La doctora Valeria amplió la imagen una segunda vez.
El símbolo grabado en la base de la taza era pequeño, pero perfectamente visible.
Un círculo atravesado por tres líneas.
—¿Lo reconoce? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—Nunca lo había visto.
Valeria miró a la enfermera.
—Cierre la entrada secundaria. Y que nadie entre en esta sala sin mi autorización.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Qué significa ese símbolo?
La doctora tardó unos segundos en responder.
—Es el emblema de un laboratorio farmacéutico.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
Valeria abrió el expediente que acababa de crear.
—Eso es lo que vamos a descubrir.
Mientras ella revisaba los resultados iniciales, Rodrigo seguía golpeando la puerta.
—¡Mariana! ¡Soy tu esposo! ¡Tienes que salir!
Doña Teresa permanecía detrás de él, inmóvil.
Ya no parecía una madre preocupada.
Parecía alguien esperando que una puerta se abriera.
Valeria bajó la voz.
—¿Su esposo le ha administrado medicamentos durante el embarazo?
—Solo vitaminas.
—¿Siempre estaban en envases originales?
Pensé en las pequeñas cápsulas que Rodrigo dejaba cada noche junto a mi vaso de agua.
—No.
La doctora levantó la mirada.
—¿Qué quiere decir?
—Algunas veces las sacaba de los frascos antes de dármelas.
Valeria dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Tiene alguno de esos medicamentos en casa?
—Creo que sí.
—Necesitamos una muestra.
Mi teléfono vibró otra vez.
Esta vez no era Rodrigo.
Era mi suegra.
Un mensaje.
“Mariana, no hagas nada impulsivo. Piensa en tu bebé.”
Me quedé mirando la pantalla.
¿Cómo sabía ella que estaba haciendo algo?
Le mostré el mensaje a Valeria.
Ella no respondió.
Solo tomó una fotografía de la pantalla y guardó el teléfono en una bolsa transparente.
—No borre nada.
Entonces entró otra enfermera con una pequeña caja.
—Doctora, encontramos esto en la bolsa de la paciente.
Era una de las cápsulas que yo había llevado accidentalmente en mi bolso.
Valeria la observó.
—No la toque.
La colocó dentro de un recipiente sellado.
Luego miró los primeros resultados de sangre.
Su expresión cambió.
—Mariana, necesito preguntarle algo muy importante.
—Dígame.
—¿Alguna vez su esposo le dijo que su embarazo era de alto riesgo?
—Desde el segundo mes.
—¿Y le explicó por qué?
—Decía que mi presión estaba inestable.
Valeria negó lentamente.
—Sus registros no muestran eso.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Al menos los análisis que acaba de hacerse aquí no coinciden con lo que usted me está contando.
Entonces comprendí.
Durante siete meses había aceptado cada restricción porque confiaba en él.
No conducir.
No viajar.
No consultar a otros médicos.
No cuestionar los medicamentos.
Todo había sido presentado como cuidado.
Pero ahora una doctora que no conocía a Rodrigo estaba mirando mi expediente como si acabara de encontrar una pieza que no encajaba.
De repente, escuchamos un golpe seco en la puerta.
Rodrigo había conseguido entrar al vestíbulo.
—¡Mariana!
Valeria se puso de pie.
—No salga.
—¿Qué está pasando?
—Su esposo no puede acceder a sus resultados sin su autorización.
Rodrigo golpeó otra puerta.
—¡Valeria! Sé perfectamente quién eres. Abre.
La doctora palideció.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Nadie respondió.
Entonces mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez apareció un mensaje de un número desconocido.
“Tu esposo sabe que encontraste la taza. No le entregues el embarazo. Hay otra mujer que pasó por lo mismo.”
Mi mano comenzó a temblar.
Debajo del mensaje había una fotografía.
Una mujer embarazada.
Una clínica.
Y la misma taza de plata.
Miré a Valeria.
—Doctora…
Ella tomó el teléfono.
Al ver la imagen, su expresión se volvió completamente seria.
—Mariana, quiero que escuches con atención.
—¿Qué?
—No sabemos todavía qué hay dentro de tu cuerpo ni qué efecto ha tenido lo que te han dado. Pero esto ya no parece un simple problema médico.
Afuera, Rodrigo gritó:
—¡Mariana, si sales ahora, podemos solucionar esto!
Valeria apagó las luces de la sala.
—No respondas.
Entonces abrió un cajón y sacó un expediente antiguo.
Lo dejó frente a mí.
En la portada había un nombre.
Una mujer que yo conocía.
La primera paciente embarazada de Rodrigo.
Y debajo de su nombre aparecía una fecha de siete años atrás.
La misma fecha en que Rodrigo empezó a trabajar en la clínica donde, según él, había construido toda su carrera.

Valeria señaló la última página.
—Ella desapareció antes de dar a luz.
Y entonces comprendí por qué mi esposo había insistido durante siete meses en que nadie más controlara mi embarazo.