El trato comenzó al día siguiente.
Renee apareció en el vestíbulo del hospital con un vestido negro y dos guardaespaldas detrás.
Daniel la esperaba con una camisa sencilla y la expresión de un hombre que todavía no comprendía en qué se había metido.
—¿Listo?
—No.
Renee sonrió por primera vez.
—Perfecto. Así parecerás sincero.
Durante las siguientes semanas, Daniel descubrió que el mundo de Renee era mucho más peligroso de lo que había imaginado.
Cada reunión terminaba con una nueva amenaza.
Cada cena empresarial escondía una conversación que se detenía cuando él entraba.
Y cada vez que alguien preguntaba cómo se habían conocido, Renee respondía:
—Daniel fue quien se quedó conmigo cuando todos los demás se fueron.
Aquella frase parecía sencilla.
Pero Daniel comenzó a notar que algunos ejecutivos palidecían al escucharla.
Una noche, después de una reunión del consejo, Daniel encontró a Renee sola en el estacionamiento.
—¿Qué pasó?
—Marcus estuvo aquí.
Daniel se quedó quieto.
—¿Lo viste?
—No.
Renee le entregó su teléfono.
Había recibido una fotografía.
Marcus aparecía entrando en un restaurante acompañado por el vicepresidente de Sterling Global.
Debajo había un mensaje anónimo:
“Deja de buscar respuestas o Daniel será el siguiente.”
Renee levantó la mirada.
—Esto ya no es una disputa empresarial.
Daniel sintió un escalofrío.
—Tenemos que ir a la policía.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque si alguien dentro de la empresa está filtrando información, sabrá inmediatamente que sospechamos.
Daniel guardó silencio.
Entonces recordó algo.
La carpeta que Renee le había mostrado.
Había visto aquella misma firma electrónica antes.
No en los documentos de la empresa.
En el formulario de ingreso al hospital.
—Renee.
—¿Qué?
—¿Quién tuvo acceso a tus documentos médicos?
Ella frunció el ceño.
—Mi médico. Mi abogado. Marcus.
Daniel sintió que algo encajaba.
—Y el consejo.
—Sí.
—Entonces alguien pudo haber utilizado tu diagnóstico para construir la incapacidad que necesitan.
Renee se quedó inmóvil.
—¿Crees que mi enfermedad es real?
Daniel no respondió inmediatamente.
—Creo que tus síntomas son reales.
—Pero…
—Pero quizá alguien quiere que creas que estás muriendo.
El rostro de Renee perdió color.
Esa misma noche pidió una segunda opinión médica.
Los resultados llegaron tres días después.
La enfermedad existía.
Pero el informe original contenía errores graves.
La dosis de uno de sus medicamentos había sido modificada.
Un resultado de laboratorio había sido interpretado de forma incorrecta.
Y había una anotación que ningún médico recordaba haber escrito.
Renee cerró el expediente.
—Alguien manipuló mi historial.
Daniel miró la última página.
Había una firma.
La reconoció.
Era del médico que había acompañado a Renee durante todo el proceso.
Pero debajo aparecía algo todavía más inquietante.
Una fecha.
Dos semanas antes de que Renee recibiera el diagnóstico.
Daniel levantó lentamente la mirada.
—Renee, creo que sé cuándo comenzó todo.
Ella tragó saliva.
—¿Cuándo?
Daniel señaló el documento.
—Antes de que tú supieras que estabas enferma.
Y entonces el teléfono de Renee comenzó a sonar.
Era Marcus.
Por primera vez en meses, ella decidió contestar.
Una voz temblorosa habló al otro lado:
—Renee, tienes que escucharme.
Hubo una pausa.
—Yo nunca quise que llegaras tan lejos.
Renee cerró los ojos.
—¿Qué hiciste?
Marcus respiró profundamente.
—No fui yo quien empezó esto.
—Entonces dime quién fue.

Silencio.
Después pronunció un nombre que hizo que Renee se levantara de golpe.
Porque la persona que estaba detrás de todo aquello…
era alguien en quien había confiado toda su vida.