El pastor se quedó inmóvil.
Laura miró a su hija.
La pequeña abrazaba con fuerza su conejo de peluche y señalaba a Diane con un dedo tembloroso.
—¿Qué quieres decir, cariño?
La niña bajó la voz.
—La abuela puso algo en los biberones de Caleb y Connor.
El silencio cayó sobre la iglesia.
Ryan soltó mis brazos.
—¿Qué acabas de decir?
Diane palideció.
—Esa niña está confundida.
El pastor dio un paso hacia nosotros.
—¿Cuándo viste eso?
La niña miró a su padre.
—La noche que mamá estaba dormida.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
—¿Dónde estaban los bebés?
—En la habitación.
—¿Y qué hizo la abuela?
La pequeña apretó su conejo contra el pecho.
—Puso unas gotitas en sus biberones.
Diane comenzó a negar con la cabeza.
—Eso es mentira.
Pero su voz ya no tenía la seguridad de unos segundos antes.
Ryan la miró.
—Mamá…
—¡No la escuches!
Diane dio un paso hacia su nieta.
El pastor se interpuso inmediatamente.
—No se acerque a la niña.
Dos familiares llamaron a emergencias.
Yo seguía mirando los pequeños ataúdes blancos.
Once meses.
Mis hijos apenas habían aprendido a caminar.
Apenas habían empezado a llamarme mamá.
Y ahora una niña de cuatro años acababa de decir algo que nadie había querido escuchar.
Entonces recordé algo.
Tres días antes de la muerte de los gemelos, Diane había insistido en prepararles ella misma la leche.
Yo estaba agotada.
Había aceptado.
Ryan había dicho que su madre sabía perfectamente cómo cuidar a un bebé.
Ahora esa frase regresó a mi memoria como una cuchilla.
—Ryan —susurré.
Él me miró.
—¿Qué?
—¿Dónde están los biberones que usó tu madre?
Su rostro perdió color.
—Los tiramos.
—¿Quién los tiró?
No respondió.
—Ryan.
Él bajó la mirada.
—Mi madre.
Sentí un escalofrío.
El pastor pidió que nadie abandonara la iglesia hasta que llegara la policía.
Diane comenzó a llorar.
—Yo jamás haría daño a mis nietos.
Pero nadie volvió a acercarse a ella.
Veinte minutos después llegaron los agentes.
Separaron a Diane de los demás familiares y comenzaron a hacer preguntas.
Uno de ellos se acercó a mí.
—Señora, necesitamos saber si conserva algún objeto utilizado por los niños durante las últimas horas.
Miré a mi hija.
Ella seguía abrazada al conejo.
Entonces recordé que aquella mañana había guardado una bolsa con algunas cosas de los bebés.
Una manta.
Dos chupetes.
Y un biberón que había olvidado lavar.
Se lo entregué al agente.
Él lo tomó cuidadosamente.
—Esto podría ser importante.
Ryan se quedó mirándome.
—Laura…
No respondí.
Por primera vez desde la muerte de mis hijos, alguien estaba investigando lo que realmente había ocurrido.
Y cuando el agente volvió minutos después con una expresión completamente distinta, supe que habían encontrado algo.
Algo que podía demostrar que mi hija no estaba confundida.
Algo que convertiría aquel funeral en el comienzo de una investigación criminal.
Y Diane todavía no sabía que la policía había encontrado una segunda botella escondida en su bolso.