PARTE 2: LOS DIEZ DÓLARES QUE ADRIAN NUNCA OLVIDÓ

Salí de la consulta antes de que Adrian pudiera detenerme.

No llegué al ascensor.

—Claire.

Seguí caminando.

—Claire Bennett.

Apreté el botón.

Adrian se colocó a mi lado.

—¿Cómo se llama tu novio?

—No es asunto tuyo.

—Curioso.

Sacó el teléfono.

—Porque después de recibir tus diez dólares pasé dos meses intentando descubrir quién era el hombre por el que supuestamente me habías utilizado.

Lo miré.

—¿Me investigaste?

—No hizo falta investigar demasiado. No existe.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Entré.

Adrian también.

—El bebé es mío.

—El bebé es mío.

—Biológicamente también es mío.

—Te devolveré otros diez dólares.

Su mandíbula se tensó.

—¿De verdad crees que esto tiene gracia?

No.

En realidad estaba aterrada.

Porque cuanto más tiempo permanecía frente a él, más difícil era recordar por qué había huido aquella mañana.

—Tú me rechazaste —dije finalmente—. No quería despertar y escuchar que habías cometido un error.

Adrian permaneció completamente quieto.

—¿Eso creíste aquella mañana?

—Eso sabía desde la universidad.

Las puertas se abrieron.

Él no salió.

—Claire, aquel día del latte no estaba rechazándote porque no me gustaras.

Solté una risa amarga.

—Lo hiciste delante de cien personas.

—Porque eras mi alumna.

Eso me detuvo.

Adrian continuó:

—Tenías veinte años. Yo era tu profesor. Todo el departamento sabía que estabas enamorada de mí. Si hubiera respondido de otra manera, habría cruzado una línea que no podía cruzar.

—Podías haber hablado conmigo en privado.

Bajó la mirada.

—Sí.

Por primera vez, parecía avergonzado.

—Eso lo hice mal.

Sentí que cuatro años de recuerdos empezaban a moverse dentro de mi cabeza.

—¿Y después?

—Después te graduaste y desapareciste.

—Porque pensé que me odiabas.

—Y yo pensé que finalmente me habías olvidado.

Se rio sin humor.

—Hasta que apareciste años después pidiéndome el cinturón.

Recordé cómo había colocado mi mano sobre la hebilla.

Mi rostro ardió.

—Eso fue un reto.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Escuché a tus amigas celebrarlo cuando regresaste.

Quise desaparecer.

Adrian siguió:

—También escuché cuando una de ellas preguntó si todavía estabas enamorada de mí.

Se me detuvo el corazón.

—¿Y?

—No escuché tu respuesta.

Silencio.

Entonces comprendí algo.

—Por eso me pediste que devolviera personalmente el cinturón.

No respondió.

No necesitaba hacerlo.

—¿Y el hotel? —pregunté.

Su mirada se suavizó.

—No estaba tan borracho como tú creías.

—Yo tampoco.

—Lo sé. Te pregunté varias veces si estabas segura.

Asentí.

Lo recordaba.

Adrian dio un paso más cerca, pero mantuvo distancia entre nosotros.

—Cuando desperté, encontré diez dólares y un mensaje diciéndome que tenías novio.

Por primera vez vi auténtica indignación en sus ojos.

—Claire, llevo dos meses intentando decidir qué fue más ofensivo: que inventaras un novio o que valoraras mi dignidad en diez dólares.

No pude evitarlo.

Me reí.

Él también.

Solo un segundo.

Después su expresión volvió a ponerse seria.

—No voy a utilizar el embarazo para obligarte a estar conmigo.

Eso borró mi sonrisa.

—Pero tampoco voy a fingir que este bebé no me importa.

—Adrian…

—Déjame acompañarte a las consultas. Déjame estar presente. Lo demás lo decides tú.

Lo miré durante mucho tiempo.

—¿Y nosotros?

Adrian exhaló lentamente.

—Nosotros empezamos demasiado mal para fingir que una noche puede arreglarlo.

Sacó su teléfono.

Una transferencia apareció en mi pantalla.

Diez dólares.

Concepto:

“Reembolso.”

Debajo llegó otra.

Un centavo.

“Intereses.”

Lo miré incrédula.

—Eres insoportable.

—Y tú me bloqueaste después de acostarte conmigo.

Las puertas del ascensor volvieron a abrirse.

Esta vez salimos juntos.

No nos reconciliamos aquel día.

Tampoco convertimos un embarazo inesperado en una historia de amor instantánea.

Empezamos con algo mucho más difícil.

Hablar.

Yo le conté cuánto me había herido aquella humillación en la universidad.

Él reconoció que proteger los límites profesionales nunca justificó avergonzarme.

Adrian me contó que había seguido mi carrera desde lejos después de graduarme.

Y semanas después, durante una ecografía, escuchamos juntos el latido del bebé.

Instintivamente busqué su mano.

Él entrelazó sus dedos con los míos.

—¿Esto también es prestado? —murmuró.

Lo miré.

—Todavía no decido.

Adrian sonrió.

—Tengo paciencia.

Y esta vez le creí.

Porque finalmente comprendí que años atrás Adrian no me había rechazado por no sentir nada.

Había puesto una frontera cuando debía hacerlo.

Lo que había hecho mal fue dejarme creer que yo era el problema.

Ahora aquella frontera ya no existía.

Pero tampoco pensaba correr hacia él como la universitaria de veinte años.

Si Adrian quería formar parte de mi vida, tendría que conquistar un lugar nuevo.

Y, considerando que todavía conservaba el comprobante de aquellos diez dólares como si fuera una declaración de guerra…

sospechaba que pensaba intentarlo.

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