No respondí al director jurídico de inmediato.
Volví a leer el nombre.
Clémence Rivoire.
Después miré el segundo documento adjunto.
Era una lista de consultores externos con acceso temporal a determinados sistemas de Cinderpeak.
El nombre de Renaud aparecía en la tercera página.
No como empleado.
Como asesor financiero externo de una firma contratada por uno de nuestros socios.
Sentí una presión incómoda en el pecho.
Renaud no podía saber que Cinderpeak era mía.
Entonces, ¿por qué aparecía su empresa en una investigación interna?
Escribí una sola frase:
“Quiero todos los registros de acceso de los últimos seis meses.”
La respuesta llegó en menos de un minuto.
“Ya los tiene en su bandeja segura.”
Abrí el primer archivo.
Fechas.
Horarios.
Direcciones IP.
Usuarios.
Documentos consultados.
Al principio no encontré nada.
Después apareció una coincidencia.
Una cuenta temporal había descargado un informe financiero confidencial exactamente dos días antes de que Renaud empezara a hablar con Clémence sobre “una oportunidad”.
Recordé aquella conversación.
Había ocurrido tres meses atrás.
Renaud había llegado a casa con una sonrisa que no veía desde hacía años.
—Quizá finalmente pueda cambiar de empresa.
Yo estaba preparando la cena.
—¿Encontraste algo?
—Una firma interesante.
—¿Dónde?
—No importa todavía.
Entonces me había abrazado.
Un abrazo breve.
Casi automático.
Ahora recordaba algo que en aquel momento no me llamó la atención.
Tenía el teléfono en la mano.
Y la pantalla mostraba un logotipo que conocía demasiado bien.
Cinderpeak.
Me levanté del sofá.
Llamé al director jurídico.
—Necesito saber exactamente qué documentos consultó esa cuenta.
—Estamos reconstruyendo el historial.
—No quiero una sospecha. Quiero pruebas.
—Las tendrá.
Colgué.
En ese momento sonó el timbre.
Era Renaud.
Abrí la puerta.
Llevaba una caja de cartón entre las manos.
—Solo vengo por algunas cosas.
—Puedes pasar.
Entró lentamente.
Miró nuestro salón.
La mesa.
El sofá.
Las fotografías que ya había quitado de la pared.
—Parece diferente.
—Porque ya no estamos juntos.
Bajó la mirada.
—Arielle…
—¿Qué?
—No quería hacerte daño.
Lo miré.
—Eso no cambia lo que hiciste.
—Nunca te engañé.
—Ya me lo dijiste.
—Entonces, ¿por qué sigues tratándome como si hubiera cometido una traición?
No respondí inmediatamente.
Porque aquella era precisamente la pregunta que llevaba meses intentando responder.
—No necesitabas acostarte con ella para abandonarme.
Renaud quedó en silencio.
—Le diste a Clémence la parte de ti que retiraste de nuestro matrimonio.
Sus ojos se humedecieron.
—Ella me escuchaba.
—Yo también habría escuchado.
—Tú estabas siempre ocupada.
—Porque construíamos una vida juntos.
—No entendías lo que me estaba pasando.
Respiré lentamente.
—Entonces debiste decírmelo.
Renaud no respondió.
Recogió una caja de libros.
Antes de marcharse, se volvió.
—¿Hay alguna posibilidad de que podamos seguir siendo amigos?
Casi me reí.
—No después de un divorcio.
Cerré la puerta.
Cinco minutos después, llegó un mensaje del director jurídico.
“Encontramos la primera transferencia.”
Abrí el archivo.
El dinero había salido de una cuenta perteneciente a la firma donde trabajaba Renaud.
Destino final:
Una empresa de consultoría registrada a nombre de un antiguo socio de Clémence.
No era suficiente para acusar a nadie.
Pero sí suficiente para investigar.
Respondí:
“Congelen todos los accesos relacionados con esa firma.”
Luego añadí:
“Y no informen a nadie todavía.”
Esa noche dormí apenas cuatro horas.
A las 6:15 de la mañana recibí una llamada.
Era mi directora de operaciones.
—Hesper, tenemos un problema.
—Habla.
—Alguien intentó acceder al servidor principal durante la madrugada.
Me incorporé.
—¿Quién?
—Una credencial que pertenece a un consultor externo.
—¿Nombre?
Hubo un silencio.
—Renaud Cazal.
Me quedé completamente quieta.
—¿Está confirmado?
—Sí.
Miré la pantalla.
Había una segunda notificación.
Un archivo había sido abierto.
Se llamaba:
“PROYECTO ORION — ADQUISICIÓN Y CONTROL”.
Lo abrí.
Era un documento interno que solo cinco personas conocían.
Entre ellas, yo.
Mi directora continuó:
—Hesper, hay algo más.
—¿Qué?
—El archivo fue abierto desde una dirección IP asociada a la oficina de Clémence Rivoire.
Cerré los ojos.
Ahora entendía por qué ambos nombres habían aparecido juntos.
No sabía todavía qué estaban haciendo.
Pero sí sabía una cosa.
Mi divorcio había sido solo el principio.
Y esta vez no pensaba observar desde lejos.
Abrí el canal privado del consejo de administración.
Escribí:
“Convocad una reunión extraordinaria para las ocho.”
Después añadí una última instrucción:
“Quiero a Renaud Cazal y a Clémence Rivoire presentes.”
Miré el reloj.
7:02.
Por primera vez desde que salí del registro civil, sonreí.
No porque quisiera destruirlos.
Sino porque finalmente iba a descubrir por qué dos personas que decían no tener nada que ocultar habían intentado entrar en una empresa que creían que pertenecía a otra persona.

Y cuando la pantalla mostró el archivo completo de acceso, vi una tercera identidad conectada al mismo proyecto.
Un nombre que jamás habría esperado encontrar.
El de mi propio padre.