Nathaniel abrió la puerta antes de que el chofer pudiera bajar.
—Valeria, ¿qué haces aquí?
Ella temblaba bajo la lluvia.
—Tenía miedo de que después de divorciarte… te arrepintieras.
Nathaniel miró instintivamente hacia mí.
—No digas tonterías. Amelia ya firmó.
Aquellas palabras deberían haberme destrozado.
En cambio, sentí alivio.
Valeria extendió la carta.
—El médico confirmó que el embarazo es delicado. Necesito que vengas conmigo.
Nathaniel dudó.
Solo un segundo.
Después abrió la puerta para ella.
Yo bajé por el otro lado.
—Amelia.
Me giré.
Nathaniel parecía desconcertado.
—¿Adónde vas?
—A casa.
—Esta era tu casa.
Negué.
—Ya no.
Tomé mi maleta y caminé bajo la lluvia.
Él no me siguió.
A la mañana siguiente completamos el divorcio.
Cuando salimos, Nathaniel me observó durante largo rato.
—¿De verdad puedes abandonarme así?
Sonreí.
—Tú me abandonaste hace dos años. Yo simplemente tardé en darme cuenta.
Después me fui.
No le conté que aquella misma tarde tenía un vuelo.
Tampoco que había solicitado meses atrás una plaza en un conservatorio de Viena especializado en rehabilitación para músicos con lesiones graves.
Mi mano derecha jamás había recuperado completamente su movilidad después de aquella fractura.
Pero tampoco estaba perdida.
Durante dos años había vivido obsesionada con Nathaniel y Valeria.
Ahora quería recuperar algo mucho más importante.
A mí misma.
Pasaron ocho meses.
La rehabilitación fue lenta.
Dolorosa.
Al principio apenas conseguía tocar escalas sencillas.
Hasta que una mañana completé una pieza entera sin detenerme.
Lloré frente al piano.
No por Nathaniel.
Por la mujer que había pensado que nunca volvería a tocar.
Mientras tanto, en casa, todo comenzó a derrumbarse.
Valeria perdió al bebé.
Pero el verdadero golpe llegó después.
Nathaniel encontró por casualidad antiguos informes relacionados con mi primera lesión.
Entre ellos había uno fechado cinco años atrás.
El día en que recibí aquella cicatriz en el pecho.
La versión que Nathaniel conocía decía que yo había resultado herida durante una pelea callejera.
El informe original decía otra cosa.
Yo había recibido la herida mientras protegía a Nathaniel.
Y había sufrido una complicación que los médicos me recomendaron mantener bajo vigilancia durante años.
Junto al informe había una carta escrita por mi madre antes de morir.
Nathaniel descubrió entonces otra mentira.
Mi madre nunca había intentado atacar al bebé de mi madrastra.
Había intentado impedir que mi padre sacara ilegalmente dinero de una cuenta creada para mí.
La familia había convertido aquel enfrentamiento en una historia sobre una mujer “loca”.
La misma historia que Nathaniel había utilizado durante años para justificar su miedo hacia mí.
Me llamó diecisiete veces.
No contesté.
Entonces llegó a Viena.
Lo encontré una tarde esperando fuera del conservatorio.
Parecía haber envejecido años.
—Amelia.
Seguí caminando.
Me bloqueó el paso.
—Sé la verdad.
—Me alegro.
—Lo de tu madre. La cicatriz. Todo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Lo miré incrédula.
—Porque una vez te dije que tu amante estaba destruyendo nuestro matrimonio y me rompiste la mano.
Nathaniel palideció.
—Yo…
—Después me dijiste que llevaba la sangre de una mujer peligrosa.
No pudo responder.
—¿Qué explicación podía darte a alguien que ya había decidido quién era yo?
Su voz se quebró.
—Cometí errores.
—No.
Repetí las mismas palabras que había aprendido demasiado tarde.
—Tomaste decisiones.
Nathaniel bajó la cabeza.
—Valeria ya no está conmigo.
—Eso tampoco tiene nada que ver conmigo.
Entonces escuchamos música desde el auditorio.
Era mi turno.
Nathaniel miró mi mano.
—¿Puedes tocar otra vez?
Moví lentamente los dedos.
—Estoy aprendiendo.
—Amelia…
Por primera vez vi auténtico arrepentimiento en sus ojos.
—¿Podemos empezar de nuevo?
Pensé en los cinco años de matrimonio.
En mi mano rota.
En todas las noches desperdiciadas intentando conseguir que un hombre que me había herido eligiera amarme.
Después pensé en el piano que me esperaba detrás de aquellas puertas.
—No.
Pasé junto a él.
Aquella noche toqué frente a más de cuatrocientas personas.
Mi técnica todavía no era perfecta.
Mi mano derecha jamás volvería a ser exactamente la misma.
Pero cuando cayó la última nota, todo el auditorio se levantó.
Nathaniel estaba al fondo.
También aplaudía.

No fui hacia él.
Porque finalmente entendí algo que me había costado dos años, una mano y un matrimonio aprender:
marcharme sin dinero no significaba marcharme sin nada.
Me había llevado lo único que Nathaniel jamás había podido devolverme.
Mi vida.