vino a buscarme.
No lloraba.
Esta vez parecía sinceramente incómoda.
—Ethan está destrozado.
—Entonces acompáñalo.
—No me ama.
Sonreí con cansancio.
—Ese nunca fue el problema.
Sophia guardó silencio.
Después dijo algo inesperado.
—¿Sabes por qué nunca aceptó comida tuya?
La miré.
—Cuando empezasteis a salir, le pregunté si estaba enamorado.
Mi estómago se tensó.
—¿Qué respondió?
—Que todavía no.
Sophia bajó los ojos.
—Le dije que entonces no debería compartir contigo las cosas que siempre habíamos considerado íntimas. Vasos, comida, cubiertos…
Sentí frío.
—¿Y él hizo caso?
Asintió.
—Después se convirtió en costumbre.
Tres años.
Ethan había convertido una frontera emocional temporal en una norma permanente.
Conmigo.
Aquella noche regresó a casa temprano.
Había cocinado.
Algo que jamás hacía.
Sobre la mesa había dos platos.
Se sentó frente al mío.
Tomó mi tenedor.
Probó mi comida.
Luego bebió directamente de mi vaso.
—¿Ves? —dijo—. Puedo hacerlo.
Lo observé en silencio.
Tres años atrás habría llorado de felicidad.
Ahora solo sentí tristeza.
—Ethan, ese es precisamente el problema.
Su rostro se tensó.
—¿Cuál?
—Que siempre pudiste.
Me puse el abrigo.
Él se levantó.
—Claire, espera.
—No.
Miré por última vez el anillo que seguía sobre la cómoda.
—No necesitaba que cambiaras tus reglas por mí.
Abrí la puerta.

—Necesitaba descubrir que nunca habían sido reglas.
Eran elecciones.
Y durante tres años, Ethan había elegido mantenerme a una distancia que jamás le exigió a Sophia.
Esta vez, yo simplemente elegí una distancia mayor.