Me quedé mirando aquella palabra durante mucho tiempo.
Leído.
No había ningún error.
No podía decir que no había visto mi mensaje.
No podía decir que desconocía el embarazo.
Adrian lo sabía todo.
Y aun así había elegido a Sophia.
Apagué el teléfono.
Curiosamente, ya no lloré.
Dos horas después, Adrian regresó al hospital.
Llevaba nieve en los hombros y una bolsa de comida caliente.
—Claire, perdóname por tardar. Sophia se quemó bastante la mano y tuve que llevarla a urgencias.
Dejó la bolsa junto a mi cama.
—Te traje tu sopa favorita.
Miré sus manos.
—Gracias.
Adrian pareció inquietarse.
—¿Solo eso?
—Sí.
Se sentó.
—Claire, ¿qué te dijeron los médicos?
—Que necesito descansar.
—¿Nada más?
Lo observé fijamente.
Él sabía.
Y estaba esperando que yo misma pronunciara las palabras.
—Nada más.
Adrian apartó la mirada.
Aquella noche fingió dormir en el sofá de la habitación.
Yo solicité discretamente una copia completa de mi historial médico.
También pedí a una enfermera que imprimiera el registro de ingreso.
Hora del rescate.
Hora de la hemorragia.
Hora de la cirugía.
Todo.
A la mañana siguiente llamé a una abogada.
—Quiero divorciarme.
La mujer guardó silencio un instante.
—¿Su esposo lo sabe?
Miré a Adrian, que dormía a pocos metros.
—Todavía no.
Durante los tres días siguientes me comporté exactamente como él siempre había querido.
No pregunté dónde estaba.
No pregunté por Sophia.
No reclamé cuando salió dos veces para ayudarla.
Solo reuní documentos.
Estados bancarios.
Escrituras.
Seguros.
Certificados.
Y guardé capturas de nuestro chat.
Especialmente aquel mensaje.
El cuarto día me dieron el alta.
Adrian insistió en llevarme a casa.
Al entrar, vi la pequeña caja que había preparado para nuestro aniversario.
Seguía escondida detrás de unos libros.
Dentro estaba la segunda prueba de embarazo.
Debajo había una tarjeta escrita por mí.
“Feliz quinto aniversario, papá.”
La sostuve durante unos segundos.
Luego la guardé dentro de mi maleta.
Adrian apareció detrás.
—¿Qué estás haciendo?
—Ordenando mis cosas.
—¿Por qué hay una maleta?
—Voy a quedarme unos días con mi hermana.
Su rostro cambió.
—¿Por qué?
Casi me pareció irónico.
Ahora él tenía preguntas.
—Necesito descansar.
—Puedes descansar aquí.
—Prefiero irme.
Adrian me sujetó suavemente del brazo.
—Claire, siento que estás escondiéndome algo.
Lo miré.
—¿Y tú?
Retiró la mano inmediatamente.
Esa reacción confirmó que sabía perfectamente de qué hablaba.
Entonces sonó el timbre.
Sophia estaba detrás de la puerta.
Tenía la mano derecha vendada.
—Profesor Bennett…
Al verme con la maleta, se quedó quieta.
—Claire, no sabía que estabas aquí.
Era mi casa.
Pero no respondí.
Sophia levantó una bolsa.
—Preparé algo para agradecerle a Adrian lo de aquella noche.
Aquella noche.
La noche en que perdí a mi hijo.
Adrian se puso tenso.
—Sophia, vuelve a casa.
—Pero…
—Ahora.
Ella nunca lo había visto hablarle así.
Yo tampoco.
Sophia bajó la cabeza.
Antes de marcharse, me miró.
—Claire, espero que no haya problemas entre ustedes por mi culpa. Adrian siempre me ha cuidado porque se siente responsable de mí.
Sonreí.
—No te preocupes.
Adrian me miró inmediatamente.
Tomé la maleta.
—Ya no hay nada entre nosotros que puedas estropear.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué significa eso?
Saqué un sobre del bolso.
Dentro estaban los documentos de divorcio.
Los dejé sobre la mesa.
—Fírmalos cuando puedas.
Adrian permaneció inmóvil.
—¿Divorcio?
—Sí.
—¿Por Sophia?
Negué con la cabeza.
—No.
Lo miré directamente.
—Por ti.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Claire, podemos hablar.
—Tuvimos cinco años para hacerlo.
Me dirigí hacia la puerta.
Entonces Adrian corrió detrás de mí.
—¡Espera!
Se colocó frente a la salida.
—No puedes terminar nuestro matrimonio así.
Lo observé durante unos segundos.
Luego saqué mi teléfono.
Abrí nuestra conversación.
Y le mostré el mensaje de la montaña.
Su rostro se volvió blanco.
—Lo leíste —dije.
Adrian dejó de respirar.
—Claire…
—Sabías que estaba herida.
Silencio.
—Sabías que estaba sangrando.
Sus ojos comenzaron a enrojecerse.
—Déjame explicarlo.
—Y sabías que estaba embarazada.
Sophia, que todavía no había alcanzado el ascensor, se detuvo en el pasillo.
Giró lentamente.
—¿Embarazada?
Adrian cerró los ojos.
Y entonces Sophia dijo algo que me hizo detenerme.
—Pero eso no puede ser.
La miré.
Ella estaba pálida.
—¿Qué has dicho?
Sophia apretó la bolsa contra su pecho.
—Adrian me dijo aquella noche que tú no podías estar embarazada.
El pasillo quedó completamente en silencio.
Giré hacia mi esposo.
—¿Por qué le dijiste eso?
Adrian no respondió.
Sophia retrocedió un paso.
—Porque… porque él me dijo que se había hecho una vasectomía hace casi dos años.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Miré a Adrian.
Dos años.
Él nunca me había hablado de ninguna operación.
Y durante esos mismos dos años habíamos estado intentando tener un hijo.
—Adrian —susurré—. ¿Es verdad?
Su silencio fue suficiente.
Pero Sophia todavía no había terminado.
—Claire… hay algo más que deberías saber.
Adrian levantó la cabeza de golpe.
—Sophia, cállate.
Ella lo miró con lágrimas en los ojos.
—No. Ya has mentido demasiado.
Luego me miró.
—La noche de la avalancha, Adrian no vino conmigo porque me hubiera quemado.
Mi mano se cerró alrededor del asa de la maleta.
—Entonces, ¿por qué fue?

Sophia abrió la boca.
Y Adrian gritó su nombre.
Pero ya era demasiado tarde.
—Porque yo acababa de decirle que estaba embarazada.